La usurpación del arte

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Hace un tiempo, el talentoso e irascible Neil French vino a dar una conferencia al Ojo de Iberoamérica. Durante la ronda posterior de preguntas, alguien inquirió: “¿La publicidad es un arte?” Neil lo miró con incredulidad y, medio riéndose, contestó “Of course not, my dear boy!” (La verdad, no sé si dijo “my dear boy”, pero la intención de su respuesta permite la libertad de agregarlo. Y French usaba esa expresión todo el tiempo.) La pregunta, sin embargo, no es un disparate. De hecho, encontrarán que este post contiene más preguntas que respuestas, salvo alguna que otra certeza.

La costumbre de comparar a la publicidad con el arte –más aún: de considerarla un arte- se advierte ya desde los nombres adjudicados a los cargos que se desempeñan en una agencia. La sola palabra “creatividad” remite al arte (aunque como bien sostuvo alguien, no hay actividad que no requiera ser creativo), y ni hablar de la expresión “director de arte”. Es cierto, hay muchas tareas en publicidad relacionadas fuertemente con el arte: la escritura, el diseño, la fotografía, el cine, la ilustración, la música, hasta la escultura. Algún exagerado sostendrá que tratar con un cliente es, en sí mismo, un arte. Pero es por lo menos aventurado hablar de arte cuando se trata de vender detergente, imagen burda y obvia, lo sé, pero que sirve para ilustrar el punto; pueden ustedes cambiar “detergente” por “laxante”, “comida para perros”, “préstamos hipotecarios”, o lo que deseen. Toda esta cuestión es, como sostuvo Hamilton Nolan en un artículo publicado en Gawker, un intento de usar el lenguaje del arte para describir una actividad comercial. Esto es, usurpar el arte. Acto que llega a extremos como, por ejemplo, hablar de la “cultura” de cada agencia o grupo de agencias cuando en verdad se trata, en el mejor de los casos, de acciones del departamento de Recursos Humanos. En este sentido, otra palabra usual para definir esta clase de actividades es “filosofía”; aun siendo un ignorante en estos temas, a mí me parece que la filosofía debería ocuparse de otras cosas.

La verdad es que yo vengo rumiando estas cuestiones desde hace unos años. Tanto, que en alguna ocasión un nuevo cliente me preguntó si yo era “creativo”. Mi respuesta fue “No. Creativo era Picasso.” Después me di cuenta de que esa respuesta ameritaba una larga parrafada sobre mi indignación ante el uso de la palabra “creativo”, parrafada que no iba a ayudarme en la relación con los clientes; estos esperan un comportamiento artístico por parte de los creativos, y desilusionarlos no es el camino. ¿En qué consiste ese comportamiento artístico al que recurren (recurrimos) los creativos publicitarios? No es difícil hacer una lista de actitudes relacionadas: somos vanidosos, caprichosos, irritables, con chispazos geniales y con infrecuentes ataques de productividad. Hablando de nuestro trabajo como si todo el tiempo estuviéramos cambiando el universo (bueno, ¿quién no lo hace?); dándole la mayor importancia a la “idea”, como si esa idea fuera la invención de la lamparita eléctrica y no usar a un jugador de fútbol para vender papas fritas; poniendo una atención minuciosa en cada detalle de la “ejecución” de esa “idea”, como si estuviéramos dando los últimos toques a un cuadro de Rembrandt.

La publicidad no es la única actividad comercial que cae en esta tentación. También suelen hacerlo la moda (cuyos creadores son considerados por muchos como artistas) y casi cualquier otra actividad que incluya diseño, como la fabricación de automóviles. ¿Coincidencia?: tanto en publicidad como en moda y en automóviles, se realizan shows/festivales/exhibiciones en los que se muestran piezas que casi nunca se verán en la calle.

