María de las Minutas Ayerza: pionera de una ingrata profesión

Image

Los Ejecutivos de Cuenta, y en general todas las personas que trabajan en el departamento de cuentas de una agencia de publicidad, no la pasan siempre bien. A veces son vapuleados por los clientes, a veces por sus jefes y a veces por los creativos; los tres grupos se turnan con prolijidad para hacerlo. Se ha dicho de ellos que son “la agencia en el cliente y el cliente en la agencia”, un eufemismo por “no los quiere nadie en ninguna parte”.

Desde luego, esto es una injusticia. La tarea de los Ejecutivos de Cuenta es ingrata y sus frecuentes aportes a las campañas casi nunca son reconocidos. El ejemplo más escandaloso de esta situación tiene que ver con la pieza considerada como la primera imagen memorable de la publicidad argentina. En efecto, nos referimos al célebre afiche de Geniol, aquel que mostraba la cabeza de un señor atravesada por clavos y otros elementos filosos, incluyendo un alfiler de gancho en la nariz (un nunca admitido antepasado del punk). Todos recuerdan hoy al equipo creativo que hizo aquel trabajo, a la agencia responsable e incluso al cliente, que fue eventual protagonista del afiche. Pero nadie recuerda a la Ejecutiva de Cuentas que logró su aprobación. Con cantidades equivalentes de humildad y devoción, este artículo pretende homenajearla.

Su nombre era María de las Minutas Ayerza. Su vocación de Ejecutiva de Cuentas fue tan incomprendida como el resto de su carrera, en principio porque esa carrera no existía. Se sabe que nació en el Oeste del Gran Buenos Aires (en la zona que, en su honor, hoy se conoce como Parque Ayerza, en Castelar) a fines del siglo XIX; sus padres pertenecían a la aristocracia porteña, por lo que María fue educada por institutrices que le enseñaron inglés, costura, algo de cocina y no mucho más. Tan rígida fue su educación que las clases de cocina, por ejemplo, no incluían alimentos que sus instructoras señalaban como “pecaminosos”; recién muchos años después María habría de descubrir los pepinos, las berenjenas, las zanahorias y las bananas. Su pretensión de aprender francés también le fue negada: la profesora de idiomas lo consideraba “el lenguaje del demonio”. María de las Minutas comprobaría la veracidad de esta afirmación al conocer luego a Lucien Mauzan.

Pero no nos adelantemos. La historia narra que María mostró desde pequeña su capacidad para la mediación, fundamental para la tarea del Ejecutivo de Cuentas. Se dice que cuando su hermano menor enchastraba las paredes de la casona familiar con dibujos y pinturas realizados con lápices, óleos, tierra y hasta fluidos corporales, era ella quien explicaba el enchastre a sus padres e intentaba convencerlos sobre su valor artístico; cuando estos exigían cambios en las obras (o, con más frecuencia, la destrucción de las mismas y un cruel castigo corporal para el autor) era María quien se lo comunicaba a su hermano durante lo que ella denominaba una “devolución”, inspirada en la tarea del pequeño, que solía devolver la comida de manera violenta y utilizar el material para nuevas intervenciones artísticas.

Ya en el colegio bilingüe de señoritas “Virgins of the Prairie”, la incipiente Ejecutiva de Cuentas se encargaba de retirar los exámenes de manos de las profesoras y repartirlos entre sus compañeras; cada entrega de un examen incluía una breve nota escrita por María en la que interpretaba la calificación de la profesora y proponía los siguientes pasos a seguir por la alumna, con muy precisas fechas de entrega. Sus compañeras no la querían porque consideraban que María siempre adoptaba la posición de las profesoras; estas tampoco la querían porque María no siempre estaba de acuerdo con las calificaciones y a veces se negaba a entregar las notas más bajas. Pese a estos inconvenientes María persistió en su tarea, que había iniciado sin que nadie se lo pidiera, y así llegó a concluir el colegio. Mientras casi todas sus compañeras ya habían decidido su vocación (que, en general, consistía en casarse lo más rápido posible) María no sabía qué iba a hacer a continuación. Sí sabía que le interesaba la publicidad: era lo único que leía de los diarios de la época.

