El curioso slogan original de la Real Academia Española

RAE

Todos sabemos, o deberíamos saber, qué es la Real Academia Española (RAE), esa institución que aprueba nuevas palabras todo el tiempo y que tanto nos ayuda cuando no recordamos cómo se escribe algún término. Lo que no muchos saben es que la Academia nació con un slogan (o “eslogan” según el Diccionario Panhispánico de Dudas, que edita la Real Academia). Y que ese slogan es bastante extraño. Veamos.

La Real Academia Española se creó en Madrid en 1713, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, también su primer director. El 6 de julio de ese año se celebró la primera sesión oficial de la nueva corporación en la casa del fundador. Luego, el 3 de octubre de 1714, su constitución fue aprobada oficialmente a través de una real cédula del rey Felipe V.

Dos años después de su creación, la RAE evaluó una serie de propuestas para decidir su lema, que no solo debía tener una frase sino también una imagen. Un isologo, bah. La decisión se tomó en una votación secreta y eligieron un crisol acompañado por la leyenda “Limpia, fija y da esplendor”.

crisol RAE

Sí, ese es su slogan. Como ya habrán notado, parece mucho más apropiado para una campaña publicitaria de productos de limpieza. Los estatutos vigentes de la RAE, aprobados en 1993, declaran con bastante más lógica que el objetivo de la Academia es “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”. Muy bonito. Pero no nos hará olvidar que, en sus orígenes, la Real Academia Española casi que se definió como un detergente.

(Fuente: rae.es)

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El cuestionario Proust

lipton

Cualquiera que haya visto alguna vez el programa “Inside the Actors Studio”, debe tener como una de sus partes favoritas el cuestionario que el conductor James Lipton hace a sus invitados al final de cada emisión.

Lipton suele aclarar que ese cuestionario fue creado por el periodista francés Bernard Pivot pero, según parece, esto no es exactamente así, sino que las preguntas se las hicieron al escritor Marcel Proust, conocido por su kilométrica obra “En busca del tiempo perdido”. A fines del siglo 19, era muy común en las familias inglesas responder preguntas que revelaran los gustos y aspiraciones de una persona. Una amiga de Proust llamada Antoinette le hizo contestar las preguntas en un álbum de confesiones titulado “An Album to Record Thoughts, Feelings, etc.”; Proust respondió el cuestionario dos veces: la primera en inglés, en 1885 o 1886, y la segunda en francés alrededor de 1892. Las preguntas eran las siguientes:

  1. ¿Cuál es el aspecto principal de tu personalidad?
  2. ¿Cuáles son tus cualidades favoritas en un hombre?
  3. ¿Cuáles son tus cualidades favoritas en una mujer?
  4. ¿Qué es lo que más aprecias en tus amigos?
  5. ¿Cuál es tu principal defecto?
  6. ¿Cuál es tu ocupación favorita?
  7. ¿Cuál es tu idea de la felicidad?
  8. ¿Cuál es tu idea de la desgracia?
  9. Si no fueras tú, ¿quién te gustaría ser?
  10. ¿Dónde te gustaría vivir?
  11. ¿Tu color favorito?
  12. ¿Tu flor favorita?
  13. ¿Tu pájaro favorito?
  14. ¿Quiénes son tus escritores favoritos en prosa?
  15. ¿Tus poetas favoritos?
  16. ¿Cuáles son tus héroes de ficción favoritos?
  17. ¿Y tus heroínas?
  18. ¿Quiénes son tus pintores y músicos favoritos?

En su programa “Apostrophes”, el francés Pivot formula este cuestionario a sus escritores invitados para revelar datos sobre su trabajo y su personalidad. Inspirado por Pivot, Lipton usa una versión adaptada y abreviada del cuestionario, pero con bastantes diferencias:

  1. ¿Cuál es tu palabra favorita?
  2. ¿Cuál es tu palabra menos favorita?
  3. ¿Qué te excita?
  4. ¿Qué te desagrada?
  5. ¿Qué sonido o ruido amas?
  6. ¿Qué sonido o ruido odias?
  7. ¿Cuál es tu mala palabra favorita?
  8. ¿Qué profesión que no sea la tuya te gustaría probar?
  9. ¿Qué profesión no te gustaría realizar?
  10. Si el Paraíso existe, ¿qué te gustaría que te diga Dios cuando llegues?

