La ley de grave edad

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Me quedé sin trabajo hace poco.

No es mi intención convertir este modesto artículo en un aviso clasificado; solo lo menciono porque, entre muchas otras cosas, el hecho me hizo reflexionar sobre las posibilidades de que una agencia de publicidad contrate a un tipo de mi edad, considerada excesiva para la profesión -o, al menos, para algunas de sus categorías.

Aun sin tener pruebas concretas de discriminación etaria (nadie me dijo redondamente que soy viejo) la sola sospecha de ello me llevó a postear en Facebook la siguiente frase:

“Conseguir trabajo en publicidad no es fácil cuando uno ya tiene unos cuantos años. Es la famosa ley de grave edad.”

Creo que, de todo lo que compartí en Facebook (y compartí mucho) esto es lo que más “likes” obtuvo. Y no se debió solo a mi habitual y celebrado ingenio, sino además a que, me parece, toqué un nervio, o estuve cerca de hacerlo.

Es que aquella famosa máxima según la cual “la carrera de un futbolista es corta” también aplica a esta profesión. Pasados los treinta, se supone que uno ya debería contar con una posición lo suficientemente directiva como para no preocuparse por el futuro. Si no es así, el saber popular dictamina que es hora de dedicarse a otra cosa: armar un proyecto propio, conseguir un trabajo en un lugar afín (una productora, por ejemplo), consagrarse a la docencia, poner un maxiquiosco.

Pero no trabajar en una agencia.

Porque la agencia “es un juego de jóvenes”, me dijeron en estos días.

¿Por qué? Intuyo que por dos razones principales.

La primera es que, como se sabe, los “creativos” no suelen conservar un puesto por mucho tiempo, sino que se mueven de agencia en agencia y, en su peregrinaje, hasta llegan a pasar varias veces por la misma agencia. Los jovatos, en cambio, somos más sedentarios, y por varios motivos: familia, sentido de pertenencia, comodidad, etc. Esta actitud no es lo que una agencia espera, y hasta los clientes consideran lógico el constante recambio en el equipo que los atiende. (Esto no impide que protesten cuando sucede, ni que aprovechen la circunstancia para sugerir una rebaja en el fee. Pero esto es otra historia.)

La segunda razón, me parece, es más de percepción: si los jóvenes son nuestros principales consumidores, necesitamos creativos que compartan su “código”. Gente que los “entienda”, que sepa “por dónde entrarles”, que tenga sus mismas “inquietudes”. La abundancia de comillas en la frase anterior indica, desde luego, que no estoy de acuerdo.

El buen creativo publicitario debería ser capaz de entender a su target, sea cual sea, y de poder comunicar en consecuencia. Un ejemplo burdo: la cumbia me resulta un terreno tan desconocido como desagradable; pero si me encargan una campaña relacionada con el tema, no es difícil averiguar lo necesario para hacerla. Internet provee, claro, una enorme ayuda en este sentido, y esto me lleva a la siguiente “ventaja” de ser joven: la publicidad digital.

Lo digital es joven, afirman muchos. Por un lado, esto es cierto: es una abrumadora mayoría de jóvenes la que vive en digital (uso este lugar común para no caer en otros: que “navegan”, que se “conectan”, que se “relacionan”). Por otro lado, se han publicado estudios recientes según los cuales cada vez más adultos hacen lo mismo. Sin embargo, esto no impide que muchas marcas –y sus agencias- insistan en perpetuar el estereotipo de las personas mayores que no entienden nada, por lo que necesitan ayuda. ¿De quiénes? De sus nietos, obviamente.

En el caso concreto de la publicidad, la supuesta juventud de “lo digital” no resiste el menor análisis. La generación de ideas, la innovación en la comunicación, el uso de plataformas existentes y hasta la creación de plataformas nuevas no tiene, creo, directa relación con la edad del que piensa. Sí con el conocimiento de las posibilidades a mano y las que se puedan crear.

A través de mi amigo Fernando Barbella, hace poco descubrí la iniciativa Interplanetary. Una agencia chica en Nueva York, integrada por cinco profesionales con larga carrera en agencias grandes. (Yo conocí a uno de ellos, que era Director General Creativo de OgilvyOne Norteamérica: Bruce Lee. Un tipo muy tranquilo y ameno, aunque el nombre te hacía pensar que te iba a cagar a patadas.)