Una posible teoría para explicar este estado de las cosas es la existencia del señor Andrej Varhola, bastante más conocido como Andy Warhol. Antes de adquirir fama mundial como artista, Warhol trabajó en publicidad: hacía ilustraciones en tinta para avisos de zapatos; es más, algunos de estos dibujos fueron expuestos en sus primeras muestras. Ya consagrado como artista, Warhol siguió usando verdaderos símbolos comerciales/publicitarios como la botella de Coca-Cola o la célebre lata de sopa Campbell’s. Pero atención: Warhol no hacía arte a partir de “avisos” sino de objetos icónicos norteamericanos; por eso comenzó a incluir también fotos de celebridades (Elvis, Elizabeth Taylor, Marilyn Monroe, etc.). ¿Es el trabajo de Warhol en la década del 60 lo que nos convenció a los publicitarios de que somos artistas, o de que estamos bastante cerca de serlo? ¿Es culpa de él que el aviso “Think Small” sea hoy considerado casi una obra de arte y merecedor de ser expuesto en una galería? A propósito, recuerdo una escena de la película “Demolition Man”, con Sylvester Stallone: su personaje, que había sido congelado, despierta en un futuro donde los jingles publicitarios son considerados canciones pop y, como tales, difundidos en la radio como hits. ¿Es allí a donde vamos? ¿Estamos muy lejos?

La revista AdWeek publicó una nota tan relacionada con este tema que se llamó “Is Advertising Art?” El artículo fue escrito a raíz de un hecho concreto: Procter & Gamble donó varios de sus avisos de fines del siglo XIX al Museo Natural de Historia Americana Smithsonian; esto desató una modesta polémica entre quienes sostienen que esto está muy bien, y quienes opinan lo contrario. La polémica carece de mayor sentido en este caso: el Smithsonian no es un museo de arte sino un centro cultural; aun así, varios saltaron indignados porque, dicen, un aviso no se puede comparar con un cuadro de Monet (esta frase es literal). “Somos un museo de historia”, dijo el archivista del Museo, “y más allá de que la publicidad sea o no un arte, es significativa históricamente”. Suena razonable. Pero la nota señala un dato curioso: entre los consultados, la mayor parte de aquellos que niegan el carácter de arte a la publicidad provienen de agencias de publicidad. Muchos de los que defienden este carácter, en cambio, provienen de instituciones culturales. Entre los primeros está Rich Silverstein de Goodby, Silverstein & Partners: “ninguna publicidad en el mundo merece estar en un museo”. Y sigue: “No creo que el marketing sea un arte […]. Los artistas se inician a partir de un lucha interna que quieren comunicar; nosotros empezamos a partir de marketing, y tenemos que lograr que nuestros clientes tengan éxito. Estamos muy equivocados si los creativos deciden hacer algo para ellos mismos o sus colegas”. Por su lado, Matt Miller, presidente y CEO de AICP, dice que ricos mecenas han apoyado a artistas durante siglos, y que esa misma situación se podría estar dando hoy con las marcas y la publicidad. Es una afirmación por lo menos temeraria.

Vuelvo, y ya para terminar, al interesante artículo de Nolan en Gawker (“Creative Destruction: How Advertising Is Swallowing the Creative Class”), una pieza ácida y por momentos muy injusta, pero que incluye varios conceptos atendibles. El principal, me parece, es la necesidad de laburar con todo el talento, el rigor y el profesionalismo de que seamos capaces. “Creando”, innovando, explorando, convenciendo y, sí, vendiendo. Sin usurpar el lugar del arte. Porque el arte es otra cosa.

Qué, no lo sé. Pero es otra cosa.

Al rescate de un héroe olvidado: Arnold Insight

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En una recordada serie de cuentos, Roberto Fontanarrosa inmortalizó al gran aforista Ernesto Esteban Etchenique, creador de breves e innumerables perlas de sabiduría como esta:

“La paciencia, espera. La virtud, observa. El pato, parpa.”

La intención de este artículo es rescatar del olvido a otro aforista quien, además, se desempeñó con éxito en el campo publicitario. Estos datos de su biografía están unidos: la gran mayoría de sus aforismos se refiere a su actividad publicitaria; más adelante veremos cómo y por qué esas breves iluminaciones fueron rescatadas por los más cercanos colaboradores y, por qué no, admiradores de esta figura que merece, casi como ninguna otra, la calificación de leyenda.

