Las 10 y 10 de la publicidad

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Tal vez no se hayan dado cuenta, pero en toda publicidad de relojes, estos siempre están fijos en las 10 y 10. No solo sucede en anuncios publicitarios sino también en los relojes dispuestos en las vidrieras de los comercios.

Hay algunas teorías bastante disparatadas sobre la razón para que esto sea así. Una de ellas afirma que poner los relojes a esa hora es un homenaje a Abraham Lincoln, John F. Kennedy y Martin Luther King Jr., ya que todos ellos fueron asesinados a esa hora. Sin embargo no es así: a Lincoln le dispararon a las 10:15 de la noche, a Kennedy a las 12:30 del mediodía y a King a las 6 de la tarde.

Otra teoría asegura que exactamente a las 10 y 10 cayó una de las bombas atómicas en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, y que los relojes recuerdan a las víctimas. Pero tampoco: la de Hiroshima se arrojó a las 8:15 de la mañana, y la de Nagasaki a las 11:02 AM.

¿Cuál es la razón, entonces? Estética. Aplicada a la comunicación publicitaria. Poner los relojes a las 10:10 aporta varios beneficios:

  • Las manecillas no se superponen, por lo que se pueden ver claramente, incluyendo sus detalles de estilo.
  • La posición es simétrica y esto hace más atractivo al producto (en general la gente prefiere la simetría por sobre la asimetría).
  • La marca está usualmente en el centro del reloj, debajo del número 12. Con las agujas en esa posición, la marca se ve perfectamente y además está encuadrada por las manecillas.
  • Los elementos adicionales del reloj (fecha, agujas secundarias) suelen estar ubicados cerca del 3, el 6 o el 9, por lo que las agujas no los tapan.

Por último, y no menos importante, las manecillas ubicadas en las 10 y 10 forman una sonrisa. Según la gente de Timex (cuyos relojes marcan exactamente las 10:09:36) antes los relojes marcaban las 8 y veinte, pero de ese modo las agujas formaban una boca malhumorada y por eso se cambió a las 10 y 10. En algunos relojes que tienen la marca debajo, justo arriba del 6, la hora sigue siendo 8:20.

Ahora ya saben por qué en los avisos los relojes siempre marcan esa hora. Y si me disculpan, los dejo porque se me hace tarde.

(Fuentes: Independent, Mental Floss)

Dormite de una puta vez

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Hace poco leí el extraordinario libro “Go the fuck to sleep”, de Adam Mansbach. Es una parodia de los libros que se leen a los niños para que duerman. Pero eso sí, lleno de afirmaciones brutales y malas palabras, acompañadas por bellas ilustraciones. Tanto me gustó el libro que traduje la mayor parte de las estrofas, y traduje el título como se ve en el título de esta nota. Por supuesto, no tengo los derechos de nada de esto, pero igual lo publico porque es una hermosura. Acá va.

Los gatos se acurrucan con sus crías
Los corderos descansan su bella pequeñez
Estás cómoda y abrigada en tu cama
Dormite de una puta vez

Las ventanas se han oscurecido, mi niña
Las ballenas sueñan en el fondo del mar
Te leo un último cuento si prometes
Dormirte y dejarte de hinchar

Las águilas que surcan el cielo descansan
Y las criaturas dejaron de correr y aturdir
No tienes sed, me estás mintiendo
De una puta vez, acuéstate a dormir

El viento silba a través del césped
Los ratones en el campo no producen sonido
Ya han pasado treinta y ocho minutos
Dormite de una puta vez, me tenés podrido

Tus amiguitos del Jardín están soñando
El sapito ya no salta sobre sus pies
No, no vas a ir al baño de nuevo
¿Sabes dónde vas a ir? A dormirte de una puta vez

Los búhos vuelan hacia las copas de los árboles
Surcando el aire, deciden dónde ir
Una furia roja invade mi corazón, hermosa
En serio, cerrá el orto y andá a dormir

Los leones y los cachorros ya roncan
Envueltos en la maleza cuando el sueño los derrota
¿Por qué eres capaz de hacer tantas cosas
menos dejar de romperme las pelotas?