Estos tipos declaran que nadie tiene tanta experiencia como ellos en integrar medios tradicionales con medios nuevos y hasta inéditos, en lo que llaman el universo conectado. Su presentación dice “We’re no strangers to this universe”.

Nosotros, los supuestamente jovatos para esta profesión, tampoco somos extraños en este universo. Entre otras cosas, porque ayudamos a crearlo. Con ley de grave edad y todo.

Call me Roberto

Alguna vez leí un reportaje que le hizo Osvaldo Soriano a García Márquez, en el que el colombiano hablaba sobre la importancia de las primeras frases en las obras literarias. ¿Un ejemplito? Así empieza el cuento “El Aleph”, de Borges:

“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.”

García Márquez tiene una especie de obsesión por las primeras frases de los libros, y de sus libros en particular; ha declarado que esa primera frase suele llevarle más tiempo que el resto del libro (lo dijo en broma, supongo). Como muestra, bastan dos botones.

El primero es el implacable comienzo de Crónica de Una Muerte Anunciada: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” El segundo, obviamente, es el comienzo de Cien Años de Soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

El tema de las primeras frases de libros me encanta. Y este es el clásico de los clásicos: La Divina Comedia, de Dante Alighieri. Van los primeros y legendarios tres versos en el italiano original; prueben recitarlos en voz alta y van a ver lo lindos que son: Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita. Ahora, una de las innumerables traducciones al español. De las que encontré, es la más razonable (igual, dicen que cualquiera es mejor que la de Bartolomé Mitre): “En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura, porque la recta vía estaba perdida”.

Paradójicamente, cierro con otro comienzo: el de Moby Dick, de Melville, para muchos el mejor comienzo de la historia de la literatura. Es una frase breve que ha sido y seguirá siendo analizada y desmenuzada hasta el cansancio: “Call me Ishmael”. (“Llámenme Ismael”)

Peter Gabriel: poniendo la tapa

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El cuarto disco de Peter Gabriel no tiene nombre. Se lo conoce como “Peter Gabriel IV” y en Estados Unidos se llamó, por alguna razón, “Security”. Esa no es su única particularidad: el disco (para mí, el mejor del Pedro) carece casi por completo de platillos. Los tambores de la batería suenan fuerte, pero apenas se oye un rumor de platillos al final de la hermosa “Wallflower”. Más curioso aún es que en el siguiente disco de Gabriel, “So”, lo primero que se oye son platillos: así arranca el primer tema, “Red Rain”. Esto no es casual porque “So” es el disco en que Gabriel “se saca el hábito”, como dice en la canción “Sledgehammer”, para hacer música más accesible y hasta por momentos alegre. De hecho, es en este disco donde aparecen los hits más conocidos de Gabriel: además de “Sledgehammer”, allí están “In Your Eyes”, “Don’t Give Up”, “Big Time” y la mencionada “Red Rain”.

Esta ¿evolución? (para algunos lo fue, para otros no) también se ve reflejada en las tapas de los primeros cinco discos de Gabriel. En el primero, está él detrás de un vidrio mojado; en el segundo, está él arañando su propia foto; en el tercero, está él derritiéndose; en el cuarto, no sabemos si el que está es él o no: es una imagen de video deformada, más parecida a un Stormtrooper que a Peter Gabriel (es la foto que ilustra esta entrada). Y en el quinto, “So”, está él en una foto perfectamente clara y sin intervenciones, que resulta coherente con la música que hay adentro.

Gabriel siguió y sigue editando discos brillantes -algunos más que otros- pero estas cuestiones de platillos y tapas parecen limitarse a esos primeros cinco, fundamentales para quien desee conocerlo.

(Entre el cuarto disco y el quinto, Peter Gabriel editó un doble en vivo, “Plays Live”. En la tapa está él, maquillado y transpirado. Se lo puede considerar como una transición entre los dos discos en estudio, ya que incluye temas que originalmente no tenían platillos, pero con arreglos más “accesibles”.)

