El libro más extraño del mundo

Codex Tapa

Solo para darles una idea de lo extraño que es este libro: en una página hay una ilustración que muestra a una pareja haciendo el amor, y en las sucesivas imágenes, la pareja termina fundiéndose para convertirse en un cocodrilo.

El libro se llama Codex Seraphinianus, se publicó en 1981, y consiste en una especie de enciclopedia de un mundo imaginario. Fue creado por el italiano Luigi Serafini, artista, arquitecto y diseñador industrial. Tiene unas 360 páginas y, además de sus muchas ilustraciones (tan demenciales como la descrita arriba) está escrito en un idioma inventado y con un alfabeto también inventado.

codex pagina interior

Todo el texto del libro es manuscrito. Las ilustraciones, realizadas a mano con lápices de colores, muestran flora, fauna, anatomías, moda y comida, todas ellas muy extrañas, a veces parodias de elementos reales: una fruta que sangra, una planta que crece hasta convertirse en una silla, máquinas sin sentido. De vez en cuando aparece una ilustración más reconocible: un mapa, un rostro humano; otras veces los dibujos son completamente abstractos.

El sistema de numeración de las páginas fue descifrado por varios expertos que trabajaron de manera independiente entre sí. Pero el lenguaje del libro ha desafiado –y resistido– el análisis de los lingüistas desde su publicación. Serafini declaró que no hay ningún sentido oculto en el texto del Codex, y lo describió como “asémico”: una forma de escritura abierta y sin palabras, que no tiene ningún contenido semántico específico. Esto provoca un vacío de sentido para que el lector lo interprete. El autor sostuvo que su experiencia al crear el libro fue casi de escritura automática: él quiso trasladar al lector la sensación de los niños cuando se encuentran ante un libro que no pueden comprender.

El Codex Seraphinianus está dividido en once capítulos, agrupados en dos secciones, una dedicada al mundo natural y la otra a las humanidades. Cada capítulo parece abarcar un tema enciclopédico:

Capítulo 1: tipos de flora, como flores extrañas y árboles que se arrancan de raíz a sí mismos y emigran.

Capítulo 2: dedicado a la fauna, con variaciones surrealistas de animales conocidos como caballos, hipopótamos, rinocerontes, pájaros.

Capítulo 3: aparentemente trata sobre un reino separado de bizarras criaturas bípedas.

Capítulo 4: abarca algo que parece ser física y química. Es el capítulo más abstracto y enigmático.

Capítulo 5: extravagantes máquinas y vehículos.

Capítulo 6: ciencias humanas como biología, sexualidad, pueblos aborígenes y ejemplos de herramientas (lapiceras, tenazas) injertadas en cuerpos humanos.

Capítulo 7: es el capítulo histórico. Muestra pueblos con sus fechas de origen y desaparición, y escenas que parecen religiosas.

Capítulo 8: cuenta la historia del sistema de escritura del Codex.

Capítulo 9: trata sobre comida y vestimenta.

Capítulo 10: describe juegos extraños y deportes atléticos.

Capítulo 11: totalmente dedicado a la arquitectura.

codex pagina interior 2

Aunque el contenido sea incomprensible (salvo una cita en francés de “En busca del tiempo perdido”, de Proust) el libro es fascinante. Googleen más imágenes para empezar a descubrirlo. Y si quieren ver ilustraciones tan raras como fascinantes, tengan este libro. Es el más extraño del mundo, pero está en Amazon.

(Fuente: Dangerous Minds; Wikipedia)

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Antidedicatorias

dedicatoria Bukowski

Debe haber muy pocos libros sin dedicatorias, esa frase a veces breve y a veces no, con la que se agradece a quienes hicieron posible la escritura de la obra. Pero hay libros en los que esa dedicatoria no resulta amable o conmovedora sino cínica, vengativa y, en ciertos casos, insultante. Veamos algunos ejemplos.

  • “Cartero”, Charles Bukowski (1971)

Es la primera novela de Bukowski y claramente el escritor no sintió la necesidad de agradecerle a nadie. La antidedicatoria:

“Este libro se presenta como un trabajo de ficción y no está dedicado a nadie.”

  • “Vida de este chico”, Tobias Wolff (1989)

El libro es una autobiografía en la que el autor recuerda su difícil adolescencia con varios padrastros abusivos, y al final de la dedicatoria aparece esta antidedicatoria:

“Mi primer padrastro solía decirme que con todo lo que yo no sabía se podía llenar un libro. Bueno, aquí está.”

