Matar un gorrión

Todos vienen a matar gorriones

Hay una famosa novela escrita por la norteamericana Harper Lee, que se llama “Matar un ruiseñor”. Es lógico suponer que si ese libro lo hubiera escrito Mao Zedong (o Mao Tse-Tung, ambas formas son válidas) el pájaro amenazado de muerte habría sido un gorrión. Porque el líder chino llevó a cabo una sangrienta y desatinada campaña contra estos pájaros, y esa campaña provocó una tragedia espantosa.

En la década de los 50, la China se encontraba en medio del llamado “Gran Salto Adelante”, un esfuerzo por convertir una nación principalmente agrícola en una potencia industrial. Las reformas alcanzaron a todos y cada uno de los aspectos de la vida china, y la fauna no fue la excepción. Mao y sus asesores llegaron a la conclusión de que, para reinventar la agricultura del país, debían encarar el exterminio de lo que llamaron “Las Cuatro Plagas”, esto es, mosquitos, moscas, ratas y gorriones. Parecía una buena idea, y el líder decidió no escuchar a algunos de sus colaboradores que alertaban sobre la inconveniencia de meterse con el ecosistema. Mao decía que la naturaleza no tenía ningún valor en sí misma, sino que su único propósito era ser explotada por el hombre para la producción.

Los ciudadanos chinos fueron convocados para combatir a las cuatro plagas, pero una de ellas resultaba especialmente molesta para el gobierno: los gorriones. Estos pájaros tenían la particular predilección de comer granos. Los científicos habían calculado que cada gorrión comía cuatro kilos y medio de granos por año, y que por cada gorrión que mataran, iba a haber comida para 60.000 personas más. Como parte de la guerra contra las cuatro plagas, entonces, se lanzó la Gran Campaña del Gorrión. La estrategia consistía en no permitirles aterrizar; de este modo, los gorriones caerían exhaustos luego de ser forzados a volar sin interrupción. El método fue salir a la calle golpeando tambores, sartenes y cacerolas para aterrorizar a los pájaros e impedirles el descenso. Los chinos, además, destruyeron los nidos, rompieron los huevos (en más de un sentido), mataron a los pichones y les dispararon a los gorriones en vuelo. Se estima que, como consecuencia de la campaña, murieron cientos de millones de aves. Un diario de Shanghai describió así el momento:

“Banderas rojas flamean en toda la ciudad. En los edificios, en las plazas, calles y caminos rurales, hay estudiantes, empleados estatales, obreros, granjeros y el Ejército de Liberación del Pueblo gritando sus proclamas de guerra. En el distrito de Xincheng se fabricaron en una noche más de 80.000 espantapájaros y más de 100.000 banderas de vivos colores. Los jóvenes atacan y envenenan a los gorriones, mientras los ancianos y los niños montan guardia. El equipo de tiro de la Escuela de Señoritas Nanyang ha sido entrenado para matar pájaros en vuelo. Los ciudadanos se embarcaron en una guerra total contra los gorriones.”

Como se ve, la retórica orwelliana era parte fundamental de la iniciativa, acompañada por anuncios como el que ilustra este post, titulado “Todos vienen a matar gorriones”. Con la campaña, en definitiva, los chinos casi lograron la extinción total del gorrión. Y ahí fue cuando comenzó el verdadero problema. Porque luego de esta guerra, en abril de 1960, los líderes chinos se dieron cuenta de que los gorriones no solo comían granos: también comían insectos. Muchos, muchos insectos. Sin los gorriones, los cultivos comenzaron a ser diezmados de manera brutal. Las cosechas de ese año fueron desastrosamente bajas, en particular, y nada menos, las de arroz. La Academia China de Ciencias aconsejó a Mao detener de inmediato la campaña; en otro giro con reminiscencias orwellianas, la nueva versión de Las Cuatro Plagas ya no incluyó a los gorriones: habían sido reemplazados por las chinches. Demasiado tarde, porque la situación empeoró, y mucho. Ante la ausencia de gorriones, aparecieron langostas que, sin oposición, procedieron a devastar los campos. Desesperado, el gobierno chino empezó a importar gorriones de la Unión Soviética. La enorme cantidad de insectos, sumada a la deforestación y al demencial uso de veneno y pesticidas, provocaron lo que se conoció como la Gran Hambruna China, que sucedió entre 1958 y 1961, y que causó la muerte por inanición de alrededor de 30 millones de personas.

