Kirchnerista de la primera hora

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“the bus” (así, en minúscula) es una tira del dibujante Paul Kirchner que se publicó en la revista norteamericana Heavy Metal entre 1979 y 1985. De allí la declaración que da título a este post; es lo que se conoce habitualmente como “clickbait”. No importa, sigamos.

Kirchner (este Kirchner) es un escritor y dibujante estadounidense que también trabaja en publicidad y diseño de juguetes. La premisa de la tira “the bus” era simple: un tipo de lo más común espera su ómnibus y, a partir de ahí, arrancan situaciones surrealistas, paradójicas, demenciales y casi siempre muy graciosas. La historieta siempre tenía entre 6 y 8 cuadros y no había diálogo aunque sí texto en forma de señales de tránsito. En 1987 se publicó una recopilación de las tiras pero desde entonces no se volvió a hacer; ahora sí, apareció una reedición que, según dicen incluye varias tiras inéditas.

El trabajo de Kirchner ha sido comparado con la obra de Dalí y hasta con la de Jorge Luis Borges. A mí siempre me ha recordado más a ciertas pinturas de Magritte. Comparto algunos ejemplos de esta desconocida gema de Paul Kirchner. Espero que les guste.

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Got Claim?

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En el ranking de las tareas que los creativos publicitarios consideran (consideramos) ingratas, uno de los primeros puestos lo ocupa la asistencia a un focus group. No sólo por el tedio que producen las sesiones, sino también, y tal vez de manera principal, por las críticas que la gente derrama impiadosamente sobre nuestras brillantes campañas. El único aspecto positivo de concurrir a una de estas cuestiones es la habitual presencia de comida. Esta breve historia no cambiará la percepción sobre los focus groups, pero es probable que ayude a aliviar un poco el desprecio que muchos sienten por ellos. Porque uno de los claims más célebres de la historia de la publicidad nació de una anotación hecha casualmente en un focus group.

El slogan es “Got Milk?”, y fue creado por la agencia Goodby Silverstein & Partners para el California Milk Processor Board. La razón para la campaña era que el consumo de leche en California llevaba veinte años en continuo descenso. Y lo primero que hicieron fue, claro, armar un focus group para saber qué pensaba y sentía la gente con respecto a la leche. El responsable de la frase fue Jeff Goodby. De acuerdo con él, en el focus group escuchó a una mujer afirmar que el único momento en que ella pensaba en la leche, era cuando se le terminaba. Goodby escribió “got milk?” en un pizarrón, y en ese instante decidió que podía ser un buen “tagline”. Más tarde, estuvieron a punto de descartar la frase porque en inglés es gramaticalmente incorrecta. Al final, y por suerte para ellos, la usaron en una infinidad de ejecuciones en las que aparecía alguien con un bigote de leche (casi siempre una celebridad; este post está ilustrado con una de ellas por la que siento un particular afecto). También según Goodby, el slogan “Got Milk?” se convirtió en el más recordado de la historia de la categoría bebidas, superando a los de las cervezas y gaseosas, usados por marcas de mucho mayor presupuesto. Y, dato no menor, el consumo de leche en California dejó de bajar, se mantuvo estable y hasta tuvo incrementos ocasionales.

Por todo esto, más bien conviene estar atentos en los focus groups. Después de todo, nunca se sabe de dónde puede venir la inspiración.

(Fuentes: Highsnobiety.com, Adweek.com)

“Station Eleven”: Sobrevivir no es suficiente

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Acabo de terminar la lectura de la novela “Station Eleven”, de la canadiense Emily St. John Mandel, y escribo esto con la urgente necesidad de recomendarla. El título se traduce como “Estación Once” pero nada tiene que ver con la estación terminal del Ferrocarril Sarmiento argentino, aunque gran parte de la historia tenga lugar en un ambiente postapocalíptico no muy diferente del que se observa a diario en ese tren.

Sostener que esta novela es una más del género apocalíptico tan de moda (incluyendo sus variantes con zombies, aliens, bombas atómicas, asteroides, etc.) no le hace justicia. El libro tiene una estructura compleja que intercala secuencias que narran el antes, el durante y el después de una epidemia denominada “Georgia Flu”, la Gripe de Georgia –el país, no el estado sureño de los Estados Unidos. Las primeras páginas describen una puesta de “El rey Lear”, la obra de Shakespeare, en un teatro de Toronto, Canadá. Su protagonista es Arthur Leander, otrora gran estrella de Hollywood y en ese momento, con 50 años, dispuesto a dedicarse a las tablas aunque aún muy famoso, menos por sus éxitos profesionales que por sus insistentemente fracasados matrimonios.