Eso llevó a su padre a gestionarle un trabajo en el incipiente rubro. El doctor Ayerza poseía gran influencia en los círculos más elevados de la sociedad porteña de 1923, y se contactó con los fundadores de la agencia Exitus, Pablo Weber y Luis J. Mollá -abuelo de Joaquín y José Mollá, actuales responsables de la agencia La Comunidad. La influencia de Ayerza había sido construida en base al intercambio de favores; en el caso de Exitus, el favor que les hizo Ayerza fue no hacerlos arrestar y torturar por la policía bajo el cargo de “Utilización Impropia del Latín” (pena creada por Yrigoyen, aplicable en este caso porque “exitus” significa “salida” y no “éxito” como probablemente pensaban sus dueños). Weber y Mollá aceptaron a regañadientes el ingreso de María en la agencia, pero no le dieron ningún encargo importante; no era usual encontrar mujeres que trabajaran en aquel entonces y, por otra parte, la muchacha estaba recién aprendiendo la profesión. De todos modos, comenzó a destacarse en lo que, hasta ese momento, resultaba inédito: la confección de informes luego de cada reunión. María era minuciosa, exhaustiva y específica; nada de lo que sucedía en la reunión quedaba afuera del informe (como ya habrán adivinado, esos informes se llaman hoy “minutas” en su honor; hay quien sostiene que María también inventó las comidas rápidas disponibles en un restaurante, de lo que no hay evidencia alguna).

En 1925, esta capacidad llevó a los dueños de la agencia a ponerla a trabajar en su cuenta más difícil: Geniol. El dueño del laboratorio que fabricaba aspirina con ese nombre era el farmacéutico Suárez Zabala, y ya le habían sido presentados varios diseños, obra de los creativos que la agencia había importado: el francés Lucien Achille Mauzan y el italiano Gino Boccasile. El farmacéutico había rechazado todos los bocetos y Mauzan estaba furioso; fue en aquel momento que María de las Minutas Ayerza se incorporó a la cuenta. Sus dificultades con el francés quedaron en evidencia cuando Mauzan le explicó a los gritos la resistencia del cliente: María solo entendió la palabra “merde”, repetida en varias oportunidades durante la parrafada del diseñador. Este, harto, realizó una caricatura de Suárez Zabala y le llenó la cabeza de alfileres, clavos y tornillos; a último momento, no satisfecho aún, le agregó una prensa en la oreja. La incipiente Ejecutiva de Cuentas se negó a mostrarle la creación al cliente, pero debió hacerlo de todos modos cuando Mauzan amenazó con dibujarla en un burdel.

María se sorprendió mucho cuando a Suárez Zabala le encantó el trabajo. Solo exigió algunas correcciones, a las que se refirió como “cambios”, término que todavía se utiliza en la actualidad. Entre esos cambios, solicitó que alguien le cortara parte de los clavos a su cabeza, como símbolo del alivio producido por Geniol. María le hizo notar que, de ser así, las puntas de los clavos quedarían adentro de la cabeza; no hubo caso: el farmacéutico se emperró en esa imagen y así quedó.

La última discusión fue sobre el texto del aviso. La agencia tenía el comienzo, hoy famoso: “Venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza…” y Suárez Zabala propuso este final: “… cualquier dolor de cabeza se corta con un Geniol.” Mauzan, por su lado y pese a su deficiente español, se las ingenió para redactar este texto:

“Venga del aire o del sol / del vino o de la cerveza / aprobame alguna pieza / la puta que te parió”

Otra vez tuvo que intervenir la paciencia y poder de convicción de María para que este texto de Mauzan, muy festejado en la agencia, no saliera impreso y sí lo hiciera, en cambio, el del cliente, bastante más moderado y con la ventaja de que nombraba el producto.