Estamos hablando del inglés Arnold Insight. Es probable que su nombre no resulte familiar, pero sí lo es su apellido: este gigante del pensamiento fue el inventor de los insights, tan usados hoy en la industria del marketing, y es en su homenaje que utilizamos esa palabra. De hecho, se sabe con exactitud cómo se comenzó a aplicar la técnica del insight o, en otras palabras, cómo la inventó Arnold. Al parecer, estaba trabajando en una campaña para los chocolates Brown; el brief original no se conserva, pero se sabe que la solicitud del cliente, “vender más chocolate”, resultó tan innovadora como desafiante. Ni Arnold ni su equipo tenían en claro cómo encarar el pedido del cliente. Hasta que Insight, en medio de una reunión, sostuvo con firmeza: “A la gente le gusta el chocolate”. Esta epifanía dio lugar a una recordada campaña que, lamentablemente, tuvo que ser interrumpida por problemas en la cadena de distribución del producto. Este inconveniente dio origen a otra de las famosas sentencias de Insight: “Deliver the Brown”. Tan famosa fue la solución de Arnold, que la frase llegó a ser utilizada en ciertas expresiones de la más chabacana música popular.

Arnold Insight nació en 1925, en medio de la campiña inglesa, cerca del pueblo de Brief-Upon-The-Table. Desde muy pequeño, su ingenio incomparable lo llevó a crear expresiones que, con el tiempo, se convirtieron en moneda corriente dentro del mundo publicitario y marquetinero. Su pasión por los animales de campo, por ejemplo, lo hacía gritar “¡La vaca, la vaca!” cada vez que veía una, lo que sucedía prácticamente todo el tiempo. Se cree que, ya empleado en una agencia, le mostraron un aviso con la imagen de una vaca y Arnold se puso a gritar como cuando era un niño; sus compañeros pensaron que se refería a que la foto y el titular expresaban la misma cosa, y la frase quedó inmortalizada como indignada protesta ante la obviedad.

Pero, ¿cómo empezó Insight a trabajar en publicidad? Es otra historia curiosa. Parece que, cuando Arnold tenía alrededor de 18 años, pasaba a cada rato por la puerta de la pequeña agencia del pueblo, propiedad de Raymond Oliver Irwin y llamada, en su honor, R.O.I. Este hombre advirtió la presencia constante de Arnold y, perspicaz, comentó: “Ese tipo pasa todo el tiempo por acá.” A Insight le terminaron ofreciendo un puesto en la agencia pero como no sabía hacer nada, le inventaron la posición de, justamente, pasante. Desde ese entonces y hasta nuestros días, los pasantes siguen siendo esos que pasan por ahí.

Narrar la carrera de Insight nos llevaría mucho más espacio que el permitido para este artículo; quedará para otra oportunidad, pues, ya que lo que hoy nos interesa es su producción de aforismos. Mencionemos, sí, que su ascenso en la profesión fue, para usar una metáfora adecuada, meteórico: fue nombrado Director Creativo después de tan solo 27 años como redactor.

Su inclinación hacia los aforismos se dio de manera natural: Arnold Insight solía expresarse con frases cortas; era parco, sí, pero contundente. Tanto, que los historiadores de la publicidad agrupados en la línea revisionista “Case History” le adjudican la invención de Twitter o, por lo menos, haber sido su inspiración. Suena absurdo, pero es cierto que las definiciones de Insight raramente contenían más de 140 caracteres; a veces, no superaba esa cifra ni siquiera en conversaciones de varias horas. Esta teoría, sin embargo, es desmentida por otros historiadores más tradicionalistas, pertenecientes a la corriente “30 Second Commercial”; estos eruditos han llegado a sostener que los revisionistas son, en términos rigurosamente académicos, “unos pelotudos de mierda”.

