La historia de una tapa legendaria

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Es una de las tapas de disco más icónicas y misteriosas de la década de 1970 y de toda la historia del rock: la tapa de “Houses of the Holy”, el quinto álbum de Led Zeppelin y el primero con un nombre propiamente dicho. La imagen consiste en un grupo de niños desnudos y de cabellos dorados trepando en un paisaje bastante apocalíptico hacia… ¿qué? No se sabe. ¿Formaban parte de un culto, era un homenaje a la película de ciencia ficción “Village of the damned”, tenía algún significado oculto para el guitarrista Jimmy Page, famoso por esa clase de aficiones…?

La tapa fue creada por el célebre estudio de diseño Hipgnosis, que también realizó trabajos para Pink Floyd, Yes y Peter Gabriel, entre otros, y se produjo en Giant’s Causeway, en Irlanda del Norte, un área repleta de columnas de basalto, resultado de antiguas erupciones volcánicas. El diseñador de la tapa, Aubrey Powell, declaró que estaba basada en la novela “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke, en la que cientos de millones de niños se reúnen para ser transportados al espacio.

Hay un dato curioso sobre la fotografía: mucha gente supone que era un grupo numeroso de niños, pero en realidad solo eran dos chicos llamados Stefan y Samantha Gates, un hermano y una hermana, que fueron fotografiados durante diez días al amanecer y en el crepúsculo. Pese a otra creencia popular, los chicos no tenían pelucas sino que ese era su cabello real. Stefan, que en aquel entonces tenía solo 5 años, contó mucho después que cuando era pequeño le encantaba estar desnudo y que por eso no le importó que lo fotografiaran así (!).

Powell cuenta que durante las tomas llovió diez días seguidos, y que todas las fotos se hicieron en blanco y negro; él pretendía que todos los niños fueran dorados y plateados, pero las imágenes quedaron demasiado blancas, por lo que las retocaron con aerógrafo. Un error del artista hizo que los cuerpos de los chicos tuvieran un ligero color violeta, y a Powell le gustó tanto que esa fue la imagen final.

Stefan Gates declaró en 2007 que hasta ese momento nunca había escuchado el álbum de Zeppelin y que siempre sintió que en la tapa había algo siniestro. Si ustedes lo escucharon, ya saben que en alguna de las canciones esto es cierto (“No Quarter”, por ejemplo). Y si no lo escucharon, los invito a hacerlo: para mí no es lo mejor de Led Zeppelin, pero es un disco arriesgado, variado, ambicioso. Cualquier cosa me cuentan.

(Fuente: Dangerous Minds)

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Una carta dirigida a Hyundai

Hyundai Pipe Job

No había visto este comercial del Hyundai ix35, realizado en Gran Bretaña en 2013, pero lo vi cuando me enteré de la historia posterior.

El aviso se propone destacar que las emisiones del auto son 100% agua, y lo hace mediante una situación por lo menos polémica: vemos a un hombre que cubre las ventanillas del coche con cinta y luego lo arranca con la puerta del garage cerrada. Claramente, se quiere suicidar. Sin embargo, como las emisiones del auto son agua, su intento falla.

La aparición del comercial despertó la ira ya habitual en Twitter, pero las reaciones fueron más allá, porque inspiró una carta abierta de la escritora Holly Brockwell, dirigida a Hyundai y a la agencia responsable del aviso, Innocean. El tema es que el padre de Brockwell se suicidó del mismo modo que se describe en el anuncio. Aquí, la tremenda carta:

Estimados Hyundai y su agencia de publicidad, Innocean:

Este es mi papá (foto).

Su nombre es Geoff. Se casó con mi mamá en los 80 y tuvieron dos niñas, los amores de su vida.

Esta es la nota que dejó cuando se suicidó en su auto (imagen).

Y este es su nuevo aviso.

Como creativa publicitaria, quiero felicitarlos por haber logrado la reacción visceral que todos buscamos. Por haberme impulsado a compartirlo en mi cuenta de Twitter y en mi blog. No quiero felicitarlos por haberme hecho llorar por mi papá.

Cuando su aviso salió al aire, y vi las escenas bellamente filmadas de ventanillas de auto cerradas con cinta, comencé a temblar. Temblé tan violentamente que dejé mi bebida por temor a volcarla. Y luego comencé a llorar. Recordé haber mirado por la ventana para ver a la policía y una ambulancia, preguntándome qué había pasado. Recuerdo a mamá sentándome para explicarme que papá se había ido a dormir y que no se iba a despertar, y que no, no iba a poder llevarme al cumpleaños de mi amiga la próxima semana. No, no podía volver del cielo solo por ese día, pero si pudiera le gustaría hacerlo. Recuerdo haberme enterado de que él había muerto sosteniendo el conejo de juguete de mi hermana.

Sorpresivamente, cuando llegué a la conclusión de su aviso, cuando vemos que en realidad el hombre no ha muerto gracias a las emisiones limpias de Hyundai, no paré de llorar. No sentí que mis lágrimas estuvieran justificadas por el entretenido mensaje. Me sentí vacía. Y enferma. Y quería a mi papá.

Comprendo mejor que muchos la necesidad de hacer algo que se note, algo de lo que se hable, incluso algo escandaloso para conseguir que la gente lo vea. Lo que no comprendo es por qué un grupo de extraños me acaban de hacer llorar para venderme un auto. Por qué me tienen que recordar ese horrible momento en el que supe que nunca vería otra vez a mi papá, y todos los momentos desde entonces en los que él no ha estado. Esa fiesta de cumpleaños. El día que me entregaron las calificaciones. Mi graduación.

