Cometerás adulterio: la Biblia maldita

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No es raro encontrar errores de tipeo u ortográficos en libros impresos o digitales. Pero algunos errores cambian tanto el sentido de lo expuesto en el libro que resultan imperdonables. Y hasta pueden ser calificados de pecados. En este caso, esa acusación parece ser la más adecuada.

Sucedió en 1631. El rey inglés Carlos I encargó la impresión de 1.000 Biblias a un editor llamado Robert Barker cuya compañía se llamaba Baker Book House (o quedaba en la calle Baker o el editor escribió mal su propio nombre). Cuando las Biblias se entregaron, se dieron cuenta del error: faltaba una palabra en el Séptimo Mandamiento. Y esa palabra era nada menos que “no”.

El Mandamiento, por lo tanto, ahora decía “Cometerás adulterio”.

Suena gracioso. Pero el rey y el Parlamento no opinaron lo mismo, y declararon que todas las copias del libro, que luego fue conocido como “la Biblia maldita”, tenían que ser destruidas y que el editor debía pagar una multa de 3.000 libras, que en aquella época debía ser una montaña de plata. La imprenta quebró pero no todos los libros se destruyeron; algunos sobreviven, como lo prueba la fotografía que ilustra esta nota.

La “Biblia maldita” no es la única versión de ese libro con errores. En 1608 se imprimió la llamada “Biblia de Judas”, que en un pasaje reemplaza el nombre de Jesús por el de, justamente, Judas. La “Biblia del Pecado”, de 1716, declara de forma contundente “Vayan y continúen pecando”. La “Biblia de la Negación”, de 1792, sostiene en un párrafo que quien niega a Jesucristo no es Pedro sino otro apóstol, Felipe.

Desde luego, estas equivocaciones se recuerdan más por aparecer en Biblias. Y son frecuentes ya que se trata del libro más impreso en la historia (y el primero en imprimirse, ya que estamos). De todos modos, ningún error es tan memorable como el que ordena cometer adulterio. Más de un pirata debe estar buscando un ejemplar de la “Biblia maldita” para justificar sus tropelías.

(Fuentes: jmm.org.au, Mental Floss)

“My Way” to die

my way killings

“Y ahora que el fin está cerca, enfrento la cortina final”. Así empieza la legendaria canción “My Way”, traducida como “A Mi Manera” y basada en una canción francesa llamada “Comme d’habitude” con letra en inglés escrita por Paul Anka –que nada tiene que ver con la letra original. El tema fue popularizado, desde luego, por Frank Sinatra, aunque también fue interpretado por infinidad de cantantes, desde Elvis Presley hasta Pocho La Pantera (sí, en serio).

Esa primera frase de la canción es siniestramente premonitoria. Porque resulta que los llamados “Asesinatos A Mi Manera” (“The My Way Killings”) son un lúgubre fenómeno social en Filipinas: en lo que va del siglo, al menos seis personas fueron asesinadas en ese país por cantar el tema en bares de karaoke. Otras fuentes estiman que los muertos fueron 12. Tampoco se ponen de acuerdo en los motivos de la masacre: algunos dicen que los actos de violencia son comunes en los karaokes filipinos; otros dicen que, si bien esto es cierto, también lo es que la letra de la canción es un tanto soberbia y agresiva, y que, encima, la cantan todo el tiempo. Uno de los casos más significativos sucedió el 29 de mayo de 2007, cuando un hombre de 29 años se puso a cantar “My Way” en un bar de karaoke de San Mateo, Rizal. En medio de su interpretación fue asesinado, supuestamente a manos de uno de los guardias de seguridad del bar. Parece que este guardia se quejó de que el hombre cantaba muy desafinado y le pidió que deje de hacerlo; ante la negativa del intérprete, el guardia sacó una pistola calibre 38 y le disparó.

El karaoke es un entretenimiento muy popular en Filipinas, sobre todo entre los más pobres. Las máquinas de karaoke, llamadas “videoke” en ese país, les resultan muy accesibles. Estos bares pueden ser violentos: suelen desatarse peleas cuando el público considera que las versiones de famosas canciones no son buenas, o que las mismas canciones son aburridas. El caso de “My Way”, sin embargo, es particularmente ofensivo por otras razones. Hay quien opina que la canción es “triunfalista”, y que quien la canta pretende ser alguien que en realidad no es; otros sostienen que la canción es “tan Sinatra” que cualquier otra persona que la interprete no le puede hacer justicia. Esto provoca dos fenómenos paralelos: uno, los filipinos han dejado de cantar “My Way”; el otro, los bares quitaron la canción de las máquinas de karaoke.

El experto en cultura popular filipina Roland Tolentino está convencido de que el problema no es la canción sino el país: “Somos una sociedad muy violenta, y el karaoke solo potencia lo que ya existe cuando no hay reglas sociales”. La furia del karaoke, en efecto, no se limita a “My Way” sino que también abarca otras canciones. Se han registrado casos de cantantes golpeados, apuñalados y heridos de bala, en general como indignada protesta ante sus deficientes interpretaciones. Estos episodios tampoco son exclusivos de las Filipinas: ha habido casos en Malasia, en Tailandia (porque un tipo cantó demasiadas veces un tema de John Denver), en China (debido a una disputa por el micrófono), y en Seattle, Estados Unidos (porque uno se puso a cantar un tema de Coldplay).