Algunos datos vergonzosos sobre el Oscar

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• “The Greatest Show on Earth”, una película de 1952 dirigida por Cecil B. DeMille y ambientada en un circo, ganó el Oscar a la Mejor Película sobre filmes que hoy son clásicos, como “A la Hora Señalada” y “El Hombre Quieto” (“Cantando Bajo la Lluvia”, del mismo año, ni siquiera fue nominada). Se la considera la peor película en ganar el Oscar, y se dice que lo ganó porque fue filmada en pleno macarthismo y DeMille era un ferviente seguidor de McCarthy. “A la Hora Señalada”, por el contrario, fue interpretada como una crítica de la situación política de entonces –aunque también existe la teoría opuesta: que la película, en realidad, criticaba el comunismo.

• En 1941, “Qué Verde era mi Valle” (una gran película de John Ford, por cierto) le ganó el Oscar a “El Ciudadano”, para muchos la mejor de todos los tiempos.

• “El Toro Salvaje” estaba nominada en 1980 como Mejor Película; perdió con “Gente como Uno”.

• “Danzas con Lobos” le ganó a “Goodfellas” en 1990.

• “Rocky” fue elegida Mejor Película en 1976; entre las otras nominadas estaba “Taxi Driver”.

• Al Pacino no ganó Oscars por su trabajo en ninguna película de la trilogía de “El Padrino”. Tampoco lo ganó por “Tarde de Perros”, “Serpico” o “Cruising”. Lo ganó por “Perfume de Mujer”.

• Francis Ford Coppola estaba nominado como Mejor Director por “El Padrino”. Perdió con Bob Fosse, director de “Cabaret”.

• Stanley Kubrick nunca ganó el Oscar como Mejor Director.

• Alfred Hitchcock fue nominado cinco veces como Mejor Director: por Rebecca, Lifeboat (“Ocho a la Deriva”), Spellbound (“Cuéntame tu Vida”), La Ventana Indiscreta y Psicosis. Nunca ganó; en 1967 le dieron un Oscar especial, el Irving Thalberg Memorial Award.

• Solo una película de Hitchcock ganó el Oscar: Rebecca. Otras tres fueron nominadas como Mejor Película: Foreign Correspondent, La Sospecha y Spellbound.

• El único triunfo en las categorías de actuación obtenido por una película de Hitchcock fue el de Joan Fontaine por “La Sospecha”. Algunos otros actores fueron nominados por filmes del Maestro; entre ellos NO estuvieron James Stewart (“Vertigo”, “La Ventana Indiscreta”) ni Anthony Perkins (“Psicosis”).

• Martin Scorsese NO ganó el Oscar a Mejor Director por “Calles Salvajes”, “Taxi Driver”, “El Toro Salvaje”, “El Rey de la Comedia”, “El Aviador”, “Goodfellas”, “After Hours” o “The Color of Money”. Lo ganó por la considerablemente menor “Los Infiltrados”.

• “2001: Odisea del Espacio” no fue nominada a Mejor Película.

• “El Paciente Inglés” le ganó el Oscar a Mejor Película a “Fargo”.

• En 1979, “Kramer versus Kramer” le ganó a “Apocalypse Now”.

• Pat Morita fue nominado como Mejor Actor de Reparto por “The Karate Kid”.

• “Aeropuerto” fue nominada como Mejor Película. Sí, “Aeropuerto”.

• Los dos protagonistas de “Love Story”, Ali MacGraw y Ryan O’Neal, fueron nominados como Mejor Actriz y Mejor Actor, respectivamente.

• “Il Postino” fue nominada como Mejor Película el mismo año de “Se7en” y “Los Sospechosos de Siempre”, ninguna de las cuales fue nominada.

2001 bien vale una re-visión

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Después de un tiempo, volví a ver completa “2001: Odisea del Espacio”, una película de Stanley Kubrick con la que tengo una relación de amor-odio (me sucede con casi todas sus películas). Pero resulta que ahora me gustó más que antes, y eso me llevó a averiguar algunos datos sobre el proceso de creación de “2001” que a mí me parecen interesantes; espero que les pase lo mismo.