El estilo lacónico de Insight hacía que muchos de sus compañeros pensaran que cada una de sus frases merecía la preservación histórica. Por eso, siempre contaban con una libreta y una lapicera para anotar todo cuanto Insight dijera: no sabían en qué momento aparecería una joya verbal, y deseaban estar preparados para ello. Años después, el propio Insight habría de elegir sus mejores frases para su publicación; tan estricta fue su selección, que entre los aforismos descartados (por suerte, también conservados) podemos encontrar más de una belleza: “Qué mal me cayó esa hamburguesa”, “Los clientes son todos unos forros”, “Parece que va a llover”, son algunas de las gemas anotadas por los seguidores de Insight que, recordemos, escribían todo lo que el gran hombre decía. Como ya dijimos, los aforismos más relevantes de Arnold Insight fueron publicados en un libro de la editorial “Animatic”, propiedad de Edward Animatic, quien no podía creer que libros similares de Bill Bernbach, David Ogilvy y otros fueran un éxito, mientras que el ingenio de Insight pasara desapercibido. Luego de arduas negociaciones con el autor (que, entre otras cosas, exigía posar desnudo para la foto de la solapa porque, según él, “ciertas partes de su cuerpo eran un ejemplo de brevedad”) el libro vio la luz con el nombre “Dos Veces Bueno”.

Arnold Insight falleció en 2007, cuando acababa de cumplir 82 años y ya pensaba en dar el fundamental paso de crear su propia agencia y así alcanzar su sueño de ser Director General Creativo, cargo al que solo podía aspirar si se designaba a sí mismo. Como en tantos otros casos, su carrera se vio interrumpida cuando aún tenía mucho para dar; de hecho, estaba negociando la publicación de su segundo libro, “Dos Veces Bueno Dos Veces”. Nos pareció apropiado recordar a uno de los tantos héroes casi desconocidos de nuestra profesión, y también iniciar de esta manera una serie de artículos sobre varios de estos próceres. Será una serie incompleta pero que, al mismo tiempo, significará un aporte de necesaria justicia.

Mientras urgimos a los lectores a profundizar el estudio de Arnold Insight y su obra, compartimos algunos de sus más recordados aforismos, todos ellos dedicados al tema de la publicidad y sus alrededores.

Los que se mandan más cagadas son los All Bran Managers.

Nadie resiste un Archive.

Trabajar para una marca de cigarrillos despierta la vocación de ser vicio.

Si una agencia no tiene know how, el cliente queda enojáu.

En la Google Beach de Cannes, a los chicos que se pierden los deben encontrar más rápido.

Una agencia hizo tantas presentaciones para un cliente, que al final perdió la cuenta.

En las agencias de publicidad de EE.UU. todavía se recuerda el día en que a Washington lo nombraron DC.

Las agencias que más premios ganan en Cannes son las que se llevan la parte del león.

El departamento de cuenta agota.

El origen de la marca Viagra se debe al frecuente uso de la frase “viá agradecer que se me pare”.

La cantidad de PowerPoints sobre Social Media ya excede el número de usuarios de Facebook.

La marca Royal debería estar en Facebook con una Flan Page.

El que no logra encontrar algo en Google, es un SEO a la izquierda.

Las promociones de restaurantes deberían venir en un sobre con tenedor.

Si les piden un cambio en un trabajo, cuidado: puede ser un ajuste de Cuentas.

Si tiene un cliente racista, la agencia debe recordar que las Cuentas claras conservan la amistad.

Me encargaron una campaña para una marca de juguetes, pero mejor la delego.

Idea para una campaña de teléfonos celulares dirigida a mujeres: La donna es móviles.

El planeta no necesita que lo cuidemos

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Las constantes campañas de bien público a favor del ambiente insisten en solicitarnos que “cuidemos el planeta”, que “el planeta nos necesita”, que “estamos destruyendo el planeta” y demás obviedades. Desde luego, ninguna de estas campañas funciona. Todos seguimos “destruyendo el planeta” con creciente entusiasmo.