  • “No, gracias”, E.E. Cummings (1935)

Cummings escribió un libro de poemas que fue rechazado por 14 editoriales. Finalmente lo publicó con el título “No, gracias”. La dedicatoria -bueno, antidedicatoria- consistió en una lista de todos los que rechazaron la obra, diseñada con la forma de una urna funeraria. (La imagen de la urna aparece en una nota mía previa.)

  • “Psychological Care of the Infant and Child”, John Watson (1928)

Este libro aconseja no amar excesivamente a los niños para no darles falsas esperanzas. Watson parte del supuesto de que la receptora de su dedicatoria no existe, y escribe esta antidedicatoria:

“A la primera madre que críe un niño feliz.”

  • “Bala de plata: el Martini en la civilización americana”, Lowell Edmunds (1981)

Los escritores están siempre agradeciendo a sus colegas por la ayuda brindada. Edmunds, en cambio, señala a quienes no lo ayudaron, con esta antidedicatoria:

“Quisiera culpar a los editores de Notes and Queries por rechazar la digna y extremadamente concisa consulta que les envié acerca del Martini, y también deseo culpar al editor del New York Times Book Review por no imprimir mi consulta. Ojalá que a estos editores el gin se les convierta en gasolina, o que beban demasiados Martinis y después se traguen un mondadientes, como dice Sherwood Anderson que le sucedió.”

  • “No Contest: The Case against Competition”, Alfie Kohn (1986)

Mencionar las instituciones que colaboraron con la investigación para un libro es muy común. A través de esta antidedicatoria, Kohn se queja de quienes trataron de impedírselo:

“Quiero destacar, finalmente, que gran parte de la investigación previa a este libro se hizo en la Universidad de Harvard, donde el tamaño de las obras es igual a la determinación de la institución para restringir el acceso a ellas. Estoy feliz por haber podido usar estas fuentes, y no importa que ese privilegio me fuera concedido solo porque la universidad pensó que yo era otra persona.”

  • “Logan: A Family History”, John Neal (1822)

Este libro de ficción está basado en una historia real: un jefe indio norteamericano cuya familia fue asesinada por una banda de criminales blancos. El autor no solo escribió esta tremenda antidedicatoria para una persona sino para casi todo el mundo:

“Este libro no se lo dedico a nadie, porque no conozco a nadie que merezca la dedicatoria. No tengo amigos, ni hijos, ni esposa ni hogar. No tengo relaciones, nadie que me quiera. Nadie para amar, nadie para cuidar. ¿A quién se lo puedo dedicar? ¿A mi Creador? No lo merezco. ¿A mis compatriotas? No se lo merecen. Por los hombres de épocas anteriores tengo poco respeto; por los hombres actuales, ninguno. ¿A quién se lo debo confiar? ¿A quién le voy a importar mañana? ¿Quién luchará por mi libro cuando yo no esté? ¿Lo hará la posteridad? Sí, la posteridad me hará justicia. A la posteridad, entonces. ¡A los vientos! ¡Lo dejo en testamento! Lo dedico a una generación de espíritus, a los sombríos potentados de aquí en adelante. Yo… Yo… Yo he hecho… La sangre de un hombre rojo se está enfriando. Adiós. ¡Adiós para siempre!”

(Fuente: Mental Floss)

7 historias que Stephen King no quiere publicar

King

Stephen King lleva más de 300 millones de libros vendidos, y sigue escribiendo más rápido de lo que uno puede leer, por lo que suena dudoso que no quiera publicar alguna obra. Sin embargo, hay algunas que, según parece, jamás saldrán a la luz. Entre ellas, estas siete:

  • The Aftermath (“El resultado”)

El maestro completó su primera novela cuando tenía solo 16 años; la obra tiene unas escasas 50.000 palabras, casi nada en comparación con algunos mamotretos que escribió después. La novela ocurre luego de una guerra nuclear: un joven trata de sabotear el Sun Corps, una fuerza militar que en realidad es una raza de extraterrestres llamados Denebianos. King opina que es un trabajo juvenil y por eso no desea publicarlo. De todos modos, “The Aftermath” está en el célebre Archivo Fogler de la Universidad de Maine. Pueden leerla allí, siempre y cuando obtengan un permiso del mismísimo King.