• La creencia general es que la película se basa en la novela de Arthur C. Clarke, pero no es así. Kubrick y Clarke se juntaron para crear lo que ellos llamaron una “narrativa”, ligeramente basada en el cuento “The Sentinel”, de Clarke. La intención era que esa narrativa diera origen a un guion (firmado por Kubrick-Clarke) y una novela (firmada por Clarke-Kubrick). Cuando habían escrito más de 100 páginas, se dieron cuenta de que iba a ser mejor bajar la historia a los formatos acordados. Kubrick terminó el guion, al que le sacó casi todos los diálogos, y Clarke escribió la novela. En la película, el guion aparece firmado como se había previsto: Kubrick-Clarke. Pero la novela, que apareció poco después del estreno de la película, solo fue firmada por Clarke; este declaró años después que deberían haberla firmado los dos.

• Una de las secuencias más famosas de la película es el corte que une el hueso cayendo con la nave espacial descendiendo. La interpretación más común es que ese corte pasa de la primera herramienta usada por el hombre a la herramienta más avanzada. Son, además, dos momentos en los que el “monolito”, que en el primer guion era una nave extraterrestre, interviene para acelerar el progreso humano. La intención original era otra: se trataba de unir dos armas. De hecho, Moon-Watcher (así se llamaba el personaje en el libro, aunque en la película no tiene nombre) usa el hueso para matar a sus rivales; en el filme, la primera idea era que todos los satélites que se mueven en el espacio al ritmo del “Danubio Azul” de Johann Strauss estuvieran armados con bombas nucleares. Y al final de la película, cuando el feto (denominado Star-Child) vuelve a la Tierra, iba a hacer detonar todas esas bombas. Kubrick descartó esta idea, no por razones de guion, “mensaje” o ideología, sino porque su película anterior, “Dr. Strangelove”, también terminaba con explosiones nucleares y no quería repetirse.

Hay toda una banda musical original compuesta para la película por Alex North. Pero Kubrick decidió no usarla, y aplicar en cambio la música que le había dado a North como referencia. La música original se editó en 1993; no la escuché, pero dicen que el tema principal, llamado “Bones” (por la primera secuencia de la película) es muy, muy parecido a “Así Hablaba Zaratustra”, de Richard Strauss, que sí se usó en el filme.

• En la narrativa original, el destino de la expedición terrícola (de donde había salido la señal alienígena) no era Júpiter, sino Saturno. Pero cuando le mostraron a Kubrick los efectos especiales con los que iban a recrear los anillos de Saturno, al director le parecieron tan burdos que cambió a Júpiter.

• Una de las mayores leyendas acerca de la película proviene del nombre de la computadora que se vuelve mala: HAL. Las tres letras son las que preceden en el alfabeto a estas otras tres: IBM. Tanto Kubrick como Clarke desmintieron que esto se haya hecho adrede; Clarke, incluso, declaró que HAL proviene de “Heuristically programmed ALgorithmic computer”. Dos datos más: el logo de IBM aparece en la película, en medio de un panel de control de la nave, y el actor que aportó su voz a HAL, Douglas Rain, también fue la voz de la computadora al final de “Sleeper”, la comedia de Woody Allen.

Si hace mucho que no ven esta película, les recomiendo que la vean de nuevo, aunque sea para comprobar si su opinión original, buena o mala, sigue siendo la misma.

Presentación de la nueva bandera

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La creación de la bandera argentina por parte de Belgrano es historia conocida por casi todos. Menos conocida es la historia de la aprobación de esa bandera por parte del Primer Triunvirato.

Si bien se dice que desde 1810 los patriotas usaban una escarapela celeste y blanca, el Gobierno le avisó a Belgrano que “deseaban ver otras opciones”. Belgrano reunió entonces a varios colaboradores y les pidió distintos diseños. “Quiero que arrojéis ideas sobre la mesa” dijo el General; “ninguna idea será considerada tonta, unid vuestros cerebros en una verdadera tempestad”.

Habiendo seleccionado ya las propuestas, Belgrano ideó una original forma de presentarlas al Triunvirato: hizo dibujar cada diseño en grandes hojas individuales y luego dispuso esas hojas sobre un atril. De ese modo, él mismo iba a pasar las ideas una por una para mejor consideración de Paso, Chiclana y Sarratea, miembros del Primer Triunvirato.