Elijan la versión que deseen (o las dos) y respondan el cuestionario. Les aseguro que es tan entretenido como revelador.

Sí, amigos: ¡más consejos para escribir!

steinbeck

Es probable que, a esta altura, ya existan más artículos sobre este tema que libros escritos. Pero vale la pena compartir estos consejos para enfrentar la página en blanco, sobre todo porque provienen del enorme autor John Steinbeck, creador, entre otras maravillas, de “Viñas de ira”, “De ratones y hombres” y “Al este del paraíso”. Al escribir estos consejos, Steinbeck declaró que deseaba entregar el beneficio de la experiencia que acumuló luego de enfrentarse varias veces con 400 páginas para llenar. Y que estas son algunas de las cosas que tuvo que hacer para no volverse loco. Acá van, y numeradas:

  1. Abandoná la idea de que alguna vez vas a terminar tu obra. Olvidate de las 400 páginas y escribí solo una página por día; eso ayuda. Luego, cuando termines, te vas a sorprender.
  2. Escribí libremente y arrojá todo sobre el papel tan rápido como puedas. Nunca corrijas o reescribas hasta que hayas finalizado. Reescribir durante el proceso suele ser una excusa para no seguir escribiendo. Y también interfiere con el ritmo que solo se logra mediante una asociación inconsciente con el material.
  3. Olvidate de tu público general. En primer lugar, ese público sin rostro y sin nombre te va a aterrorizar, y en segundo lugar, a diferencia del teatro, no existe. He descubierto que a veces ayuda mucho elegir a una persona, real o imaginaria, y escribir para ella. (Nota: Stephen King ofrece un consejo muy similar.)
  4. Si no lográs resolver una sección y aun así deseás incluirla, seguí de largo. Cuando hayas terminado podés volver a esa sección: es posible que descubras que tu incapacidad para resolverla se debía a que la sección nunca debió estar allí.
  5. Cuidate de la escena que amas en particular, incluso por sobre el resto de la obra. Con frecuencia te vas a dar cuenta de que no está a tono con las demás escenas.
  6. Si estás escribiendo diálogo, debés recitarlo en voz alta a medida que lo redactás. Solo así vas a lograr el sonido perfecto del habla.

Steinbeck asegura que no existen dos personas que apliquen el mismo método, pero que este le ha funcionado, y muy bien. Ojalá funcione para ustedes.

“Clickbaits”, más clásicos que nunca

litbait

Lo que en inglés se denomina “clickbait” (literalmente, “carnada para clics”) son esas frases sensacionalistas e intrigantes que aparecen en Internet con la obvia intención de que las cliqueemos para ver de qué se trata. Ahora, una librería de Texas, EE.UU., encontró la manera de aprovechar este fenómeno.

La librería se llama The Wild Detectives, y lanzó una campaña llamada Litbaits: la creación de clickbaits basados en clásicos de la literatura, para que la gente lea más libros. La idea es que al cliquear en estas frases escandalosas, el usuario llegue a diversos posteos en blogs que contienen un clásico literario completo. Cada uno de estos posteos comienza con la frase “Caíste con el clickbait, ahora vas a caer por el libro”. Entre estos clásicos hay obras de Shakespeare, Oscar Wilde, Stevenson y varios más. Disfruten la lista de clickbaits aquí debajo; todos son maravillosos, y el último es directamente espectacular.