  • I Hate Mondays (“Odio los lunes”)

El maestro ha colaborado con otros escritores en unas pocas obras (Peter Straub, por ejemplo, o Chris Carter, creador de los “X-Files”) y esto incluye a sus hijos Joe y Owen. Cuando este último era chico escribió este cuento junto con su padre. En “I Hate Mondays”, dos inadaptados son secuestrados por un matón llamado Dr. Mindbender (algo así como Dr. Alucinante) que les exige la combinación de una caja fuerte. El cuento también está en el Archivo Fogler.

  • Squad D (“Pelotón D”)

King escribió este cuento para “Last Dangerous Visions”, una antología de Harlan Ellison que nunca se publicó, pese a lo cual Stephen no lo incluyó en ninguno de sus volúmenes de cuentos. En “Squad D”, un hombre es el único sobreviviente de su pelotón en Vietnam; la razón es que estaba internado por hemorroides y por eso no estuvo en la batalla que mató a todos sus compañeros. El soldado se siente culpable y se pone en contacto con las familias de los muertos para disculparse; ahí es cuando empiezan a pasar cosas raras (obviamente). “Squad D” está en algún lugar de Internet, por si tienen ganas de leerlo.

  • The Cannibals (“Los caníbales”)

Antes de escribir “Under the Dome” (“La cúpula”) King intentó desarrollar el concepto un par de veces; una de ellas fue una novela de trama similar, llamada “The Cannibals”. Llegó a escribir 500 páginas en 1981, hasta que perdió el manuscrito. Cuando apareció, en 2009, terminó escribiendo “Dome”. Luego permitió que algunos extractos de la novela original fueran posteados en su sitio oficial, más que nada para desmentir rumores que decían que había robado el argumento de la película de los Simpsons, en la que la ciudad de Springfield queda encerrada en una burbuja gigante (o así me contaron, nunca la vi; no me gustan los Simpsons).

  • The House on Value Street (“La casa en la Calle Value”)

A principios de la década de 1970, el maestro trató de escribir una ficción basada en el entonces famoso secuestro de Patty Hearst, pero la dejó sin terminar porque no le encontraba la vuelta. La historia de Hearst, de todos modos, ya no es una referencia contemporánea. Lo bueno de que King haya abandonado este proyecto es que se puso a trabajar en la espectacular “The Stand”.

  • Phil and Sundance

King comenzó a trabajar en esta novela corta alrededor de 1987, pero nunca la completó. Nadie supo de su existencia hasta 2013, cuando un sitio francés dedicado a él reveló que la había obtenido a través de alguien que, supuestamente, había conocido a King en persona. La editorial Cemetery Dance compró el texto original pero sostienen que el escritor no tiene intención de retomar su desarrollo.

  • Sword in the Darkness (“Espada en la oscuridad”)

Es una novela de unas 150.000 palabras que Stephen terminó de escribir cuando aún estaba en la Universidad de Maine, en 1970. Trata sobre una banda de asaltantes que planea una rebelión racial para ocultar una serie de robos. Nada menos que 12 editoriales se la rechazaron, incluyendo a Doubleday, que luego publicaría varias obras de King. Este se decepcionó pero luego declaró que la novela era “oscura y chabacana”.

(Fuente: Mental Floss)

Los nueve viejos de Disney

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Resulta que Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE.UU. entre 1933 y 1945, alguna vez dijo que los jueces de su Corte Suprema eran los “nueve viejos”, ya que se preguntaba si estos nueve señores no estaban un poco fuera de onda con su tiempo. Walt Disney tomó prestada la expresión para referirse a sus nueve principales animadores, tipos que no solo no estaban fuera de onda sino que fueron quienes desarrollaron la industria con su técnica innovadora. Sus nombres no son conocidos; lo que hicieron sí, y mucho. Miren, si no:

  • Les Clark

El comienzo de la carrera de Clark en Disney es curioso. El hombre era estudiante del secundario y trabajaba en un restaurante frecuentado por Walt y Roy Disney. Un día, Clark los estaba atendiendo y directamente le pidió trabajo a Walt; este le contestó que primero debía ver algo de su trabajo. Clark se puso a copiar caricaturas y se las llevó a Disney. Walt le dijo que le gustaba la línea de Clark, y que se presentara a trabajar el siguiente lunes; a Clark esto le venía muy bien porque se recibió el jueves previo: cuatro días después estaba trabajando en Disney. ¿Qué hizo allí? Para empezar, ayudó al legendario animador Ub Iwerks en sus primeros cortos de Mickey. Después trabajó en algunos personajes que tal vez recuerden: Pinocho, los enanos de Blancanieves, Alicia, Peter Pan, el Mickey hechicero de “Fantasía”, Cenicienta, y más.