Según algunos expertos, no parece que los chinos hayan aprendido la lección. En 2004, la China sacrificó 10.000 gatos de algalia (un mamífero asiático parecido a un gato pero de un metro de largo) para erradicar el SARS. Y también lanzaron una “campaña patriótica de exterminio” apuntada a tejones, mapaches, ratas y cucarachas, las nuevas cuatro plagas. Ojalá esta vez les vaya mejor.

(Fuentes: io9.com, Wikipedia. Imagen: chineseposters.net)

Labios, penes y calaveras

Tapa Brain Salad Surgery

Cuando se habla de los “excesos” del rock progresivo o sinfónico, el primer nombre que surge como prueba irrefutable es el de Emerson, Lake & Palmer. Este trío, formado por el tecladista Keith Emerson, el bajista/guitarrista/cantante Greg Lake y el baterista Carl Palmer, grabó casi toda su obra en la década de 1970; esa obra se fue haciendo cada vez más ambiciosa, solemne y pretenciosa hasta que el público, no sin una gran dosis de sensatez, dejó de prestarle atención. Sin embargo, sus primeros cinco discos siguen estando entre lo mejor del género. Como sucede con los fanáticos, cada uno tiene su álbum preferido del grupo. Muchos eligen “Tarkus”, el segundo disco de la banda, que apareció en 1971. En mi caso se trata de “Brain Salad Surgery”, su quinto álbum, editado en 1973. Y no solo por la música, que incluye la suite “Karn Evil 9” y la famosa adaptación de la “Toccata” del argentino Alberto Ginastera, sino también por la tapa, creación del artista suizo H.R. Giger.

Giger estaba pasando, según él mismo afirmó, “por su período más productivo y creativo como pintor”. Faltaban cinco años para su creación del monstruo en la película “Alien” (Ridley Scott, 1979) por lo que Giger era todavía casi un desconocido. Un artista underground, en suma. En ese momento recibió la noticia, de parte del promotor de Emerson, Lake & Palmer en Suiza, de que los músicos estaban interesados en encargarle la tapa de su próximo álbum. La banda estaba por tocar en Zurich y arreglaron para entrevistarse en el estudio del artista. Emerson recuerda su impresión al llegar: según él, las demenciales obras que vio le parecieron muy representativas de la música en la que estaban trabajando. El tecladista contó que el estudio no era más que una modesta casa pero al ingresar daba la sensación de estar en una catedral gótica. Giger no solo había pintado todas las paredes con aerógrafo, sino que las había decorado con sus esculturas. La más curiosa de ellas había sido adosada a un inodoro del que salían brazos con la clara intención de atrapar al que se sentaba. Otro elemento que Giger consideraba “decorativo” era una siniestra colección de máscaras de gas.

Emerson, excitado, convocó a Lake y a Palmer para que también visitaran el estudio de Giger. El bajista y el baterista no estaban demasiado convencidos, pero tenían que sacar el nuevo disco y no lograban definir la tapa, por lo que se pusieron de acuerdo en que dos de las obras de Giger, parte de un tríptico en el que estaba trabajando, resultaban muy adecuadas. Le informaron al artista que el álbum se iba a llamar “Whip Some Skull On Ya”, una extraña y medio intraducible frase cuyo verdadero significado era el acto de la felación. El suizo consideró que, para representar ese acto sexual, lo más lógico sería combinar labios, penes y calaveras. (Convengamos en que esta combinación solo le podía parecer lógica a alguien como Giger.) Otro artista gráfico que trabajaba con la banda había tenido la idea de que la tapa se abriera por el medio, como un portón, lo que luego les traería problemas cuando las disquerías dispusieron los álbumes en pilas.

Al contemplar el arte final de Giger, los músicos quedaron encantados. Pero le informaron al suizo que el nombre del disco había cambiado: ahora se llamaba “Brain Salad Surgery”, expresión tomada de una canción de Dr. John. Emerson recuerda que Giger casi se desmaya ante la noticia, que parecía un abrupto y radical cambio de brief, por lo que se apresuró a aclararle que el nuevo título también significaba “felación” (a esta altura, claramente una obsesión de los músicos); el diseño, entonces, seguía siendo apropiado. Sin embargo algo iba a tener que cambiar, ya que el artista había incluido un objeto inequívocamente fálico junto a la boca de una mujer cuya cara entera se veía recién al abrir el disco; con la tapa cerrada solo se veía la boca junto con una calavera y una serie de objetos mecánicos. Después de largas discusiones con la compañía discográfica, Giger accedió a “bajarle el tono” a ese objeto hasta convertirlo en poco más que una insinuación luminosa, que se ve con bastante claridad en la imagen del disco que acompaña este post. Parte de la impresión de la tapa se realizó en tintas metálicas, respondiendo al deseo del artista; pero en Suiza le encargaron el trabajo a una imprenta especializada en pornografía (!) por lo que, como aparentemente solían hacer en esa industria, le agregaron demasiado rojo. Giger se quejó luego de que la tapa había quedado impresa en “marrón bosta de vaca”.