¿Y por qué no funcionan? Porque no están diciendo la verdad. No estamos “destruyendo el planeta” ni necesitamos “cuidarlo”. El planeta existe desde hace 4.470 millones de años, y los seres humanos (homo sapiens) llevamos en él aproximadamente 200.000 años, apenas un instante. Es decir que el planeta se las ha arreglado bastante bien antes de nuestra aparición, y seguirá haciéndolo cuando ya no existamos o hayamos evolucionado hacia alguna otra cosa. Pensar que podemos “destruir el planeta” es típico de la soberbia humana, la misma que declara que Dios hizo el hombre a su imagen y semejanza.

Lo que estamos haciendo no es destruir el planeta sino destruirnos a nosotros mismos. Así es como se debería encarar una campaña ambiental; no con una apelación tan absurda e impersonal como “cuidemos la Tierra” sino con una más urgente e identificable: cuidémonos a nosotros y a nuestros hijos, a las especies animales y vegetales. Porque la verdad es que mucho tiempo después de nuestra total aniquilación, el planeta va a seguir acá, cagándose de risa.

The Little Bang Theory

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En la primera escena del primer capítulo de la primera temporada de la serie “The Big Bang Theory”, Leonard y Sheldon van a donar semen a un banco de esperma para gente con alto IQ. El desarrollo posterior de los personajes (en especial Sheldon) hace que la escena sea absurda: es imposible imaginar a Sheldon masturbándose -ni siquiera entrando a ese banco. Y más absurda es la frase de Leonard cuando califica a Sheldon de “semiprofesional” en la materia. Si ya ese primer episodio que salió es incoherente, mucho más lo es una escena que no salió y que pueden encontrar en YouTube con el nombre “The Big Bang Theory unaired pilot”.

Por increíble que suene, en esa escena Sheldon acaba de hacer su donación. Nada podría estar más alejado de lo que después será su personaje. (Ya que estamos, la música que se escucha al principio y al final de la secuencia es “She Blinded Me With Science” de Thomas Dolby, afortunadamente cambiada luego a la conocida y genial canción de Barenaked Ladies.)

No es la única serie en la que los personajes evolucionan a versiones muy distintas de las iniciales. En los primeros episodios de Seinfeld, por ejemplo, George Costanza parece solo una mala imitación de Woody Allen; después, con el correr de los capítulos, va creando y desarrollando su extraordinario personaje. Pero en el caso de The Big Bang Theory, la diferencia con lo que pasa luego es tan notoria que esa escena del primer episodio parece de otra serie.

El lado más lejano: una introducción a Gary Larson

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No recuerdo bien cómo conocí el trabajo de Gary Larson. Es probable que haya sido durante algún viaje a EE.UU., mientras hojeaba libros en la sección Humor de Barnes & Noble, por ejemplo. Es probable también que haya abierto de casualidad alguna compilación de “cartoons” de Larson, y es MUY probable que me haya fascinado de inmediato su extraño, absurdo sentido del humor. Lo que sí sé es que, a partir de este probable suceso, empecé a comprar y coleccionar la obra de Larson hasta que el muy ingrato se retiró y no sacó más libros.

“¿Y quién es Gary Larson?”, preguntarán ustedes, no sin cierta indignación. Es un dibujante y humorista estadounidense, nacido en 1950, y creador de The Far Side, una tira cómica de un cuadro (o “cartoon”) que se publicó en más de 900 diarios durante 15 años. Se editaron 23 colecciones de sus chistes; vendieron más de 45 millones de ejemplares. Como ya dije, Larson se retiró en 1995, cuando aún era bastante joven. Según él mismo declaró, “la serie se estaba empezando a repetir”.

Los chistes de Larson son bastante particulares, y hay situaciones que aparecen con frecuencia. Entre ellas, las de animales con comportamientos humanos, desde insectos hasta dinosaurios, pasando por uno de sus temas favoritos: las vacas. Otro tema muy visitado por Larson es la prehistoria; son famosos sus dibujos de cavernícolas. El tipo es muy admirado y respetado en el mundo científico donde, según se dice, sus obras adornan las paredes y puertas de los laboratorios. Los chistes de Larson ridiculizan este ambiente pero al mismo tiempo, y según muchos, lo conoce y satiriza como nadie. Un buen ejemplo es el primer “cartoon” que ilustra este post.