Las semillas dormitan bajo la superficie
Y las cosechas que los granjeros esperan de la tierra
Basta de preguntas, la entrevista terminó
O te dormís o te mando a la mierda

Las flores cabecean en las praderas
Y en lo alto de las montañas duermen al calor
Mi vida es un fracaso, como padre soy muy choto
Dejate de joder y dormite, por favor

Tu cuarto es lo único que recuerdo
Con tus muebles y juguetes a medio construir
Ganaste, te escapaste, saliste corriendo
Me chupa un huevo, me voy a dormir

Me despierto mareado y aturdido
Y te encuentro con los ojos cerrados
Cruzo los dedos y me voy despacito
Interrumpir tu sueño me tiene cagado

Ahora estamos mirando una película
El pochoclo en el microondas empieza a crujir
La concha de la lora, carajo, te despertaste
De una puta vez volvete a dormir

Reivindicación de los lunes

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Una parte importante de los memes que circulan por ahí se dedica a defenestrar a los lunes y a celebrar la llegada de cada viernes como si se tratara de una entrada gratuita al Paraíso. Hasta cierto punto es comprensible: después de una semana agotadora (casi todas lo son) el viernes es una meta a partir de la cual se disfrutan las múltiples felicidades del fin de semana. Y el lunes interrumpe esas felicidades para dar comienzo a otros cinco días que, en algunas ocasiones, parecen 50.

Pero yo, personalmente, considero que este amor desaforado al viernes y este odio incontenible al lunes son exagerados. Esto no significa que se deba amar el lunes y detestar el viernes, para nada. Solo afirmo que, la verdad, si tanto odiás volver a tu trabajo los lunes, tal vez no estés en el trabajo correcto. Hay una frase atribuida a Confucio (no sé si realmente es de él; probablemente no) según la cual “si trabajas de lo que te gusta, no trabajarás un solo día de tu vida”. Suena razonable, aunque yo detesto este tipo de frases con aires de autoayuda porque, en general, desprecian los contextos de cada situación y suponen que el cambio solo depende de la voluntad personal. Si fuera tan sencillo conseguir trabajo de lo que a cada uno le gusta, todo el mundo lo haría, y no es así. Lo mismo sucede con los trabajos insatisfactorios: no es fácil largar todo a la mierda y buscar otro trabajo, así como no es fácil “elegir disfrutar” o cualquiera sea el slogan actual de las gaseosas más famosas.

Aun siendo consciente de estas dificultades, insisto con que celebrar la llegada de cada viernes como si fuera un Edén de frecuencia semanal es una exageración. No es que a mí me gusten los lunes; lo que me gusta es mi trabajo: soy uno de esos privilegiados que pueden hacer lo que les gusta todos los días (hábiles y a veces torpes). Lo contrario sería admitir que de cada siete días, hay cinco en los que uno la pasa muy mal. No parece una manera conveniente de vivir.

Así que fíjense un poquito en cuáles son las razones por las que detestan los lunes con un fervor digno de mejor causa. A lo mejor empiezan a apreciarlos un poco más, o al menos hacen algo por cambiar la situación. Por más que, insisto, no dependa solo de ustedes.

Juegos de palabras

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No hay creativo publicitario que pueda jactarse de no haber hecho jamás un juego de palabras relacionado con su profesión. Desde el juego más obvio y pavote hasta el más ingenioso (si es que existe tal cosa) todos los hemos aplicado en campañas, especialmente los redactores, claro está.

Debo confesar que estoy orgulloso de algunos de los juegos de palabras que se me han ocurrido, ya sea para usar en el trabajo o no. Desde luego, aquellos que más me enorgullecen son los más idiotas. Pero resulta que leí en el excelente sitio Cracked.com (si no lo conocen los invito a descubrirlo) que los juegos de palabras están relacionados con una rara especie de daño cerebral.

Se llama “Witzelsucht” en alemán. Parece que un tipo solía despertar a su esposa en medio de la noche para contarle los más estúpidos juegos de palabras; él pensaba que eran geniales y los quería compartir de inmediato. La esposa lo convenció para que viera a un médico. Increíblemente el doctor descubrió que el hombre había tenido dos ataques que le habían dañado el lóbulo frontal del cerebro. Este daño a las áreas del cerebro responsables del proceso analítico significa que los que sufren de “Witzelsucht” no solo piensan que los chistes más simples son hilarantes, sino que también son incapaces de entender formas más complejas del humor.

Todos los que trabajamos en publicidad hemos sufrido alguno de estos ataques al lóbulo frontal. No hay otra explicación.