Esta es la verdadera historia de este trabajo fundacional de la publicidad argentina. Y a partir de ahora, esta historia incluye a María de las Minutas Ayerza, pionera imprescindible de la Ejecución de Cuentas.

Anuncios

Los libros más grandes del mundo

Image

En el centro de Kansas City, Estados Unidos, se levanta lo que se conoce como “The Community Bookshelf”, algo así como “La Estantería de Libros de la Comunidad”. Ocupa toda una pared del estacionamiento de la Biblioteca Central de la ciudad; los lomos de los libros miden aproximadamente 3 metros de ancho por 8 metros de alto. Son 22 títulos que fueron sugeridos por lectores locales y luego seleccionados por The Kansas City Public Library Board of Trustees. La selección se completó en marzo de 2004 y la estantería más tarde ese mismo año. Los primeros dos libros son historias de Kansas City, Volumen 1 y Volumen 2. Los demás libros son estos:

• “Catch-22”, de Joseph Heller

• “Children’s Stories” (entre ellas, “Winnie the Pooh”, “Little House on the Prairie” y “The Wonderful Wizard of Oz”)

• “Silent Spring”, de Rachel Carson

• “O Pioneers!”, de Willa Cather

• “Cien Años de Soledad” (así, en español), de Gabriel García Márquez

• “Their Eyes Were Watching God”, de Zora Neale Hurston

• “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury

• “The Republic”, de Platón

• “Adventures of Huckleberry Finn”, de Mark Twain

• “Tao Te Ching”, de Lao Tzu

• “The Collected Poems of Langston Hughes”

• “Black Elk Speaks: Being the Life Story of a Holy Man of the Oglala Sioux”, de Black Elk

• “Invisible Man”, de Ralph Ellison

• “To Kill a Mockingbird”, de Harper Lee

• “Journals of the Expedition”, de Lewis and Clark

• “Undaunted Courage: Meriwether Lewis, Thomas Jefferson, and the Opening of the American West”, de Stephen Ambrose

• “The Lord of the Rings”, de J. R. R. Tolkien

• “A Tale of Two Cities”, de Charles Dickens

• “Charlotte’s Web”, de E.B. White

• “Romeo and Juliet”, de William Shakespeare

• “Truman”, de David G. McCullough

La gente de Kansas eligió estos libros, y es una elección bastanta equilibrada. Seguramente cada uno tiene una lista personal para armar su propia estantería. Yo ya estoy pensando la mía.

La guerra, la paz y las puertas del delirio

Image

Tengo la teoría de que la música que uno más ama es aquella con la que ha pasado su adolescencia. No es una teoría revolucionaria, por cierto, sino algo que casi todo el mundo siente. El problema es que en mi caso, esa música es el rock “sinfónico” (o “progresivo”) de los años 70, un género que no mucha gente aprecia y menos aún adora como yo lo hago. En su apogeo, en la Argentina también se la conocía como “música elaborada” para contrastarla con la música bailable, despreciada por quienes no íbamos mucho a bailar y, en consecuencia, perdíamos notables oportunidades para ponerla. No es el único tipo de música que me gusta, desde luego, pero sí es lo que aun hoy escucho con más frecuencia.