El General completó la presentación (que él llamaba su “punto de poder”) con una primera lámina en la que repasaba el pedido del Gobierno. En uno de sus tantos raptos de genio, también incluyó una última hoja con la leyenda “Agradezco a Vuesas Mercedes”. El sistema le trajo no pocos inconvenientes. Los miembros del Triunvirato solicitaban volver a ver ejecuciones previas, por lo que Belgrano debía rebuscar en las hojas que ya había mostrado. El General también lamentó presentar el trabajo a tres personas en lugar de a solo una con capacidad de tomar la decisión final.

En efecto, los triunviros diferían en sus opiniones. A Sarratea, por ejemplo, “el rojo le daba sangre” y no lo deseaba en la bandera. Paso sostuvo que el marrón era “el color de la caca” y que, además, no aparecía en ninguna insignia del mundo. Chiclana se detenía en minucias de las ilustraciones (“si eso es un ombú, yo soy el Virrey Cisneros”), lo que hizo estallar a Belgrano: “Os solicito que os concentréis en los conceptos; los detalles ejecucionales son posteriores”.

Como se sabe, el General no consiguió la aprobación que esperaba. Los triunviros argumentaron que la decisión no dependía de ellos y que debían consultarlo. “Hay que ser realistas, General”, dijo Paso. Belgrano sabía que, antes de decidir, iban a mostrar los diseños a sus esposas, por lo que partió hacia el Norte enarbolando la bandera no aprobada. Esto le impediría luego presentarla en los International Flag Awards. El General no se apenó. Sabía que en ese festival usualmente ganaban banderas de mayor presupuesto. Y más aún si incluían un león.

Cintitas

Es mucho lo que se ha escrito sobre los patriotas argentinos Domingo French y Antonio Luis Beruti. Su papel durante la Revolución de Mayo, supuestamente repartiendo escarapelas o cintitas celestes y blancas en la Plaza, ha sido puesto en duda por diversos historiadores que se refieren al episodio como un “cuento escolar”. Hay mucho debate sobre el tema, pero no es mi intención alinearme con ninguna corriente de historiadores, sino simplemente echar un poco de luz sobre la cuestión. En definitiva, contar la verdad de la milanesa.

French y Beruti eran creativos publicitarios. Conformaban la principal dupla de la pionera agencia de activaciones La Gazeta Experiencial. Luego del Cabildo Abierto del 22 de mayo, los patriotas (flamantes clientes de la agencia) les encargaron una acción de guerrilla para comunicar la creación de la Primera Junta. Es probable que por “guerrilla” los patriotas se refirieran a la forma de combate de Güemes, pero French y Beruti, tal vez demasiado ensimismados en su trabajo, se pusieron a pensar en una activación callejera. Su primera idea, “¿Probaste con una mazamorra?”, fue descartada por razones de costos; pero fue la segunda opción la que dio lugar a tantos debates a lo largo de la historia. Se trata, claro, del reparto de cintitas en la hoy llamada Plaza de Mayo.

La idea original de la dupla fue incorporar a las cintas lo que French denominaba “código QR”, una tosca ilustración cuyo poseedor era premiado con una bolsa de Queso Rallado. Un integrante de la Primera Junta rechazó esta iniciativa, diciendo que “no le suma nada a la idea; yo, Paso”. Las cintas fueron entonces distribuidas de la manera más simple y, tal vez por eso, tuvieron excelentes resultados. Entre ellos, menciones en gacetillas de la época y asombrados testigos que se apresuraban a captar la escena con dibujos. Tan comentada fue la acción que a fines de ese año participó en el festival Fernando VII de Iberoamérica. Los jurados españoles, sin embargo, dudaron de la autenticidad de la campaña; esto y no otra cosa, fue lo que les valió el mote de “realistas”.

La historia tiene un final curioso: el capitán inglés William Peter Parrish (que había sido derrotado en las Invasiones Inglesas) adquirió La Gazeta Experiencial para su naciente grupo de comunicaciones coloniales, luego bautizado W.P.P. French y Beruti fueron inmediatamente despedidos, y decidieron fundar su propia agencia para recuperar, según ellos declararon, su “independencia”.