  • Marc Davis

En 1935, Marc Davis buscaba trabajo como dibujante de periódicos y se enteró de que Disney Studios estaba contratando ilustradores. No tenía ninguna experiencia como animador, pero Disney quedó muy impresionado con sus bocetos de anatomía y movimiento de animales, así que lo contrató como aprendiz de animador para “Blancanieves y los siete enanitos”. Davis hizo una tremenda carrera en Disney; colaboró en el desarrollo de Bambi, Campanita, Maléfica, Cruela de Vil, entre otros personajes.

  • Ollie Johnston

Johnston ingresó a Disney junto con Marc Davis en 1935, y también lo hizo como aprendiz de animador. Uno de sus primeros proyectos fue el corto “La tortuga y la liebre”, de la serie Silly Symphonies, que ganó un Oscar al mejor corto. Después trabajó en personajes de largometrajes como “Robin Hood”, “Peter Pan”, “La Bella Durmiente” y “Bambi”.

  • Milt Kahl

Kahl es otro que pretendía trabajar como ilustrador en un periódico, pero vio en el cine el corto “Los Tres Cerditos” de Disney y decidió probar con la animación. Entró en la compañía como animador asistente en 1934, y llegó a trabajar en los personajes de estas películas: “Cenicienta”, “Mary Poppins”, “101 Dálmatas”, “El Libro de la Selva”, “Robin Hood” y “Bernardo y Bianca”. Otra razón por la que es conocido es su célebre ahijado artístico, nada menos que Brad Bird, director de “Los Increíbles” y “Ratatouille”, ambas de Pixar. Resulta que a los 13 años (!) Bird le envió su primer corto animado a Milt Kahl; era una remake de “La Tortuga y la Liebre”. Kahl, muy impresionado, tomó al joven Bird a su cargo.

  • Ward Kimball

Al igual que Milt Kahl, Kimball también decidió probar su suerte en la animación después de ver “Los Tres Cerditos”; antes, trabajaba como ilustrador en revistas. Se recibió en la Santa Barbara School of Art y en 1934 ingresó a Disney, donde trabajó en prácticamente todas las películas animadas hasta que se jubiló en 1972. Uno de los filmes en los que desarrolló más personajes fue el clásico “Alicia en el País de las Maravillas”. Otro de los aspectos que lo destacó fue su sentido del humor: parece que le encantaba propagar el famoso rumor de que Walt Disney se había hecho congelar. No lo decía directamente, pero afirmaba que a Disney le interesaban la ciencia y los experimentos, por lo que no resultaría extraño que lo hubiera hecho.

  • Wolfgang Reitherman

La carrera de este hombre es por lo menos curiosa: él quería ser ingeniero aeronáutico hasta que se enamoró de la técnica de la acuarela. En consecuencia cambió de escuela y entró en el Chouinard Art Institute de Los Ángeles; allí tuvo un profesor que también dictaba clases en el Walt Disney Studio. Reitherman se incorporó a la empresa en 1933 y trabajó en personajes de las películas “Peter Pan”, “Fantasía”, “Blancanieves” y “Pinocho”.

  • Frank Thomas

Ya desde chico, cuando tenía 9 años, Thomas quería ganar dinero dibujando. Ingresó a Disney en 1934 y lo primero que hizo fue trabajar en un corto de Mickey. Luego participó en los largos “Cenicienta”, “El Sastrecillo Valiente”, “Mary Poppins”, “La Dama y el Vagabundo” (fue el que hizo la famosa secuencia en que los protagonistas comen spaghettis), “El Libro de la Selva” y “Peter Pan”. Además, escribió junto con Ollie Johnston el libro “The Illusion of Life: Disney Animation”, para muchos la Biblia de los animadores. Thomas y Johnston son los ancianos que aparecen al final de la película “Los Increíbles” diciendo que lo que acaban de ver es “vieja escuela”.