Entre los varios cultores de ese rock, tal vez ninguno sea más significativo que Yes. Una banda que ya lleva casi 50 años tocando y que ha sido y es calificada de solemne, ampulosa y pretenciosa; estas calificaciones tienen bastante de verdad. El grupo empezó con un par de discos de canciones en el sentido más tradicional del término: temas de entre 3 y 5 minutos con estrofas y estribillo; “radio-friendly”, en suma. Pero a partir de “The Yes Album”, empiezan a alargar algunas de las canciones hasta los 8 o 9 minutos. La tendencia se profundiza en “Fragile”, para muchos su mejor álbum; el disco siguiente, “Close to the Edge”, incluía solo tres canciones; una de ellas, la que da título al álbum, ocupaba todo el lado A -para los que no saben qué es un lado A, digamos que el tema duraba casi 19 minutos. El siguiente disco de Yes fue un triple en vivo, “Yessongs”; después sacaron su obra más ambiciosa, que también resultó ser la más criticada: el doble conceptual “Tales From Topographic Oceans”, en el que había solo cuatro canciones de 20 minutos cada una. Claramente se habían ido a la mierda. (A mí, algunos momentos de ese disco me gustan. Qué se le va a hacer.) Para ese entonces el baterista Bill Bruford ya se había ido a King Crimson y había sido reemplazado por Alan White; después de “Tales…” se produce otro cambio en la formación: se va el tecladista Rick Wakeman y entra en su lugar Patrick Moraz. Los restantes miembros de Yes seguían siendo Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarras) y Chris Squire (bajo); con esta formación grabaron su siguiente disco, el extraordinario “Relayer”, en 1974.

Los fans más estrictos opinan que “Relayer” es un disco de transición entre el primer Yes y el que vino después, que dejó de hacer canciones de 20 minutos (al menos por unos años). Además, Wakeman volvió después de este álbum por lo que “Relayer” es el único que la banda grabó con Moraz. ¿Por qué me parece tan extraordinario el disco? Porque todo el lado A lo ocupa “The Gates of Delirium”, o “Las Puertas del Delirio”, para mí la obra más genial e interesante de la banda.

Decir que es una canción es un poco absurdo: dura casi 22 minutos. Está basada en “La Guerra y La Paz” de Tolstoi y cuenta la historia de la sublevación de un pueblo anónimo, la guerra que se desata a partir de ello, y la consiguiente “paz” final, que es una especie de plegaria de esperanza. Los primeros 8 minutos narran cómo un pueblo se levanta en armas: la letra y la música van adquiriendo una furia cada vez más sanguinaria, con frases como “kill them, burn their children’s laughter” hasta que explota la batalla, simbolizada por otros 8 minutos de violenta música instrumental liderada por la lacerante guitarra de Howe. Es en este segmento cuando una serie de efectos de sonido y percusión invade la música; el baterista Alan White cuenta que él y Anderson iban juntos al estudio y siempre pasaban por un depósito de chatarra, donde compraban fierros viejos con los cuales crear sonidos. Fueron guardando esos fierros en una estantería del estudio hasta que un día White la empujó y la tiró al suelo en medio de la grabación: el ruido de la caída aparece en medio de la batalla (minuto 10:43, casi exactamente la mitad de la obra). La tercera parte de la canción es una de las melodías más bellas de Yes y comienza más o menos a los 16 minutos; en 1975 se editó como simple bajo el nombre “Soon”: esta sección representa los momentos posteriores a la batalla.

“The Gates of Delirium” se convirtió a partir de entonces en uno de los temas más interpretados por Yes en vivo, y si no lo hacían entero al menos tocaban “Soon”. Es particularmente buena la versión completa que aparece en el disco en vivo “Yesshows”, grabado durante la gira en la que tocó Patrick Moraz; inmediatamente después volvió Wakeman a la banda.

La escasa paciencia y el déficit de atención actuales hacen que encontrar a alguien dispuesto a escuchar “The Gates…” completo sea casi una utopía. Yo lo hago con mucha frecuencia. Más allá de las tonterías del rock sinfónico (que las tuvo, y muchas) creo que es una excelente muestra de una época en que el rock era más ambicioso, más experimental, más innovador. También era más excesivo, desde luego, pero si esos excesos conducían a una obra de arte tan única como “The Gates of Delirium”, vale la pena perdonarlos. Si nunca la escucharon, los invito a hacerlo. Les aseguro que no se van a arrepentir.

