“Cómo rechazar a un colaborador” por la revista MAD

carta-mad

No es fácil rechazar los servicios de un colaborador, ya sea un postulante a un trabajo o alguien que desea publicar algo en una revista/diario/website/etc. Siempre existe el temor de ofender o menospreciar a quien envía su trabajo.

Por eso, esta carta de rechazo es un ejemplo a seguir: fue enviada en algún momento de la década de 1960 por Al Feldstein, entonces editor jefe de la legendaria revista MAD. La carta es graciosa, irónica, personalizada y, encima, muy alejada de la seriedad corporativa. Hasta llega a proponerle al colaborador que adopte el slogan de la revista (“¿Qué? ¿Preocuparme yo?”) y sugerirle que la alternativa, es decir ser aceptado, es mucho peor.

La traducción (mía) de la carta es la siguiente:

Estimado Colaborador:

Lo lamentamos, pero tenemos malas noticias: ¡has sido rechazado! De todos modos no te lo tomes personalmente. Todos hemos sido rechazados alguna vez. Al menos eso es lo que nos dice nuestro terapeuta de grupo aquí en MAD. Dice que no deberíamos preocuparnos. Y esa debería ser tu actitud: “¿Qué? ¿Preocuparme yo?”

Por otra parte, a pesar de haber sido rechazado, las cosas podrían haber sido mucho peores. Tu material podría haber sido ACEPTADO. ¿Dónde te dejaría eso?

MAD-ly (LOCA-mente), Al Feldstein, Editor

P.D.: Nuestro terapeuta también mencionó que mucha gente se siente tan rechazada por un rechazo que nunca lo intentan de nuevo. No queremos ESO. Realmente QUEREMOS que nos sigas enviando tus ideas y guiones… ¡así podemos seguir enviándote estas idiotas cartas de rechazo!

(Fuentes: Dangerous Minds, Letters of Note)

Donde las tazas no tienen nombre

tmg-article_default_mobile

Una de las características que definen a la cadena Starbucks (además de que hay uno en cada esquina de la galaxia) es que el café o el producto que sea, viene personalizado con el nombre de quien lo pidió. Pero esto no es así en todos sus locales. De hecho, hay un Starbucks donde escribir el nombre en el vaso está prohibido. Es el Starbucks que está dentro del cuartel general de la CIA, en Langley, Virginia.

Al principio, el supervisor del bar quería implementar el sistema de nombres igual que en cualquier otro Starbucks del mundo, ya que eso acelera el despacho de clientes y evita confusiones. Pero pronto descubrió que los agentes de la CIA, muchos de ellos trabajando encubiertos, se ponían muy nerviosos cuando les preguntaban el nombre.

Este hecho no es lo único que distingue a este Starbucks. Los empleados deben pasar por entrevistas rigurosas y averiguación de antecedentes, y cuando salen del lugar son acompañados por agentes. No hay recompensas para los clientes frecuentes porque se teme que esos datos caigan en las manos equivocadas. Como el lugar es una isla fuertemente custodiada, pocos empleados salen afuera a buscar café; el Starbucks, en consecuencia, muestra casi siempre larguísimas filas de clientes esperando. El bar existe, según su gerente, para ayudar a humanizar el ambiente: los empleados de la CIA trabajan bajo mucha presión, con frecuencia en oficinas sin ventana, y ni siquiera pueden jugar con sus celulares ya que, por razones de seguridad, los dejan en sus autos. El gerente también afirma que escucha a los clientes practicando lenguas extranjeras, como alemán o árabe, y que el lugar se usa mucho para entrevistar a agentes que desean una promoción.

Durante el día, lo que más se vende son el Latte de vainilla y la torta de limón. De noche, en cambio, salen más los cafés fuertes y los Frappuccinos muy azucarados. “Todos somos adictos a la cafeína, obviamente”, dice un oficial. La leyenda asegura que el Starbucks de la CIA es el que más trabaja en el mundo. Y la vigilancia es permanente: si alguien hace demasiadas preguntas a los empleados, estos deben informarlo de inmediato. Eso sí, sin escribir los nombres en las tazas de nadie.