  • Eric Larson

A Larson le gustaba dibujar y, a partir del consejo de un amigo, envió sus trabajos a Disney; cuando se retiró, en 1986, había completado una de las carreras más extensas en la compañía: nada menos que 52 años. Trabajó en filmes como “La Dama y el Vagabundo”, “La Espada en la Piedra”, “Los Aristogatos”, y Winnie the Pooh”. Es muy conocido por el programa de reclutamiento y entrenamiento que implementó en Disney, de donde salieron figuras como John Lasseter, Brad Bird, Don Bluth, Tim Burton, Glen Keane, Henry Selick, Andreas Deja y Ron Clements, entre muchos otros.

  • John Lounsbery

Igual que muchos otros de los “nueve viejos”, Lounsbery se graduó en un instituto de arte y luego se unió a Disney, donde es especializó en cortos animados del perro Pluto. También trabajó en “101 Dálmatas”, “Fantasía” (fue el responsable de los hipopótamos y el caimán), “Dumbo”, “Alicia en el País de las Maravillas”, entre otros. Lounsbery siempre fue el más callado de los viejos de Disney, y mantuvo un muy bajo perfil. Decía que él y Disney tenían un acuerdo: Walt lo juzgaba por lo que producía y no esperaba que hablara mucho en las reuniones creativas.

(Fuentes: Mental Floss; “The Nine Old Men: Lessons, Techniques, and Inspiration from Disney’s Great Animators”, de Andreas Deja)

Los Diez Mandamientos del siglo XXI

Writer Christopher Hitchens

La cantidad de oficios que desempeñó Christopher Hitchens durante su relativamente corta vida (murió en 2011 a los 62 años) casi podría alcanzar para una nota entera: escritor, columnista, ensayista, orador, crítico literario y social, periodista. El hombre hablaba y escribía con la misma pasión, en general en contra de cosas como la religión y los criminales de guerra. En otras ocasiones no solo criticaba temas específicos sino que, además, proponía alternativas. Es el caso que nos ocupa: Hitchens la emprendió contra los Diez Mandamientos originales para luego ofrecer los Diez Mandamientos del siglo XXI.

Cuando se refirió a los originales, prácticamente los destrozó debido a, según él (no es cuestión de herir sensibilidades aquí), sus inconsistencias e hipocresía. Por ejemplo, sostiene que Moisés les dijo a sus seguidores “No matarás” para luego mandarlos a que maten a todos los madianitas y se queden con sus hijas vírgenes. Pero a Hitchens le gusta el Octavo Mandamiento (“No robarás”) y también el Noveno (“No dirás falso testimonio contra tu prójimo”) porque aseguraba que estaban instalando un sistema de justicia basado en la verdad.

El resto de los Mandamientos, directamente los destruye. Sin embargo, al mismo tiempo propone diez nuevos Mandamientos pensados para que los seres humanos vivan en el siglo XXI como personas racionales y comprensivas. Son estos:

  1. No condenarás a la gente por su origen étnico o su color.
  2. No usarás a la gente como propiedad privada.
  3. Despreciarás a quienes usen la violencia o la amenaza de violencia en relaciones sexuales.
  4. Esconderás tu rostro y llorarás si te atreves a lastimar a un niño.
  5. No condenarás a la gente por su naturaleza congénita.
  6. Tendrás en cuenta que también eres un animal y que dependes de la naturaleza, por lo que pensarás y actuarás en consecuencia.
  7. No imaginarás que podrás escapar a tu juicio si robas con un falso plan en lugar de hacerlo con un cuchillo.
  8. Apagarás ese celular de mierda.
  9. Denunciarás a los yihadistas y cruzados por lo que son: criminales psicópatas con horribles delirios.
  10. Estarás dispuesto a renunciar a cualquier dios o religión si un mandamiento sagrado contradice a cualquiera de esta lista.

¿Qué tal? ¿Están dispuestos a conducir sus vidas de acuerdo con estos preceptos?