Más allá de estos pequeños tropiezos, la relación entre el artista y los músicos siguió siendo excelente, y todos recordaron la experiencia de trabajar juntos como muy fluida y placentera. Sus respectivas narraciones sobre la colaboración aparecen en sus websites. Y el disco tuvo su edición “40º aniversario” hace poco. Buena excusa para escucharlo y, de paso, volver a admirar la tapa, en cierto modo creada por Giger antes de convertirse en Giger.

(Fuentes: wikipedia, musicradar.com, hrgiger.com)

Also Starring: IBM AN/FSQ-7

 

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Es la computadora más grande que se haya construido, y se supone que ese récord nunca será superado. La hizo IBM en 1954 y su nombre completo es IBM AN/FSQ-7. Esta computadora fue un componente clave en el sistema denominado SAGE (Semi Automatic Ground Environment), utilizado para rastrear e interceptar bombarderos enemigos –es decir, soviéticos– durante la Guerra Fría, a fines de los años 50 y todos los 60. El sistema completo pesaba alrededor de 6.000 toneladas y consistía en dos computadoras Whirlwind II instaladas en un edificio de cuatro pisos. La IBM AN/FSQ-7 soportaba más de 100 usuarios simultáneamente; IBM dedicaba 60 empleados para su mantenimiento, las 24 horas, todos los días.

Sin embargo, para cuando la computadora comenzó a funcionar ya era casi obsoleta, porque había sido diseñada para detectar bombarderos y no los modernos ICBM, Misiles Balísticos Intercontinentale). A pesar de esto, se mantuvo operativa hasta 1979, cuando se la reemplazó con el sistema ROCC (Regional Operations Control Centers) que usaba computadoras mucho más rápidas. Una de las estaciones SAGE continuó operando hasta 1983, y la última unidad fue donada al Boston Computing Museum.

En ese momento se inició la parte más interesante de la historia de la IBM AN/FSQ-7. Porque varios de los componentes de los sistemas en desuso se vendieron como chatarra, y fueron adquiridos por productoras de cine y televisión. Estas empresas necesitaban computadoras con aspecto “futurista” y el coloso creado por IBM les pareció ideal, pese a que había sido construido en la década del 50. Así fue como comenzó la carrera cinematográfica de la computadora, que aún sigue coprotagonizando películas y series.

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La presencia de secciones de la IBM AN/FSQ-7 se puede apreciar en las series “El túnel del tiempo” (foto de acá arriba), “Columbo”, “Lost”, “El Súper Agente 86”, “Ladrón sin destino”, “El Agente de CIPOL”, “Battlestar Galactica” y “Perdidos en el espacio”, entre otras. Si hablamos de películas, la lista es larga; estas son solo algunas: “Infierno en la torre”, “Viaje fantástico”, “Día de la independencia”, “Spaceballs”, “Airplane!” (foto de acá abajo), las últimas dos de Austin Powers (la computadora aparece en la guarida de Dr. Evil), “Juegos de guerra”, “Gremlins 2”, la indescriptible “KISS contra los fantasmas” y hasta dos de Woody Allen, “El dormilón” y “Todo lo que usted quería saber sobre el sexo, pero temía preguntar”.

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Como se ve, no todas las consecuencias de la Guerra Fría fueron nefastas. Un claro ejemplo es la segunda parte de la carrera de la IBM AN/FSQ-7, mucho más interesante que la primera.

Fuentes: old-computers.com, IMDb, starringthecomputer.com

Ballenas blancas

Moby Dick

La referencia del título es clara, y por eso la aclaro aún más: la ballena blanca Moby Dick es la obsesión del capitán Ahab en la clásica novela de Melville. Tanto que la expresión “ballena blanca” ha pasado a significar esa obsesión que se convierte en el objetivo principal en la vida de alguien, hasta el punto de casi destruirla o, como en el caso de Ahab, de destruirla redondamente.