En el caso de las Filipinas, al menos, a las víctimas les queda el pobre consuelo de que ese último momento de sus vidas lo disfrutaron a su manera.

(Fuentes: Wikipedia, Mental Floss; imagen: cbsnews.com)

I ❤ design

I Love New York

En 1977 visité Nueva York por primera vez. Es difícil describir las sensaciones que tuve al recorrer la ciudad en aquel entonces; es más sencillo recomendarles que vean la película “Taxi Driver” (Martin Scorsese, 1976). Nueva York era eso que se ve en el filme aunque, desde luego, yo anduve por lugares más agradables que los que allí se observan. Es que en la década de los 70, el crimen alcanzó su nivel más alto en la ciudad. Al mismo tiempo, y no sin cierta lógica, el turismo mostró los números más bajos de la historia. Encima, en 1977 hubo un apagón generalizado, que provocó saqueos y más de 4.500 arrestos. Fue allí cuando el New York State Department for Economic Development encargó a la agencia Wells Rich Greene una campaña publicitaria para alentar el regreso de los turistas.

La agencia se puso a trabajar y estableció varios de los elementos principales de la campaña. Tenían un slogan simple y contundente, “I Love New York”, un comercial de TV que destacaba la actividad teatral de Broadway, y una canción francamente espantosa, compuesta por Steve Karmen y luego declarada Himno de Nueva York. Lo que no tenían era un logo. Por eso el cliente arregló una reunión entre la agencia y el diseñador Milton Glaser. En esa reunión, Glaser sacó del bolsillo un sobre arrugado en el que había dibujado un rápido boceto mientras viajaba a la cita en taxi. Consistía en la letra “I”, la forma de un corazón y las letras “NY”, todo en la misma línea.

I Love NY Sketch

Luego esa idea, aprobada de inmediato por la agencia, evolucionó: Glaser usó la tipografía American Typewriter (que, como su nombre lo indica, simula la letra de una máquina de escribir) y decidió plantar el logo en dos líneas, la “I” y el corazón arriba y “NY” debajo. El diseñador sostuvo que había sido influenciado “subliminalmente” por la imagen de pop art “LOVE” de Robert Indiana.

Love Stamp

Glaser suponía que la campaña solo duraría un par de meses, e hizo el trabajo sin cargo porque quería colaborar con la recuperación de su ciudad. Su creación se convirtió en un ícono mundial y, para muchos, es sinónimo de Nueva York. Tanto que fue usado de forma prominente luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001: el diseñador produjo una versión especial con la leyenda “I Love NY More Than Ever” (“Amo a Nueva York más que nunca”); también le agregó al corazón un punto negro para simbolizar las Torres Gemelas.

Aunque Glaser lo haya hecho gratis, el logo es una marca registrada de la New York State Empire State Development (ESD), la principal agencia de desarrollo económico de la ciudad. Por eso, Nueva York ya ha iniciado más de 3.000 juicios por el uso no autorizado del logo. De acuerdo con una nota del diario británico Telegraph, el merchandising oficial con el logo impreso genera más de 30 millones de dólares anuales. Hoy, el garabato original de Glaser forma parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York. Esa ciudad que tanto ha cambiado y mejorado en las últimas décadas, desde luego que en gran parte gracias a la tarea de varios de sus alcaldes. ¿Y cuánto de ese cambio se debe al logo de Glaser? No lo sé, pero seguramente no es poco.

(Fuentes: logoworks.com; Wikipedia)

La llave de la felicidad

Promo Jabon Federal

Si nos preguntamos cuáles son hoy las marcas más innovadoras en comunicación y publicidad, hay varias que se nos vienen a la cabeza de inmediato: Nike, Heineken, Apple, Dove o Volvo, entre otras. Hace unos 80 años, la lista era bastante más breve; en la Argentina, sin ir más lejos, esa lista consistía en solo una marca: Jabón Federal.

No solo fue innovadora en publicidad sino en el mismo producto. En 1929 crearon el pan de jabón de 500 gramos y lo llamaron “Federal”, según parece por las fuertes simpatías rosistas de su dueño, Vito Donato Sabia. El Jabón Federal fue tan popular que le terminó dando el nombre a la misma empresa. Una de sus primeras innovaciones publicitarias tuvo lugar en 1933, cuando la marca creó el llamado Camión Federal, que recorría pequeños pueblos de la Argentina ofreciendo funciones de cine. Poco después lanzaron un jabón llamado “Manuelita” (se supone que como homenaje a Manuelita Rosas, hija del denominado Restaurador de las Leyes) cuyo envoltorio estaba ilustrado con un dibujo de una dama antigua. Este producto protagonizó una acción publicitaria tan innovadora en aquel entonces, que lo sigue siendo hoy.

Se hizo en 1938 y se llamó “La Llave de la Felicidad”. Lo que hicieron fue esconder 16 pequeñas llaves de oro en panes de jabón. Los que tenían la suerte de encontrar una de estas llaves, ganaban una casa totalmente amueblada; las casas, algunas de las cuales aún existen hoy, se llamaban Manuelita, igual que el jabón. La marca fue publicando avisos a medida que aparecían las llaves, como el que ilustra este post. ¿Se imaginan esta campaña hoy, y su repercusión en redes sociales?

(Fuentes: Daniel Balmaceda, Historia del Jabón Federal, Arcón del Recuerdo)