La única palabra prohibida en Star Trek

god star trek

Se viene “Star Trek: Discovery”, una nueva serie basada en la mitología Star Trek, y es una excelente excusa para recordar algunas de las ideas del creador de la saga, Gene Roddenberry.

El hombre planteó algunas reglas para el universo que inauguró la serie original: sostuvo que las tripulaciones debían ser diversas en cuanto a su etnicidad (de hecho, la “Star Trek” original incluyó el primer beso interracial de la televisión estadounidense), que los personajes no debían interferir con otras culturas, y que no debía haber conflictos personales serios a bordo de la nave.

Y había otra regla, incluso más revolucionaria para la época del estreno: la palabra “Dios” nunca debía ser mencionada en el programa. La idea de Roddenberry era que en el siglo 23, la civilización estaría basada en la ciencia y por lo tanto la religión básicamente no existiría. Esta regla no solo significaba que la religión no formaría parte de las historias, sino que hasta estaba prohibido decir frases casuales como “Ay, Dios”, o “Por el amor de Dios”. Si alguno de los actores improvisaba alguna de esas expresiones, se cortaba la escena.

Curiosamente, algunas de las películas con la tripulación original no siguieron esta regla al pie de la letra; cuando Kirk hace explotar el Enterprise le dice a McCoy: “My God, Bones, what have I done?” Y el quinto filme de la serie, la muy floja “Star Trek V: The Final Frontier”, directamente se trata de la búsqueda de Dios, o de quienes ellos suponen que es Dios (no, no lo es).

Los creadores de la nueva serie no prometen adherir con fidelidad a estas reglas de Roddenberry, en particular la de que no haya conflictos entre los tripulantes. Veremos si siguen el resto de las premisas, incluyendo la palabra prohibida.

(Fuentes: Mental Floss, Entertainment Weekly)

Sí, amigos: ¡más consejos para escribir!

steinbeck

Es probable que, a esta altura, ya existan más artículos sobre este tema que libros escritos. Pero vale la pena compartir estos consejos para enfrentar la página en blanco, sobre todo porque provienen del enorme autor John Steinbeck, creador, entre otras maravillas, de “Viñas de ira”, “De ratones y hombres” y “Al este del paraíso”. Al escribir estos consejos, Steinbeck declaró que deseaba entregar el beneficio de la experiencia que acumuló luego de enfrentarse varias veces con 400 páginas para llenar. Y que estas son algunas de las cosas que tuvo que hacer para no volverse loco. Acá van, y numeradas:

  1. Abandoná la idea de que alguna vez vas a terminar tu obra. Olvidate de las 400 páginas y escribí solo una página por día; eso ayuda. Luego, cuando termines, te vas a sorprender.
  2. Escribí libremente y arrojá todo sobre el papel tan rápido como puedas. Nunca corrijas o reescribas hasta que hayas finalizado. Reescribir durante el proceso suele ser una excusa para no seguir escribiendo. Y también interfiere con el ritmo que solo se logra mediante una asociación inconsciente con el material.
  3. Olvidate de tu público general. En primer lugar, ese público sin rostro y sin nombre te va a aterrorizar, y en segundo lugar, a diferencia del teatro, no existe. He descubierto que a veces ayuda mucho elegir a una persona, real o imaginaria, y escribir para ella. (Nota: Stephen King ofrece un consejo muy similar.)
  4. Si no lográs resolver una sección y aun así deseás incluirla, seguí de largo. Cuando hayas terminado podés volver a esa sección: es posible que descubras que tu incapacidad para resolverla se debía a que la sección nunca debió estar allí.
  5. Cuidate de la escena que amas en particular, incluso por sobre el resto de la obra. Con frecuencia te vas a dar cuenta de que no está a tono con las demás escenas.
  6. Si estás escribiendo diálogo, debés recitarlo en voz alta a medida que lo redactás. Solo así vas a lograr el sonido perfecto del habla.

Steinbeck asegura que no existen dos personas que apliquen el mismo método, pero que este le ha funcionado, y muy bien. Ojalá funcione para ustedes.

A hard day’s Nike

nike logo

El logo de Nike, ese símbolo gestual que denota velocidad, debe estar entre los 5 o 10 más reconocibles del mundo. Cualquiera pensaría que la persona que lo creó se hizo de una pequeña fortuna por hacerlo, y que hoy está entre los diseñadores más célebres del planeta.

Bueno, no.

El logo tuvo como recompensa 35 (treinta y cinco) dólares. Y de hecho, para lo que era la empresa Nike en aquel entonces, no es poco.

En 1971, la diseñadora gráfica Carolyn Davidson le presentó su idea, el logo hoy conocido como “Swoosh”, al CEO de la compañía, Phil Knight. A este no le gustaba mucho, pero tenían poco tiempo y terminaron aprobándolo, aun cuando la empresa no tenía nombre todavía. Nueve años después Nike empezó a cotizar en la Bolsa y se convirtió en el monstruo que conocemos en la actualidad. Durante 12 años, la diseñadora vio aparecer su creación en todos los carteles del mundo, probablemente con tristeza porque nunca le tocó ni un dólar extra. Pero en 1983, el ejecutivo de Nike Bob Woodell se cruzó con Knight en un pasillo y le recordó a la mujer que había ayudado a llevar a su compañía a la cima.

La historia tiene un final feliz: invitaron a Davidson a almorzar a la sede de Nike, y allí le obsequiaron certificados, anillos de oro y un sobre con acciones de la empresa por unos cuantos cientos de miles de dólares.

(Fuente: Cracked.com)