  • Un británico muere cuando una selfie le sale mal (“El retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde)
  • Una adolescente engaña a su novio para que este se suicide (“Romeo y Julieta” de William Shakespeare)
  • Nunca adivinarás qué le pasó a esta chica luego de que un tornado destruyó su casa (“El Mago de Oz” de L. Frank Baum)
  • Doctor alemán es el primero en realizar un trasplante completo de cuerpo (“Frankenstein” de Mary Shelley)
  • Nueva droga sintética convierte a los londinenses en maníacos violentos (“El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson)
  • Un mochilero tiene el peor viaje de su vida cuando una tribu lo ataca con estiércol (“Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift)
  • Un rumano descubre algo tan asombroso sobre el ajo que te dará pesadillas (“Dracula” de Bram Stoker)
  • Este político italiano hace que Trump parezca un santo (“El príncipe” de Nicolás Maquiavelo)

(Fuente: mymodernmet.com)

Jorge Luis Borges reflexiona sobre… ¿Facebook?

borges y gato

Hace poco me topé con un excelente artículo de Maria Popova en el muy recomendable sitio Brain Pickings. La nota se llama “La persona privada y la persona pública: Borges y el yo dividido”, e incluye una reflexión de Borges llamada “Borges y yo”. El artículo cita a otros autores, y todos meditan sobre las multitudes que contiene cada uno de nosotros, partes de la identidad que resultan inseparables del todo. En un ensayo sobre Ser vs. Parecer, Hannah Arendt aseguró que “nada ni nadie existe en este mundo cuya sola existencia no suponga la presencia de un espectador”. En todos nosotros hay una persona pública que encierra una persona privada, un ser aspiracional que emana del ser real.

La nota afirma que nadie se refirió con más elegancia a este desgarramiento existencial que Jorge Luis Borges en la ya citada parábola “Borges y yo”, en la que explora la división entre la persona pública y la privada. El texto apareció en una colección llamada “Laberintos” en 1962, y es este:

Borges y yo

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.”

Leer la nota y releer el texto de Borges me hicieron pensar casi automáticamente en algo que el gran escritor argentino no conoció: las redes sociales. Ya se ha reflexionado sobre la tendencia a mostrarnos en estas redes (principalmente Facebook, pero también Twitter, Instagram, LinkedIn y otras) de una manera ideal que solo de vez en cuando roza la real. Y esto es algo que todos hacemos a diario y también reconocemos a veces. Este tema da para pensar y escribir mucho más, y convendría que lo hagan personas lo suficientemente capaces de hacerlo (yo no lo soy) pero de todos modos los invito a hacer una prueba: relean el texto de Borges e imaginen que “el otro” es el que se muestra en Facebook. Se van a dar cuenta de que, sin saberlo, Borges estaba escribiendo sobre esto.

(Fuente: brainpickings)

Stephen King escribe para que nosotros escribamos

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Creo haberlo dicho en este generoso espacio, pero por las dudas aquí va de nuevo: a mí me encanta Stephen King. Varios de sus más de 70 libros están entre mis favoritos, y además me encanta él: cómo piensa, cómo habla, cómo se maneja, y cómo aconseja. Acerca de esto último, King escribió hace años un libro extraordinario llamado “On Writing: A Memoir Of The Craft”, en parte compuesto por sus memorias y en parte por sus estrategias para escribir. De ese libro salen estas ocho estrategias, válidas para cualquiera que desee escribir. Sí, creativos publicitarios también. Aquí van:

  1. Decir la verdad. King aconseja “¿Sobre qué vas a escribir? Sobre lo que se te dé la gana, siempre y cuando sea la verdad. Escribe sobre lo que quieras, luego súmale vida y hazlo único con tu conocimiento personal sobre la vida, la amistad, las relaciones, el sexo, el trabajo. Lo que sabes te hace único; sé valiente”.
  2. No uses grandes palabras cuando las pequeñas funcionan. “Una de las peores cosas que puedes hacer es decorar tu vocabulario buscando palabras largas porque te avergüenzas de las cortas. Es como vestir a tu mascota con ropa de etiqueta.”
  3. Usa párrafos de una sola oración. “El objetivo de la ficción no es la corrección gramatical sino darle la bienvenida al lector y contarle una historia. Hacer que se olvide, cuando sea posible, de que está leyendo una historia. El párrafo de una sola oración es más parecido a una charla que a la escritura, y eso es bueno. Escribir es seducir. La buena charla es parte de la seducción. Por eso tantas parejas salen a cenar y terminan en la cama.”
  4. Escribe para un “Lector Ideal”. En palabras de King: “Alguien dijo que todas las novelas son en realidad cartas dirigidas a una persona. Yo lo creo así. Creo que cada novelista tiene un solo e ideal lector. Que en varias ocasiones a lo largo del proceso, el escritor piensa ‘¿qué pensará él o ella cuando lea esta parte?’; para mí, ese primer lector es mi esposa. Te conviene llamar Lector Ideal a esa persona para quien escribes.”
  5. Lee mucho. “Leer es el centro creativo de la vida de un escritor. Yo llevo un libro conmigo a donde vaya, y siempre encuentro una oportunidad para leerlo. El truco es entrenarte para leer en tragos cortos o largos. Las salas de espera se hicieron para esto, pero también están las antesalas de los cines y teatros, las colas en los bancos y, por supuesto, el baño.”
  6. Escribe una palabra por vez. “Una vez me preguntaron cómo escribía y yo respondí que de a una palabra por vez. El periodista se quedó sin palabras, pero para mí siempre es así de simple.”
  7. Escribe todos los días. “Cuando escribo, lo hago todos los días. Esto incluye Navidad, feriados y mi cumpleaños (de todas maneras, a mi edad uno tiende a ignorar sus cumpleaños). Cuando escribo, todo es un patio de juegos para mí, e incluso las tres peores horas que pasé allí terminaron siendo buenas.”
  8. Escribe para disfrutarlo. “Sí, hice un montón de dinero con mis libros, pero jamás escribí una palabra pensando en lo que me iban a pagar. Lo hice por la excitación, por la alegría de hacerlo. Y si lo puedes hacer para divertirte, lo puedes hacer para siempre.

(Fuente: inc.com)

“Esta, señor, es mi renuncia”

At Home In Oxford

Hay muchas historias de artistas famosos que en algún momento ejercieron un trabajo aburrido y rutinario, hasta que decidieron dejarlo para perseguir sus sueños y, en general, alcanzarlos (de otro modo no se habría conocido su historia, ¿no?). Entre esos artistas hay varios escritores: Herman Melville, por ejemplo, fue inspector de aduanas en Nueva York, y tanto Walt Disney como Charles Bukowski trabajaron en el correo.

Otro célebre escritor que trabajó en un correo fue William Faulkner, y sobre él trata esta nota. El hombre abandonó la Universidad de Mississippi en 1920 y empezó a desempeñarse como su jefe de correo. No era bueno en su tarea; se la pasaba jugando a las cartas, componiendo poemas y bebiendo. Según el escritor y editor Bill Peschel, Faulkner abría el correo cuando se le daba la gana y lo cerraba con frecuencia para irse a cazar o a jugar al golf. Tiraba a la basura lo que él consideraba innecesario, como folletos publicitarios y circulares universitarias, lo que hizo que una publicación estudiantil creara un slogan para su servicio: “El correo, siempre a destiempo”.

Con bastante lógica, sus jefes tenían pensado despedirlo. Faulkner se la veía venir, por lo que decidió renunciar antes de que lo echaran. Y compuso una carta de renuncia tan breve como dramática:

“Mientras viva bajo el sistema capitalista, sé que mi vida será dirigida por las exigencias de la gente de dinero. Pero jamás estaré a las órdenes de cualquier sinvergüenza itinerante que tenga dos centavos para invertir en una estampilla de correo. Esta, señor, es mi renuncia.”

Como tantos otros cuyo trabajo diario era tedioso y poco inspirador, Faulkner consagró el resto de su vida a escribir ficción. (Irónicamente, muchos años después se emitiría una estampilla dedicada a él.) Y también como tantos otros, cuando ya era famoso contó la historia de su renuncia con cierta exageración, llegando incluso a cambiarle el texto. El mismo Peschel asegura que Faulkner declaró haber enviado este texto:

“Reconozco que estaré bajo las órdenes de gente de dinero durante toda mi vida, pero gracias a Dios nunca estaré a las órdenes de cualquier hijo de puta con dos centavos para comprar una estampilla.”

Esta segunda versión no solo es más contundente e insultante, sino que además muestra que el tipo había estado practicando la escritura. Si alguno de ustedes se encuentra en un trabajo así y desea renunciar, siéntanse libres de usar las palabras de William Faulkner.

(Fuentes: Letters of Note, Open Culture)