Dos pases seguidos, por favor

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Hace ya un par de años, se conoció un comercial de una muy conocida marca de ropa deportiva, en el que se muestra un “boot camp”, esto es, una especie de campamento de entrenamiento, para aspirantes a jugadores de fútbol. En el comercial, estos muchachos son mandoneados y zamarreados al estilo de los Marines yanquis, y hasta se los cachetea. Son escenas más propias de la película “Full Metal Jacket” que de un entrenamiento de fútbol. El propósito declarado es que logren lo que esta marca considera imprescindible para jugar a la pelota: fuerza, velocidad, resistencia; en definitiva, lo que vulgarmente se denomina “huevos”. Esta iniciativa fue parte de una campaña global que en la Argentina incluyó uno de estos boot camps con jugadores de aquí.

No es la única marca que encara el fútbol de esta manera (recordar la premiada campaña de una bebida sin alcohol, que mostraba una serie de jugadores tramposos, sucios y fanfarrones). Y esto se debe a que, en realidad, esta es la idea del fútbol que se tiene hoy. Una idea a todas luces equivocada: a nadie se le cruza siquiera por la cabeza que a lo mejor la capacidad de gambetear es más necesaria que la fuerza para propinar una murra. Los ejemplos sobran. En este boot camp local estuvo Fabián Assman, uno de los arqueros de Independiente; y el tipo declaró luego que la pretemporada que hizo el club fue muy positiva en lo físico, y que por eso les iba a ir mejor en el nuevo torneo. Como todos saben, Independiente (equipo del que soy sufrido hincha) se fue al descenso. Ni Assman –ni nadie más, parece- reparó en que el mayor problema de Independiente no era físico, sino la notoria incapacidad de sus jugadores para pasarle la pelota a otro tipo con la misma camiseta.

Me temo que ya es tarde para cambiar este triste enfoque “físico” del fútbol. De hecho, los hinchas han contribuido lo suyo. Antes, para insultar a un jugador se le gritaba (no sin cierta ingenuidad) “burro”, “maleta” o “patadura”. Es decir, se ridiculizaba su torpeza para jugar a la pelota. Hoy, en cambio, se grita “pecho frío” o “cagón” y se exige una mayor disposición a “poner huevos”. Tal vez la progresiva pérdida de la caballerosidad deportiva tenga que ver con esto. En estos tiempos aciagos, los goles de penal y los goles en contra se festejan como si se hubiera obtenido un campeonato, tanto por los jugadores como por los hinchas; cuando yo iba a la cancha, el jugador que convertía un penal simplemente se daba vuelta y volvía despacito, a lo sumo recibiendo un par de palmadas en el camino. Mientras, los hinchas aplaudían tímidamente. Y si el gol era en contra, ni palmadas había.

Por todo esto, no puede sorprender a nadie el horrible fútbol que se juega hoy en la Argentina, con algunas pocas y honrosas excepciones. Fútbol horrible y que, sin embargo, sigo mirando como un imbécil todos los días.

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Gol de Pascualito

Avioncito Rambert

Una de las entrevistas de trabajo más memorables que tuve fue en la agencia Rainbow en 1994. Sí, hace 19 años. Fue memorable porque combinó dos de mis grandes pasiones: el trabajo y el Club Atlético Independiente.

Los tipos habían puesto un aviso buscando “redactor creativo”, yo contesté y quedé como finalista junto con otro redactor. El director creativo, cuyo nombre era, creo, Sergio Núñez, me preguntó si estaba dispuesto a dar una prueba: trabajar en una campaña una tarde de 15 a 18 en las oficinas de la agencia (Córdoba y Suipacha); el otro candidato iba a hacer la prueba de manera simultánea, lo que me pareció medio raro. Pero necesitaba el trabajo y acepté.

Recién después me di cuenta de que ese mismo día se jugaba la segunda final de la Supercopa entre Independiente y Boca. El partido de ida en la Bombonera había terminado 0 a 0. Había pensado en ir a la cancha porque confiaba en que íbamos a salir campeones; eran épocas de mística copera y no estos tristes tiempos de hoy.

Pero también confiaba en que iba a conseguir el trabajo, y me fui para Rainbow a dar la prueba. De hecho, tan confiado estaba que, al llegar, luego de que el director creativo me asignara una oficina y me explicara el trabajo, le dije que la radio me ayudaba a trabajar y si me podía facilitar una.

El tipo me miró un momento, como sospechando algo. Me preguntó “Vos querés escuchar el partido, ¿no?”; le dije que sí. “¿De qué cuadro sos?”, siguió, y le dije que de Independiente. “Está bien”, dijo, “yo te traigo una radio. Pero tené cuidado con lo que hacés: yo soy de Boca”.

Con la advertencia en mente, puse el partido y empecé a trabajar. Ni me acuerdo de qué era la campaña, pero sí que cuando hizo el gol Pascualito Rambert (se la tiró por arriba a Navarro Montoya, como tal vez recuerden) no pude reprimir un grito desaforado. Segundos después, el director creativo asomó la cabeza por la puerta y, muy serio, me dijo “¿Sos pelotudo, vos?”. Y se fue.

Terminé el trabajo, se lo presenté y me fui, feliz por la Supercopa (ganamos 1 a 0) y triste porque estaba convencido de que no me iban a llamar. Lo hicieron, sin embargo, y una semana después entré a trabajar en Rainbow. Un grande, aquel director creativo. Aunque creo que nunca me perdonó que en esa final les hayamos roto bien el orto.