“2001: Odisea del Espacio”, de Stanley Kubrick, se estrenó en 1968. Durante sus primeras semanas en cartel, no fue precisamente un éxito de público. Los responsables del estudio MGM estaban por levantarla de las salas (estaban perdiendo plata) pero varios distribuidores les pidieron que siguiera exhibiéndose un tiempo más. Habían notado, no sin sorpresa, que cada vez más jóvenes iban a sus cines a verla.
Parece que entre los muchachos había corrido el rumor de que la película incluía una secuencia muy particular, que se conoce como la secuencia “Star Gate”: es el momento en que el astronauta David Bowman (Keir Dullea) es llevado por los extraterrestres a través de diversos paisajes espeluznantes. Los jóvenes descubrieron que esa secuencia se disfrutaba mucho más bajo la influencia de drogas psicodélicas. Y empezaron a ir al cine falopeados.
Este descubrimiento tardío ayudó a que, finalmente, la película fuera un éxito financiero.
En las películas de vampiros, siempre alguien se da cuenta con relativa facilidad de que quien está asolando una aldea o una ciudad es un vampiro. Si el villano chupa sangre ajena, aparece solo de noche, le escapa a las cruces y al ajo, es un vampiro.
En las películas con hombres lobo, cuando aparecen cadáveres en las noches de luna llena y hay un tipo que no puede justificar su ausencia, sus ropas desgarradas y sus dientes ensangrentados, ese es el hombre lobo.
En las películas de Frankenstein, cuando los aldeanos ven una silueta enorme, que camina a los tumbos, gruñe y amenaza, ese es el monstruo.
Pero en las películas de zombies, ninguno de los protagonistas parece haber visto jamás una película de zombies. Hay infinidad de filmes, series, cómics, videojuegos y libros en los que aparecen los temibles no-muertos, pero cuando los protagonistas ven un zombie, muestran una sorpresa inexplicable. En el comienzo de “World War Z” (un comienzo extraordinario, ya que estamos), la mujer de Brad Pitt ve venir a los zombies, hambrientos y enfurecidos como siempre, y grita “¿Qué es eso, qué es eso?”. Y dan ganas de preguntarle, ¿cómo “qué es eso”? ¿Dónde vivís, en un sótano? ¿Nunca viste una película de zombies?
La extraordinaria película “Patton”, biografía del famoso general estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, se estrenó en 1970. La dirigió Franklin J. Schaffner a partir de un guion de Francis Ford Coppola (nada menos) y Edmund H. North. La protagonizaron George C. Scott como Patton y Karl Malden como el General Omar Bradley.
Al final de la película, Patton aparece paseando con su perro por un paisaje desolado mientras habla de historia militar. Y dice un breve monólogo sacado del libro “The Roman Triumph”, de Robert Payne. Es así:
“Durante más de 1.000 años, los conquistadores romanos que regresaban de la guerra disfrutaban del honor de un triunfo. En la procesión había músicos, animales exóticos de los territorios conquistados, carretas llenas de tesoros y armamento capturado. El conquistador se trasladaba en una carroza, y los aturdidos prisioneros caminaban delante de él. A veces sus hijos, vestidos de blanco, iban con él en la carroza; otras veces cabalgaban a su lado.
Un esclavo viajaba parado detrás del conquistador, sosteniendo una corona dorada sobre su cabeza y susurrando en su oído una advertencia: toda gloria es efímera.”
Todos sabemos qué es “Robinson Crusoe”, la novela de Daniel Defoe publicada por primera vez en abril de 1719. Muchos sostienen que es el comienzo de la ficción realista como género literario; otros aseguran que es la primera novela de la historia, o al menos la primera novela inglesa. Estas afirmaciones se discuten desde hace décadas.
No importa. Lo que vengo a contar es algo que no todos sabemos. El título original de la novela no consistía solo en el nombre de su protagonista, sino que era lo suficientemente largo como para pasarse toda una estadía en una isla desierta y aun así no terminar de leerlo.
Acá va: “The Life and Strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe, of York, Mariner; Who Lived Eight and Twenty Years, All Alone in an Un-Inhabited Island on the Coast of America, Near the Mouth of the Great River of Oroonoque; Having Been Cast on Shore by Shipwreck, Wherein All the Men Perished but Himself: With an Account How He Was at Last as Strangely Deliver’d by Pyrates”.
El episodio “Errand of mercy”, de la primera temporada de Star Trek, es famoso porque en él debutó una raza extraterrestre que iba a ser fundamental en el desarrollo de la saga. Esta raza, los klingons, aparecían como los principales enemigos de la Federación de Planetas, aunque luego de la destrucción de su mundo, Qo’noS o Kronos, que sucede en la sexta película de la tripulación original (“Star Trek VI: The Undiscovered Country”) medio que no tienen más remedio que aliarse con los humanos. De hecho, a partir de ese momento, siempre hay un klingon en la tripulación del Enterprise: el más famoso es Worf, de The Next Generation.