Sus primeros trabajos salieron bajo el nombre “Nature’s Way”, pero cuando el San Francisco Chronicle comenzó a publicar el cartoon lo rebautizó como “The Far Side”, título que a Larson le encantó. El nombre le hace justicia: los dibujos del tipo se internan en el surrealismo y casi siempre se van más allá. Algunos ejemplos incluyen a una familia de arañas en un auto adornado con un sticker de una “smiley face” que tiene ocho ojos; vacas paradas en dos patas porque “así se comportan cuando los humanos no las ven”; el hijo de una familia de Aliens que, durante la cena, hace el chiste de salir de adentro del pollo (como el Alien de la película); dinosaurios fumando a escondidas con el título “la verdadera razón de la extinción de los dinosaurios” (el cartoon favorito de los paleontólogos), etc.

La carrera de Larson no estuvo exenta de polémicas. La mayor sucedió cuando publicó este cartoon:

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Jane Goodall es una célebre antropóloga, etóloga y experta en primates, lo que explica la frase “Otro pelo rubio… ¿Haciendo más ‘investigaciones’ con esa atorranta de Jane Goodall?” El Jane Goodall Institute consideró que el chiste era de mal gusto y sus abogados enviaron una carta a Larson y su compañía de distribución; en ella describían el cartoon como una “atrocidad”. Goodall estaba en África y se enteró de la polémica a su regreso: el chiste le encantó, se reunió con Larson, y escribió el prólogo para uno de sus libros, The Far Side Gallery 5. Desde entonces, las ganancias por las ventas de una remera con el cartoon van a parar al Goodall Institute.

Otro de los chistes que le causó problemas fue este:

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En su libro “The Prehistory of The Far Side”, Larson cuenta que nunca antes ni después recibió tantas cartas de protesta; lo acusaron de violencia contra los animales, de sádico y poco menos que de enfermo mental. El dibujante se mostró asombrado por esta reacción ya que, según él mismo, hizo cartoons mucho más ofensivos que ese, y sin embargo pasaron inadvertidos. Por ejemplo, este:

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La pasión de Larson por la ciencia y los animales le valió un reconocimiento muy particular: en 1989, la Universidad de Chicago descubrió una nueva especie de insecto y lo nombró Strigiphilus Garylarsoni en honor al dibujante. Lo mismo ocurrió con una mariposa de la selva ecuatoriana, la Serratoterga Larsoni. Y también existe un escarabajo llamado Garylarsonus. Otro hecho curioso: en un cartoon, Larson dibujó a dos cavernícolas charlando; uno de ellos señala la cola de un estegosaurio y la denomina “thagomizer” en honor a Thag, que murió atravesado por esa cola. Hoy, esa parte de la anatomía del estegosaurio se llama, en efecto, “thagomizer”.

Este post es un homenaje a este autor y, al mismo tiempo, una desobediencia a sus deseos. Larson ha pedido a sus fans que no compartan su trabajo en Internet; en una carta pública, sostuvo que su obra es muy personal e importante para él, y no quiere que otros la controlen.

Yo no estoy de acuerdo con esa línea de pensamiento. Por eso me propongo difundir los dibujos de Gary Larson, que me encantan. Háganse un favor y descúbranlo ustedes también.

Frankenstein y “el año sin verano”

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En abril de 1815, se produjo una terrible erupción volcánica en Indonesia. El volcán era el Tambora, cuya cima fue arrancada de cuajo por tres enormes e infernales pilares de fuego. Lava anaranjada comenzó a deslizarse por las laderas del volcán, y se produjo un tsunami con olas de un metro y medio de altura que corrían a 250 kilómetros por hora. No se sabe la cifra exacta de víctimas; sí que murieron decenas de miles de personas. La explosión se oyó a 2.400 kilómetros de distancia y la columna de humo llegó a tener 16 kilómetros de altura. Ese humo contenía grandes cantidades de sustancias sulfurosas.