Ricardo Copello: el pequeño gigante de la redacción publicitaria

Image

Si algo distingue a la redacción publicitaria, es la abundancia de lugares comunes. Sin embargo, nadie se ha detenido a pensar que los lugares comunes no nacen como tales sino que, en el momento de su origen, conforman verdaderas innovaciones; es su adopción y uso por parte de mucha gente lo que los convierte en clichés. Este artículo pretende ser una semblanza del hombre que creó muchas de esas innovaciones que hoy son moneda corriente en la publicidad. Ese hombre, desde luego, es Ricardo Copello.

Calificarlo de “genio” es hacerle solo un atisbo de justicia, ya que Copello prácticamente estableció la redacción publicitaria como la conocemos en la actualidad. Un dato basta para confirmarlo: su escasa estatura (según él, llegaba a medir 1,40 m “en días de mucha humedad”) le valió desde temprana edad el apodo de “Copy”, diminutivo de su apellido, y palabra que aún hoy define tanto al texto como a quien lo produce. La carrera de Copello es demasiado extensa como para consignarla en este espacio. Digamos solo que pasó por las principales agencias de la Argentina, de las que solía ser despedido de manera terminante debido a su irreductible fanatismo por el idioma en general y por lo que él escribía en particular. En efecto, Copello no aceptaba cambios en sus textos ya que, como él mismo sostenía haciendo gala de su florido lenguaje, “el cliente no sabe un carajo”. Convengamos en que, si bien su actitud no era muy constructiva, el hombre contaba con suficientes pergaminos como para discutir estas cuestiones con autoridad. A continuación, algunos de los momentos más extraordinarios de la carrera de Copello, y su continua influencia en nuestros días.

1.

Se sabe que en publicidad no hay palabra más utilizada que “disfrutar”. Todo se disfruta: viajes, autos, mermeladas, descuentos, televisores, detergentes, toallitas íntimas. Fue Copello quien impuso el verbo; hasta su intervención, el término que más se aplicaba era su único sinónimo: gozar. Así, no importaba aquello que la publicidad vendiera, todo era para “gozar”. Esto produjo no pocos equívocos y expresiones de doble sentido, algunas veces intencionadas, otras no: “Siéntese acá y goce durante 12 horas” (para una aerolínea); “Si lo revuelve, goza más” (para un flan); “Aunque la cabeza lo haga sufrir, usted puede gozar” (para un analgésico), etc. En una recordada reunión con un cliente, Copello sostuvo que “gozar es ponerla”. La Brand Manager se escandalizó por lo chabacano de la expresión y, al mismo tiempo, negó la teoría del redactor; Copello, entonces, demostró la validez de su afirmación con una simple pregunta:

– ¿Quiere gozar un rato conmigo, Liliana?

La bofetada que recibió el redactor (consignada minuciosamente en la minuta de la reunión) fue el precio que pagó por confirmar su hipótesis. “Gozar” no se volvió a utilizar en la redacción publicitaria, aunque sí en otro contexto, y en particular por Liliana.

2.

No muchos recuerdan que en los albores de Internet los emails, banners y websites invitaban al usuario a cliquear mediante esta apelación: “Mueva el cursor hasta esta exacta ubicación y luego presione el botón del ratón con determinación y firmeza”. Copello decidió que era más sencillo usar la expresión “Clic aquí” y así lo expuso en una reunión con un cliente muy particular: un millonario ugandés que, generoso, deseaba donar la mitad de su fortuna a quien le enviara sus datos bancarios por email. La frase no le parecía lo suficientemente clara al cliente, pero aceptó el consejo del redactor. Hizo bien: aun hoy, millones de usuarios le contestan los mails, atraídos por los posibles millones y la expresiva síntesis de Copello.

3.