Las ballenas blancas a las que me refiero aquí no son tan dramáticas ni metafísicas como en la novela, pero sí pueden constituir obsesiones: son esas ideas que todos los “creativos”, publicitarios o no, hemos tenido alguna vez y que no hemos podido concretar. Ideas que nos encantan, en cuyo éxito confiamos y que, estamos, seguros, nos habrán de granjear numerosos premios de esos que comentamos con desdén hasta que los ganamos. Si se trata de campañas publicitarias, lo más probable es que hayan sido presentadas en alguna oportunidad y durante una coqueta reunión. Todos conocemos la lista de posibles razones que esgrimen los crueles e insensibles clientes para no aprobar una campaña: carencia o exceso de audacia (alguna de las dos excusas siempre queda muy bien), insuficiencia presupuestaria, imposibilidad de lograr consenso por parte del Comité Regional Geolocalizado de Aprobaciones Comunicacionales, o cualquiera sea el nombre de la oficina de desaprobaciones con que cuenta toda marca global seria. No abundaremos en esta trillada cuestión, ideal para el chiste fácil: si la idea sigue siendo una ballena blanca es porque nunca se le ha dado el visto bueno y se acabó.

La virginidad de la campaña nos habilita a presentarla a algún otro cliente –en lo posible sin que lo sepa el cliente original, que no la aprobó pero se ofende igual. Aunque en realidad, si hablamos de ideas publicitarias nunca concretadas, en un mundo perfecto no debería ser posible usarla con otros clientes. Si una idea funciona para marcas diferentes (o peor aún, para marcas en diferentes rubros de negocio) no estaría siendo tan específica y apropiada para la marca para la cual se pensó; son esas campañas rechazadas y defenestradas con la excusa de que “comunican la categoría y no nuestro producto o servicio”. A mí no me parece que esto sea un obstáculo. La adaptación de una idea a la personalidad individual de cada marca no resulta una tarea tan complicada, al menos en la mayoría de los casos.

Un claro ejemplo de esto que confusamente afirmo es la que, tal vez, sea mi mayor ballena blanca de las varias que persigo por esos mares de manera obsesiva. Es la campaña “Culpable”, que ya he narrado a muchos de mis colegas, y que ya he presentado a varios clientes, siempre con el mismo resultado: profusos elogios a la idea, rotundas negativas a su implementación, y hasta el convencimiento, por parte de un cliente, de que yo estaba jodiendo y que no la estaba proponiendo en serio. La idea nació con una teoría disparatada de mi amigo Hugo Bevacqua. Él sostenía que en toda empresa debía haber un empleado que se desempeñara como una especie de Gerente de Culpabilidad, al que todos acusaran e insultaran ante cualquier inconveniente surgido en la compañía. Hugo decía que esta persona debía contar con una amplia y confortable oficina, con espacio para que el resto de los empleados descargara su ira mediante ampulosos ademanes y hasta rotura de objetos, y también con un generoso salario para compensar sus lógicos y extenuantes períodos de estrés. En la tarjeta de esta persona, exageraba Hugo, debía figurar su cargo con una sola e inexorable palabra: “Culpable”. Más aún, él recomendaba que este ejecutivo debía contar con un apellido listo para la rima fácil y grosera: Alderete, Tarija, Angulo, Saccomano.

Esta propuesta siempre me divirtió pero también me intrigó, hasta que descubrí la forma de aplicarla a una campaña, fatalmente B2B. Se trata de la creación de un falso gurú del management, cuya fama mundial se debe a la creación de la Teoría del Culpable, plasmada en el libro “My Fault! The Guilty Method in Modern Companies”. Este gurú tiene su propio sitio y perfiles de redes sociales (tan graciosos como los que efectivamente tienen estos gurúes), participa en programas de televisión, da conferencias, etc. Desde luego, la resolución de la campaña es una propuesta de trabajo serio a empresas en la que la marca detrás de la acción ofrece su conocimiento y profesionalismo en oposición a la moderna carrada de gurúes de impecable oratoria. La idea cuenta con más detalles y ejecuciones que no vienen al caso; como relaté hace un par de párrafos, varios colegas conocen la campaña, tanto que algunos llegaron a diseñar la tapa del libro y otros escribieron un par de capítulos.

No es esta mi única ballena blanca. Tengo varias más, como resultado de años y años de navegar, arpón en mano, enormes océanos de presentaciones infructuosas. Pero creo que con la descripción de este ambicioso cetáceo alcanza para ejemplificar el concepto.

¿Ustedes tienen ballenas blancas? Y si es así, ¿se animan a contarlas?