(Fuente: washingtonpost.com; imagen: thrillist.com)

Pan Am: una identidad visual incomparable

tapa-panam

Hace ya 25 años que la línea aérea Pan Am dejó de existir. Sin embargo, su nombre y su logotipo siguen siendo reconocidos en todo el mundo. La razón es que en su momento la compañía revolucionó los viajes aéreos. Eso es al menos lo que sostiene un libro que acaba de aparecer: “Pan Am: History, Design and Identity”, escrito por el alemán Matthias C. Hühne, dueño de Callisto Publishers, la casa editora que sacó el libro.

Hühne asegura que Pan Am fue la primera aerolínea verdaderamente global: conectó Sudamérica con los Estados Unidos, inició vuelos comerciales a través del Pacífico y el Atlántico, estableció una de las primeras cadenas de hoteles, fue pionera en los sistemas de reservas computarizados y en el uso de jets de amplio espacio que fueron la base del transporte aéreo masivo que hoy conocemos.

Además, y no menos importante, desarrolló una gran estrategia publicitaria y de diseño. El libro incluye una enorme cantidad de ejemplos: brochures, pósters, anuncios y material de a bordo, que abarca desde fines de la década de 1920 hasta fines de los años 80. Parte de ese material ilustra esta nota, principalmente bellos pósters de diferentes décadas. El libro parece una hermosura; si alguien lo consigue, estaría muy bien compartir más imágenes.

(Fuente: stocklogos, Callisto Publishers)

pan_am_poster_1850pan_am_poster_1938pan_am_poster_1940pan_am_poster_1940bpan_am_poster_1947pan_am_poster_1947bpan_am_poster_1947cpan_am_poster_1959pan_am_poster_1960

El endomarketing, origen de la “Smiley Face”

smiley-ball

Aunque muchos estén convencidos de que el inventor de la “Smiley Face” fue Forrest Gump, la verdad, desde luego, es otra. El origen del archiconocido ícono tuvo que ver con lo que suele denominarse como “endomarketing”, esto es, una campaña publicitaria dirigida a los empleados de una empresa. Muchas veces estas campañas consisten en programas de incentivos, aunque no son exactamente lo mismo. Por ejemplo, en el caso de la Smiley Face, la campaña que la incluyó estaba destinada a levantar el ánimo de los trabajadores de una compañía. Veamos.

En 1963, la State Mutual Life Assurance Company, de Worcester, Massachusetts (que hoy se llama Hanover Insurance) adquirió otra empresa, la Guarantee Mutual Company, de Ohio. Esta unión de dos compañías resultó en un importante descenso de la moral de los empleados, que no parecían integrarse de la mejor manera con sus nuevos compañeros. Para intentar solucionar el problema, la empresa contrató los servicios del diseñador Harvey Ball, quien había trabajado en agencias de publicidad hasta que abrió la suya, Harvey Ball Advertising, en 1959. El brief que recibió Ball fue, simplemente, crear una imagen para levantar el espíritu de los empleados.

Y Ball creó una cara sonriente, con un ojo ligeramente más grande que el otro. Se dice que la diseñó en 10 minutos, y que la simplicidad de la imagen hizo sonreír a los ejecutivos de la compañía. Le pagaron 45 dólares (hoy equivalen a poco más de 300 dólares).

La imagen fue parte de la llamada “Campaña de la Amistad”, durante la cual State Mutual entregó 100 “pins” a los empleados, con el sencillo propósito de que sonrieran en el momento de atender a los clientes. Los botones se hicieron tan populares que empezaron a recibir pedidos de 10.000 unidades cada uno; para 1971, ya se habían vendido más de 50 millones de pins con la Smiley Face, y se comenzó a describir a la imagen como un ícono internacional. Ball nunca registró su creación, y State Mutual nunca ganó dinero por el diseño. El hijo de Ball dijo que su padre no se arrepentía por haber registrado la imagen, ya que el dinero no le importaba mucho. “Como un solo bife por vez y manejo un solo auto por vez”, solía decir.

Aunque no era parte del diseño original de Ball, la frase “Que tengas un feliz día” (“Have a happy day”) fue asociada a la imagen de la cara sonriente. Los hermanos Bernard y Murray Spain fueron quienes registraron la combinación de logo y frase, y luego cambiaron esta última por “Que tengas un lindo día” (“Have a nice day”). Para el aniversario 35 del origen del diseño, Ball apareció en un programa de televisión durante el cual le mostraron la novela gráfica Watchmen, que usaba la imagen de la Smiley Face con una mancha de sangre. Parece que a Ball le gustó el uso de su logo, sobre todo porque estaba en la tapa de la novela.