En la actualidad casi toda comunicación publicitaria usa la palabra “beneficios” o, en su defecto, “ventajas”. Suena difícil de creer, pero esto no siempre fue así. ¿Y quién impuso estos vocablos para siempre? Ricardo Copello, por supuesto. Antes de su fulminante intervención, los avisos recurrían a la tosca fórmula de referirse a lo que ofrecían como “cosas”. Así, las comunicaciones cerraban con frases como “Tenemos muchas cosas para vos”, o “Gozá con esta cosa” (Copello todavía no había impuesto la palabra “disfrutar”, lo que empeoraba la situación). De este modo, “cosa” se utilizaba para definir todo aquello que los productos o servicios proporcionaran. La adquisición de un seguro de vida brindaba “una amplia gama de cosas”; beber determinada leche significaba “una serie de cosas para la salud”. La lista de “cosas” terminaba invariablemente con la frase “… y muchas más cosas”. Copello se rebeló ante la falta de imaginación y elegancia de este sistema. Y propuso el uso de la palabra “beneficios” durante una recordada charla que brindó en el ya extinto Festival de Marketing Directo Juan Muestra. También agregó el término “ventajas” como opción aunque, aclaró, no significan lo mismo. Muchos recuerdan este fragmento de su charla, que Copello ilustró con una foto de una familia sonriente, extraída de un banco de imágenes: “Vean qué bien suena la frase ‘… y una amplia gama de beneficios’ como cierre de un texto. Piel de gallina.”

4.

Este aporte de Copello tiene un origen curioso. Según parece, en la agencia donde el redactor trabajaba en aquel entonces se presentó un señor muy anciano reclamando el premio de una promoción que se había llevado a cabo durante la Revolución del Parque, es decir, 65 años antes. El premio reclamado era una botella de ginebra ofrecida por la marca “La Gauchita”, que premiaba a quienes pudieran tomar del pico por más tiempo. Nadie en la agencia sabía de qué hablaba el anciano, pero alguno creía recordar que hacía muchos años se había trabajado para esa marca, que ya no existía. El viejo, indignado, blandía el amarillento aviso donde prometían el premio, hasta que lo conformaron con una hesperidina comprada a la vuelta. Copello se quedó pensando en el episodio y, días después, propuso una solución para evitar estos inconvenientes: agregar en toda promoción una fecha de vencimiento. Incluso se le ocurrió una frase terminante para aplicar la idea: “Promoción válida entre tal y tal fechas en la República Argentina excepto la Provincia de Córdoba”. Nadie entendió la razón para exceptuar a Córdoba, y Copello nunca lo explicó; hoy sabemos que se acababa de pelear con una novia oriunda de Río Cuarto, y su resentimiento lo llevó a negarle a la chica toda posibilidad de ganar algo en un concurso. La fórmula de exceptuar a Córdoba se sigue usando, inexplicablemente, en nuestros días.

5.

Si algo falta para que todos estén de acuerdo en que Copello fue el gran pionero de la redacción publicitaria, es recordar que fue él quien comenzó a escribir titulares dirigidos a una sola persona. En los albores de la publicidad, los mensajes estaban escritos en la segunda del plural: “Beban esto”, “Coman esto otro”, “Gocen esta amplia gama de cosas”. Algunos redactores academicistas llegaban a aplicar la forma más usada en España, la del “vosotros”, con lo que el típico mensaje era “Consumid y gozad”. Ante la consulta de Copello sobre la razón para este tratamiento, un cliente le contestó que se trataba de lógica pura: “Si le hablamos a más gente, más gente nos va a comprar”. El redactor no estuvo de acuerdo ya que, según él, el plural era más adecuado para discursos políticos. Para demostrar su teoría, se subió a un escritorio y gritó: “¡Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música, que para mí es la voz de ese de campera azul que está meando al costado del Cabildo!” El cliente se convenció –era peronista- y sus avisos comenzaron a dirigirse a una sola persona.

El papel de Ricardo Copello en el establecimiento de la redacción publicitaria tal como la conocemos, espera aún una mayor reivindicación. Que este modesto aporte sirva para comenzar a rescatar su egregia figura.