(Fuente: openculture.com)

El nombre de una marca

sin tocayos

Hace ya unos años, el publicitario paraguayo Daniel Nasta publicó un divertidísimo libro llamado “Sin tocayos”, en el que recopila nombres ridículos que llevan algunas personas en Latinoamérica y también en otros continentes. Aunque todo el libro es una maravilla, hay una sección que nos interesa especialmente a nosotros los publicitarios: personas que se llaman como marcas. Son varios los casos que reporta Nasta:

  • Estos dos nombres fueron registrados por el autor en Brasil. Uno de ellos es una mujer llamada Cafiaspirina Da Silva. El otro requiere una breve explicación, ya que en Brasil existe una popular marca de pastas denominada Adria, de donde salió el nombre de una mujer: Adria Pasta.
  • La industria automotriz aporta varios nombres curiosos: Lotus McLaren Machado, Mercedes Benz Pino, Chevrolet Moreira, Harley Fernández (por las motocicletas Harley-Davidson).
  • Otros ejemplos de nombres basados en marcas son Nivea Alvarado, Hilton Da Silva, Cassio Scapin, Hoover Abadie (que debe su apelativo a las aspiradoras Hoover), Maybelline Villalba Jacquet.
  • En algunos casos, los nombres no derivan de marcas específicas pero le andan cerca. Varios de estos ejemplos son cubanos; allí muchos niños se llaman Onecent (por la moneda de un centavo de dólar: One Cent). En Puerto Rico hay niños llamados Usmail, porque eso dicen los buzones de correo: U.S. Mail. Hay otros con los nombres Usnavi o Usnavy (por barcos de la marina estadounidense, U.S. Navy) y uno increíblemente llamado Neividos (por el barco U.S. Navy II).
  • Existe el espectacular caso de la niña llamada Iloveny porque su madre, en camino a la clínica a parir, vio una calcomanía que decía “I Love NY”. La frase le encantó y decidió llamar así a su hija…
  • En Boyacá, Colombia, hay un nombre no es una marca sino un producto: se llama Safety Razor.
  • Un par de casos de Ecuador, donde varios padres fanáticos de determinadas marcas han llamado a sus hijos Emporio Musical (el nombre de un popular negocio), Exquisita Pilsener y Eveready Pilar.
  • Para terminar, se dice (no sé si está comprobado) que la modelo y actriz Margaux Hemingway fue llamada así porque fue concebida una noche en que sus padres habían bebido el vino Chateau Margaux.

Estos son solo los casos de nombres a partir de marcas, pero en el libro hay muchas más historias divertidas. Si lo pueden conseguir, les aseguro que van a pasar un buen rato.

Cómo disponer de un buen lomo

lomos de libros

Tal vez les haya sucedido estar en una librería y revisar los libros dispuestos verticalmente leyendo sus lomos, buscando títulos o autores específicos. Realizar esta acción en una librería estadounidense es bastante simple: uno inclina la cabeza en un sentido -hacia la derecha- y sencillamente recorre la estantería, ya que en todos los libros los lomos están diseñados con el texto ubicado del mismo modo. En una librería argentina, en cambio (es la experiencia más cercana que tengo), la tarea es más complicada, ya que los lomos no cuentan con un criterio unificado y pueden estar para arriba o abajo, según el capricho del diseñador. Esto hace que uno deba inclinar la cabeza hacia uno y otro lado de manera constante.

Para plantar el lomo de un libro son varios los datos a tener en cuenta: título, nombre del autor o autores, nombre de la editorial, si tiene número de volumen o subtítulo, etc. Conviene ubicar el título horizontalmente y en buen tamaño, como para que se pueda ver desde una distancia. Pero la duda que siempre aparece, según los diseñadores, es cuando no se sabe si disponerlo de forma ascendente o descendente.

Como consigné más arriba, en el mundo anglosajón se suele recurrir a la opción en la que el título va de cabeza a pie. La ventaja de esto es que cuando el libro está sobre una mesa o apilado, por ejemplo en una vidriera, se puede leer su lomo sin mayores problemas. Pero la disposición contraria, en la que el título se lee de pie a cabeza, también tiene una ventaja: cuando el libro está colocado verticalmente en una estantería, hay que girar la cabeza hacia la izquierda, y es un giro más natural.

No hay una regla estricta para diseñar el lomo de un libro, y las posibilidades, como queda expuesto, son muchas. Lo lógico es hacerlo de la manera que resulte más sensata y, claro, teniendo en cuenta la necesidad de que ese lomo funcione para hacer más atractivo el libro. Personalmente, me quedo con la opción anglosajona o, al menos, con cualquier iniciativa que unifique el criterio, cosa de que sea más fácil buscar en una librería, para mí una de las actividades más felices del universo.

(Fuente: manueltamayohaya.wordpress.com)