He trabajado en cuentas de automóviles. De hecho trabajé para Honda durante casi un año. Curiosamente, ni una vez me pareció que la mejor manera (la más inteligente, la más creativa) de publicitar sus productos era recordarle a la gente qué horrendo evento es un suicidio.

Curiosamente, yo podía, y aún puedo, pensar mil ideas más interesantes y creativas que no me hagan sentir que perdí a mi papá otra vez.

Por eso les quiero pedir que la próxima vez que le quieran contar al mundo una innovación en el diseño de automóviles, lo piensen un rato más. Piensen en mí. Piensen en mi papá. Y en las miles de víctimas de suicidio y en las familias que dejaron.

Mi papá nunca condujo un Hyundai. Gracias a ustedes, yo tampoco lo haré.

Cordialmente,

Holly Brockwell

 

Hasta aquí, la carta. Conclusión: no solo Hyundai y su agencia tienen bastante para pensar. Nosotros también.

(Fuentes: ew.com; hollybrockwell.com)

El cuestionario Proust

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Cualquiera que haya visto alguna vez el programa “Inside the Actors Studio”, debe tener como una de sus partes favoritas el cuestionario que el conductor James Lipton hace a sus invitados al final de cada emisión.

Lipton suele aclarar que ese cuestionario fue creado por el periodista francés Bernard Pivot pero, según parece, esto no es exactamente así, sino que las preguntas se las hicieron al escritor Marcel Proust, conocido por su kilométrica obra “En busca del tiempo perdido”. A fines del siglo 19, era muy común en las familias inglesas responder preguntas que revelaran los gustos y aspiraciones de una persona. Una amiga de Proust llamada Antoinette le hizo contestar las preguntas en un álbum de confesiones titulado “An Album to Record Thoughts, Feelings, etc.”; Proust respondió el cuestionario dos veces: la primera en inglés, en 1885 o 1886, y la segunda en francés alrededor de 1892. Las preguntas eran las siguientes:

  1. ¿Cuál es el aspecto principal de tu personalidad?
  2. ¿Cuáles son tus cualidades favoritas en un hombre?
  3. ¿Cuáles son tus cualidades favoritas en una mujer?
  4. ¿Qué es lo que más aprecias en tus amigos?
  5. ¿Cuál es tu principal defecto?
  6. ¿Cuál es tu ocupación favorita?
  7. ¿Cuál es tu idea de la felicidad?
  8. ¿Cuál es tu idea de la desgracia?
  9. Si no fueras tú, ¿quién te gustaría ser?
  10. ¿Dónde te gustaría vivir?
  11. ¿Tu color favorito?
  12. ¿Tu flor favorita?
  13. ¿Tu pájaro favorito?
  14. ¿Quiénes son tus escritores favoritos en prosa?
  15. ¿Tus poetas favoritos?
  16. ¿Cuáles son tus héroes de ficción favoritos?
  17. ¿Y tus heroínas?
  18. ¿Quiénes son tus pintores y músicos favoritos?

En su programa “Apostrophes”, el francés Pivot formula este cuestionario a sus escritores invitados para revelar datos sobre su trabajo y su personalidad. Inspirado por Pivot, Lipton usa una versión adaptada y abreviada del cuestionario, pero con bastantes diferencias:

  1. ¿Cuál es tu palabra favorita?
  2. ¿Cuál es tu palabra menos favorita?
  3. ¿Qué te excita?
  4. ¿Qué te desagrada?
  5. ¿Qué sonido o ruido amas?
  6. ¿Qué sonido o ruido odias?
  7. ¿Cuál es tu mala palabra favorita?
  8. ¿Qué profesión que no sea la tuya te gustaría probar?
  9. ¿Qué profesión no te gustaría realizar?
  10. Si el Paraíso existe, ¿qué te gustaría que te diga Dios cuando llegues?

Elijan la versión que deseen (o las dos) y respondan el cuestionario. Les aseguro que es tan entretenido como revelador.

El Lobby feroz

willard hotel

Hace poco escribí un breve artículo sobre el origen de la palabra “deadline” y hoy es el turno de otra palabrita muy usada en nuestra profesión. En este caso, el término es “lobby”, esa maniobra o serie de maniobras diseñadas y ejecutadas para influenciar a una o varias personas.

La historia tiene que ver con el hotel Willard, un célebre establecimiento ubicado a dos cuadras de la Casa Blanca, en Washington. Esa ubicación privilegiada ha hecho que muchos famosos se hayan hospedado allí, entre ellos Abraham Lincoln, Mark Twain, Walt Whitman, Charles Dickens y Martin Luther King. Ya desde la década de 1860, el Willard era lugar de reunión para cientos de clientes que llenaban su enorme bar y salón comedor, y se llenaban de pescado, ostras, venado y champagne. Uno de ellos era Lincoln, que se reunía en el Willard con un detective privado para evaluar posibles intentos de asesinato -esas reuniones fueron un fracaso, como se sabe.

Pero el origen de la palabra se debe al también presidente de los Estados Unidos Ulysses S. Grant (entre 1869 y 1877), quien, según se dice, pasaba tanto tiempo en el lobby del hotel bebiendo brandy, que aquellos que deseaban un favor de él lo iban a buscar allí. Por eso el término “lobbyst” en aquel país, luego popularizado en todo el mundo.

El hotel original fue construido en 1816, pero su estructura actual de 12 pisos se realizó en 1901 y fue renovada en la década de 1980, con lo que retornó a su antigua gloria. Hoy, el lobby y el bar están abiertos al público. Así que ya saben: si desean o necesitan hacer lobby por algo, no hay mejor lugar que el hotel Willard en Washington.

(Fuente: Atlas Obscura)