Blade Runner y la cuestión con Ridley Scott

Image

Existen muchas historias sobre cómo Hollywood –así, en general- ha mutilado, editado, modificado o estupidizado películas (o al menos ha intentado hacerlo) en contra de los deseos artísticos de sus directores. Con razón o no, estas historias están protagonizadas por víctimas tanto añejas como actuales: Orson Welles, Terry Gilliam, Coppola, Spielberg, Peter Jackson, Zemeckis, Guillermo del Toro y muchos otros. Uno de los casos más famosos es el de la extraordinaria “Blade Runner”, dirigida por Ridley Scott en 1982.

Mucho se ha hablado y escrito sobre esto: cómo los malvados del estudio arruinaron la película al agregar la voz en off de Harrison Ford, colorear algún cielo tenebroso y hacer el final más optimista. Se dice que Ford no quería hacer la voz en off pero su contrato lo obligaba; y que, por esa razón, hizo la narración a desgano. No sé si esta historia es real, pero conociendo el carácter podrido del actor tampoco suena tan absurda. Todas las opiniones sobre este tema coinciden en que el corte del director es muy superior. Que hace la película más oscura y ominosa, que no hace al protagonista explicar todo, que deja el final más abierto, etc. A mí me parece que no es así y lo sostengo con la humildad que me caracteriza: creo que la versión original es mucho mejor. La voz en off le da un carácter de cine negro muy apropiado, sobre todo por la mezcla de este género con el de la ciencia ficción, y además los textos que dice Ford en off están muy bien: no explican la trama para idiotas, sino que agregan y subrayan; las frases de Deckard al final, cuando muere Roy Batty, son conmovedoras (“I don’t know why he saved my life…”). El final de la película también me gusta mucho más: resulta adecuado y optimista, lo que no está mal, aunque por algún motivo hay mucha gente que considera que una película con final amargo es más valiente. Ridículo. Y la verdad es que el supuesto colorido agregado al cielo en algunas partes del filme carece de relevancia.

La otra gran discusión sobre “Blade Runner” es si Deckard, el personaje de Ford, es o no un replicante, es decir uno de los robots creados por los humanos para trabajar en las colonias. He visto esta película decenas de veces y jamás se me ocurrió pensar que Deckard era replicante; tampoco me importó: no considero que sea tan fundamental para la historia. A Ridley Scott sí le parece importante: ha declarado que todo aquel que no se haya dado cuenta de que Deckard es un replicante, es un tarado (“moron” fue el insulto elegido por Scott). Mi opinión es que el tema de la película es otro, y que se repite en muchas de las obras de este director: la introducción de un elemento ajeno y perturbador en un sistema supuestamente organizado e infalible; elemento que, desde luego, debe ser eliminado de manera tajante. Ya en “Los Duelistas” la enemistad entre los dos oficiales amenazaba con interrumpir el curso “normal” de la guerra; en “Alien” el tema está muy claro; lo mismo pasa en “Thelma & Louise”, “Gladiador”, “Black Rain”, “Someone to Watch Over Me” y varias otras, incluyendo la muy reprochable “1492”. En “Blade Runner”, ese elemento ajeno (paradójicamente, creado por el sistema) son los replicantes; la misión de Deckard es eliminarlos aunque no esté de acuerdo. Y lo hace porque es su misión, más allá de que él mismo sea o no un replicante; el cumplimiento de esa misión es también el final de su carrera –otro tema que se repite en la filmografía de Scott.

Este post lleva por título una supuesta cuestión con Ridley Scott. ¿Cuál es? Que para mí, considerarlo como un gran director es una confusión de alcance global. El hombre hizo algunas películas excepcionales, particularmente las tres primeras de su carrera: las ya mencionadas “Los Duelistas”, “Alien” y “Blade Runner”. La verdad es que después de esas tres, se podría haber retirado con tranquilidad. Pero no: testarudo, siguió filmando y salvo una o dos películas el resto de su obra es poco más que caca de paloma.