Hoy existen muchas variantes del logo, pero el original, llamado Worcester (la State Mutual es de esa ciudad) se distingue por tres características: ojos ovalados y angostos, un amarillo brillante, y una boca levemente torcida, de la que se ha dicho que es similar a la de la Mona Lisa.

Harvey Ball murió en 2001, a los 79 años. Antes, tuvo tiempo de crear la World Smile Corporation, que otorga licencias para Smiley Faces y organiza el World Smile Day. Este último recauda dinero para ayudar en obras de beneficencia para chicos de todo el mundo. Y todo gracias a una campaña de “endomarketing”.

(Fuentes: Wikipedia, Mental Floss)

La Ópera de Sydney: cómo vender una idea con una sola palabra

jorn-utzon-opera

Difícil encontrar una persona que no reconozca de inmediato el edificio de la Ópera de Sydney. Es uno de los íconos más famosos del mundo, y con razón (aunque hay quien sostiene que la acústica del lugar no es la mejor para escuchar, justamente, ópera). Pero para mí, la historia más interesante con respecto a esta obra es cómo la “vendió” el arquitecto.

El hombre se llamaba Jørn Utzon, era danés, y nació en 1918. Cuando ya era arquitecto, en 1949, recibió una beca que le permitió viajar por los EE.UU. y México; allí se puso en contacto con la escuela de Frank Lloyd Wright, y conoció a Mies van der Rohe, Ray y Charles Eames, y Richard Neutra, entre otros. En París, además, se encontró con Le Corbusier y el escultor Henri Laurens, quien le enseñó mucho sobre forma.

En 1956 se anunció un concurso internacional para diseñar un teatro de ópera en Sydney. Llegaron más de 200 propuestas de todo el mundo, entre ellas la de Utzon, que ya había ganado varios concursos de menor envergadura. Cuenta la leyenda que uno de los jurados era el arquitecto norteamericano Eero Saarinen, y que este llegó a Sydney más tarde, cuando sus tres compañeros ya habían comenzado la tarea. Saarinen se puso a revisar las propuestas ya descartadas, se detuvo al ver la de Utzon y declaró que era extraordinaria.

El proyecto de Utzon era un diseño esquemático que explicaba claramente el concepto para el edificio. De hecho, se dice -me gustaría estar seguro de que esto es cierto pero no lo puedo afirmar con contundencia- que el arquitecto resumió su idea con una sola palabra.

“Velas”, dijo. (“Sails”, en inglés.)

Se refirió a su edificio como velas. Velas en la Bahía de Sydney.

Sus bocetos tenían curvas geométricamente indefinidas, que debían ser desarrolladas para construir la Ópera. Varios no estaban convencidos de que esto fuera posible, pero Utzon sí.

En 1965 fue elegido un nuevo gobierno en ese Estado y el ministro de obras públicas comenzó a cuestionar el diseño de Utzon y, sobre todo, sus costos. El arquitecto fue obligado a renunciar como jefe del proyecto en 1966, cuando directamente dejaron de pagarle. Las calles de Sydney se llenaron de manifestaciones de protesta lideradas por el arquitecto australiano Harry Seidler y el escritor Patrick White, entre otros, que pedían el regreso de Utzon que, finalmente, no se produjo. Cuando se inauguró la Ópera en 1973, el Instituto Real de Arquitectos de Australia le otorgó a Utzon la Medalla de Oro, pero el hombre no asistió a la ceremonia.

Volvió a Sydney recién en 1999, cuando lo convencieron para que desarrollara una serie de Principios de Diseño como referencia permanente ante cualquier cambio futuro realizado en el edificio. Los Principios se publicaron en 2002; Utzon murió en Copenhague en 2008, cuando tenía 90 años. Tanto su Ópera de Sydney como sus Principios de Diseño son hoy parte del World Heritage de la Unesco. También debería serlo su capacidad para vender una idea extraordinaria con una sola palabra.

(Fuente: sydneyoperahouse.com)