Apenas comenzada la representación de “Lear” de esa noche, Leander muere de un ataque cardíaco. Un espectador salta al escenario para intentar ayudarlo. Una nena que es parte del reparto –la puesta es muy audaz, por eso incluye chicos que en la obra original no están– ve morir al actor, del que se había hecho amiga. La encargada de cuidar a los niños es testigo de los vanos intentos por resucitar a Leander. Todos estos personajes, y varios más, irán apareciendo a lo largo de la novela en diferentes situaciones que tienen que ver con la epidemia. Porque sucede que esa misma noche llega a Toronto la Gripe de Georgia. Ese primer capítulo termina con una página (UNA PÁGINA) tremenda, sobrecogedora, en la que la narradora enumera todo lo que ya no será igual. Tanto, que los sobrevivientes calculan que la epidemia ha matado al 99% de la población mundial.

Entre aquellos que sobreviven, están los integrantes de la autodenominada Travelling Symphony, la “Sinfonía Ambulante”, un grupo de artistas que recorre las ruinas de la civilización humana ofreciendo representaciones teatrales (Shakespeare, de nuevo) y musicales (Beethoven, Mozart, etc.). Kirsten, una de las artistas, se comporta según una frase extraída de, nada menos, Star Trek: “Sobrevivir es insuficiente”. Por eso la elección del arte como casi el único alivio contra la desolación. La novela va todo el tiempo hacia adelante y hacia atrás, relatando la previa de la catástrofe, las actitudes de diferentes personas ante ella, y diversos momentos posteriores: unos días después de la epidemia, un año, cinco años, diez, veinte. La narración describe momentos como el establecimiento de una colonia en un pequeño aeropuerto, la instalación del Museo de la Civilización, las pretensiones mesiánicas de algunos, y un largo etcétera. Estos saltos temporales y de protagonista no desbaratan el hilo de la historia sino que, maravillosamente, la hacen sólida y apasionante.

No me quiero extender sobre lo que sucede, aunque tampoco se trata de una de esas obras a las que un “spoiler” pueda arruinar. Sí está bien mencionar la constante presencia de la Station Eleven que da el nombre al libro: se trata de un cómic creado por una de las esposas del actor Leander, y que aparece una y otra vez a lo largo de la historia, siempre de manera significativa.

La novela tiene varios temas; a mí me parece que la imprescindible relación entre humanidad y arte es el principal. No es poco. Lamentablemente entiendo que, al menos por ahora, no hay planes para editarla en español. Si leen en inglés, consigan el libro ya. Si no, empiecen una campaña en change.org para su edición en castellano. Vale la pena: estoy convencido de que Emily St. John Mandel, con sus escasos e insolentes 35 años, ha creado una obra maestra.

Seis palabras

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La frase de la fotografía que ilustra este post es una novela. Se dice que su origen tuvo lugar en algún momento de la década de 1920 y que se debió a una apuesta: Ernest Hemingway estaba almorzando con otros escritores y les apostó 10 dólares a que podía escribir una novela en seis palabras (en inglés, claro). Y escribió en una servilleta esta frase terrible: “For sale, baby shoes, never worn”. Es decir, “En venta, zapatos de bebé, nunca usados”. Luego les pasó la servilleta a los demás y se dedicó a recolectar sus ganancias.

No resulta absurdo atribuir a Hemingway la autoría de esta famosa novela en seis palabras. El norteamericano solía decir que si bien lo que se decía en una narración era importante, lo que no se decía lo era aún más. Esto se hace bastante evidente en sus novelas y cuentos, y queda muy claro en la breve novela del título, cuyas escasas palabras sugieren una tragedia espantosa. Pero según parece, el hecho de que lo haya escrito Hemingway es sólo una leyenda, y la verdad es otra.

Ya desde principios del siglo 20, diferentes versiones de la novela de seis palabras habían ido apareciendo en diversos medios. En 1906 salió un aviso clasificado (!) en un diario, y decía “En venta, cochecito de bebé, nunca usado”. Otra versión se publicó en 1910 y otra más en 1917. Es posible que Hemingway, de manera consciente o no, haya tomado la historia de algún clasificado; el escritor, después de todo, trabajaba en diarios. Sin embargo, parece que fue un agente literario llamado Peter Miller quien inventó la anécdota y la publicó en el libro “Get Published! Get Produced!: A Literary Agent’s Tips on How to Sell Your Writing”. El mito de la apuesta y la novela de seis palabras creció: Arthur C. Clarke la repitió en un artículo de 1998, y el mismo Miller la volvió a incluir en otro libro. Hasta que en un ensayo escrito en 2012, Frederick A. Wright concluyó que no hay ninguna evidencia que conecte la historia con Hemingway.

Sea como sea, esta breve novela parece haber creado el género de la “historia en seis palabras”, tan cultivado por minimalistas de todo el mundo y también por tuiteros que enfrentan con alegría el desafío de los 140 caracteres. En todo caso, es una prueba más de que una historia memorable puede surgir de cualquier lado. Y tener cualquier cantidad de palabras.

(Fuente: openculture.com; imagen: jacks-attic.com)