Ah, ¿no me creen? Revisen su filmografía completa: incluye “Robin Hood”, “1492”, “Black Hawk Down”, “Legend”, “G.I. Jane”, “Kingdom of Heaven”, “White Squall”, “A Good Year”, en fin… Demasiados fails para mi gusto. También hizo algunas películas interesantes: “Thelma & Louise”, “Hannibal”, “Black Rain”. Ninguna de estas tres alcanza el nivel de aquellas primeras obras. (Hay algunas de las que me han hablado bien pero no he visto hasta ahora, como “American Gangster”). Tal vez hayan notado que no mencioné “Gladiator” en la lista de buenas películas y tampoco en la lista de malas; sucede que a mí no me gustó pero hay millones de personas que la adoran, por lo que sospecho que el equivocado soy yo.

A pesar de todo esto, quiero ver “Prometheus” (no, aún no la vi), sobre todo por su supuesto carácter de precuela de “Alien”. Gente cuyo criterio respeto ya la vio y no me habló bien de ella. Veremos si forma parte de la lista buena o la mala, que es mucho más extensa. Esa es la cuestión con Ridley Scott.

Dos pases seguidos, por favor

Image

Hace ya un par de años, se conoció un comercial de una muy conocida marca de ropa deportiva, en el que se muestra un “boot camp”, esto es, una especie de campamento de entrenamiento, para aspirantes a jugadores de fútbol. En el comercial, estos muchachos son mandoneados y zamarreados al estilo de los Marines yanquis, y hasta se los cachetea. Son escenas más propias de la película “Full Metal Jacket” que de un entrenamiento de fútbol. El propósito declarado es que logren lo que esta marca considera imprescindible para jugar a la pelota: fuerza, velocidad, resistencia; en definitiva, lo que vulgarmente se denomina “huevos”. Esta iniciativa fue parte de una campaña global que en la Argentina incluyó uno de estos boot camps con jugadores de aquí.

No es la única marca que encara el fútbol de esta manera (recordar la premiada campaña de una bebida sin alcohol, que mostraba una serie de jugadores tramposos, sucios y fanfarrones). Y esto se debe a que, en realidad, esta es la idea del fútbol que se tiene hoy. Una idea a todas luces equivocada: a nadie se le cruza siquiera por la cabeza que a lo mejor la capacidad de gambetear es más necesaria que la fuerza para propinar una murra. Los ejemplos sobran. En este boot camp local estuvo Fabián Assman, uno de los arqueros de Independiente; y el tipo declaró luego que la pretemporada que hizo el club fue muy positiva en lo físico, y que por eso les iba a ir mejor en el nuevo torneo. Como todos saben, Independiente (equipo del que soy sufrido hincha) se fue al descenso. Ni Assman –ni nadie más, parece- reparó en que el mayor problema de Independiente no era físico, sino la notoria incapacidad de sus jugadores para pasarle la pelota a otro tipo con la misma camiseta.

Me temo que ya es tarde para cambiar este triste enfoque “físico” del fútbol. De hecho, los hinchas han contribuido lo suyo. Antes, para insultar a un jugador se le gritaba (no sin cierta ingenuidad) “burro”, “maleta” o “patadura”. Es decir, se ridiculizaba su torpeza para jugar a la pelota. Hoy, en cambio, se grita “pecho frío” o “cagón” y se exige una mayor disposición a “poner huevos”. Tal vez la progresiva pérdida de la caballerosidad deportiva tenga que ver con esto. En estos tiempos aciagos, los goles de penal y los goles en contra se festejan como si se hubiera obtenido un campeonato, tanto por los jugadores como por los hinchas; cuando yo iba a la cancha, el jugador que convertía un penal simplemente se daba vuelta y volvía despacito, a lo sumo recibiendo un par de palmadas en el camino. Mientras, los hinchas aplaudían tímidamente. Y si el gol era en contra, ni palmadas había.

Por todo esto, no puede sorprender a nadie el horrible fútbol que se juega hoy en la Argentina, con algunas pocas y honrosas excepciones. Fútbol horrible y que, sin embargo, sigo mirando como un imbécil todos los días.