Al principio los efectos de la erupción no parecieron muy dañinos, y hasta resultaban agradables por los hermosos colores que adquirieron los atardeceres: rosados anaranjados, rojos.

El verdadero problema fue un año después, en 1816. Las sustancias sulfurosas emitidas se mezclaron en la atmósfera y comenzaron a reflejar la luz del sol de vuelta hacia el espacio. En consecuencia, el verano nunca llegó en el hemisferio norte: hubo tremendas tormentas de nieve y heladas, se perdieron las cosechas, no había leña para el fuego, los precios de la comida se dispararon provocando una gran hambruna, hubo inundaciones en la China y una epidemia de cólera en la India -que llegó hasta Moscú. Es por esta razón que 1816 es conocido como “el año sin verano”, “el año de la pobreza” o “el verano que nunca llegó”.

La catástrofe tuvo también consecuencias culturales, algunas de ellas muy importantes. Veamos:

• Los espectaculares ocasos producidos por la ceniza volcánica en la atmósfera dieron lugar, según varios expertos, al tono amarillo/ocre que predomina en muchas de las pinturas del inglés J. M. W. Turner. Un ejemplo es la bella “Chichester Canal”, de 1828.

• La falta de granos para alimentar a los caballos parece haber llevado al inventor alemán Karl Drais a pensar en un medio de transporte sin caballos. El tipo inventó el velocípedo, antepasado directo de la moderna bicicleta.

• Muchos habitantes de la costa este de los EE.UU. dejaron sus hogares y se fueron al oeste. Solo de Vermont se fueron unas 15.000 personas, entre ellas la familia de Joseph Smith; esta mudanza inició un proceso en Smith que terminaría en la publicación del Libro de Mormón en 1830, y la creación de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Lo de Turner y Drais está muy bien, pero la razón principal por la cual agradecerle al Tambora es esta:

• Lord Byron (a quien ese verano ya lo había inspirado a escribir su poema “Darkness”), Mary Shelley, John Polidori y otros amigos se fueron de vacaciones a Suiza en julio de 1816. Pero la lluvia incesante y el “horrible verano” los forzaron a permanecer dentro de la casa. Aburridos, decidieron hacer un concurso a ver quién escribía la historia más aterradora. Mary Shelley, como todos saben, escribió nada menos que “Frankenstein o el Moderno Prometeo”.

Vaffanculo

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En la puerta de la Bolsa de Italia, en Milán, hay una estatua de 4,60 metros de altura con un dedo haciendo el gesto de “fuck you”.

La obra está ubicada en la Piazza degli Affari y fue creada por Maurizio Cattelan, el artista contemporáneo más famoso de Italia. Está realizada en mármol de Carrara y fue inaugurada el 24 de septiembre de 2010. Según su autor, la estatua es una declaración antifascista; su idea fue recrear el saludo fascista italiano de la década de 1930 y transformarlo: entonces le cortó el resto de los dedos para “criticar el totalitarismo que asoló Europa el siglo pasado”.

La gente llama a la estatua “El Dedo” pero Cattelan afirma que su nombre es L.O.V.E., acrónimo de Libertà, Odio, Vendetta, Eternità. Desde luego, muchos han asociado la obra con el tema de la crisis económica y las protestas contra las altas finanzas, pero el mismo Cattelan nunca avaló explícitamente estas teorías. (Para ser francos, la escultura NO apunta el dedo hacia el edificio de la Bolsa, sino hacia el lado contrario; en lugar de ser un fuck you a la Bolsa, bien puede representar el fuck you de la Bolsa hacia todos los mortales.)

De todos modos, y como resulta bastante lógico, los financistas no están muy felices con la escultura. Un grupo de ellos realiza sus reuniones en otro edificio debido a la estatua, y el regulador italiano Consob también anunció que iba a trasladar su reunión anual si la ciudad no hacía algo con la obra.

No sería mala idea replicar la estatua en otros lugares. A mí se me ocurren varios.