Hay un par de teorías sobre quién fue el creador del nombre “klingon”. Una es que fue el guionista de aquel episodio, Gene Coon. La otra, que fue el creador de la serie, Gene Roddenberry. Pero ambas coinciden en el origen de la palabra.
Roddenberry había sido oficial de policía en Los Ángeles, California, y allí conoció al teniente Wilbur Clingan, de quien se hizo amigo. Se dice que Coon escuchó a Roddenberry hablar de su amigo, le gustó el apellido y lo deformó un poco para bautizar a los klingons. Y si no, el que se inspiró en Clingan fue el propio Roddenberry.
Como sea: la apariencia de los klingon fue cambiando con los años; se fueron haciendo más grandotes y amenazantes, y con más rasgos “extraterrestres”. El nombre, sin embargo, sigue ahí.
Acabo de volver a leer (por tercera o cuarta vez, no me acuerdo) la Odisea de Homero en la extraordinaria edición de Blackie Books. Y ya en las primeras páginas me encontré con un dato hermoso que no recordaba.
Se sabe que la primera traducción de la “Odisea” al latín se hizo alrededor del año 240 a. C. por el escritor y dramaturgo griego Livio Andrónico, que además era exesclavo. El protagonista, que en griego era Odysseus, se llamó Ulixes en latín.
Ya en la antigüedad, y como sigue sucediendo hoy cada vez que sale un libro, hubo varias críticas a la obra. Tal vez la más famosa sea la del poeta romano Horacio, en realidad gran admirador de Homero. En su “Epístola a los Pisones”, más conocida como “Arte Poética”, Horacio declara que incluso los mayores genios pueden cometer errores de continuidad y contradecirse.
Al principio de la Odisea aparece uno de estos errores: un personaje llamado Egiptio lamenta la muerte de su hijo a manos del cíclope Polifemo, cuando este se comió a varios miembros de la tripulación de Ulises; pero es imposible que Egiptio sepa esto, ya que en ese momento Ulises aún no había regresado a Ítaca y no se lo había contado. Horacio señaló este y otros errores con una frase que se convirtió en todo un clásico: “Quandoque bonus dormitat Homerus”, es decir, “De vez en cuando, hasta el buen Homero se duerme”.
Sí, ya sé que la misma existencia de Homero está en duda, y que algunos sostienen que no fue un tipo el que escribió la “Odisea” (y la “Ilíada”, ya que estamos) sino varios, y que otros afirman que en realidad la escribió una mujer. Prefiero pensar que fue Homero. Y que a veces se dormía.
A mediados de los años 2000, en la agencia nos disponíamos a filmar un comercial para una conocida marca de tecnología que estaba lanzando una nueva cámara fotográfica digital. El comercial se iba a filmar en Mónaco, nada menos, y estaba protagonizado por una importante celebridad latinoamericana (poco después esa celebridad se haría global al grabar su primer álbum en inglés).
Llegamos a Mónaco el día anterior a la filmación y a la mañana siguiente nos reunimos con el cliente en el lobby del hotel para charlar sobre el claim de la campaña, que todavía no estaba definido. La cámara tenía una característica: las fotos siempre salían en foco, más allá del movimiento de la mano de quien la tomara o del movimiento de quienes salieran en la foto. Todos los claims propuestos habían sido rechazados, o bien porque no describían el beneficio del producto o porque eran demasiado largos.
En medio de esa reunión llegó al hotel Ramiro Agulla, que en ese momento era una especie de “asesor de imagen” de la celebridad ya mencionada. Recién se había bajado del avión y se sentó con nosotros mientras esperaba su habitación. Nos preguntó en qué estábamos, le contamos la discusión sobre el claim y segundos después se quedó dormido. Nos miramos entre nosotros, agencia y cliente, y seguimos la charla pero hablando bajito para no despertarlo.
Un rato después, Ramiro se despertó medio como sobresaltado. Nos miró sorprendido, como sin saber dónde estaba, y dijo:
—Todo se mueve. Tus fotos no.
Inmediatamente después se volvió a dormir. El director de cuentas me empezó a hacer gestos desesperados con la mano y, siempre hablando bajito, me dijo:
—¡Anotá, boludo!
Lo hice, se lo expliqué al cliente (no hablaba español) y este lo aprobó con entusiasmo. Esa noche, la filmación arrancó recién a las 22 porque la celebridad llegó algo tarde, alrededor de cinco horas. Al rato, cuando yo estaba parado mirando el rodaje, Ramiro se paró a mi lado y me preguntó cómo cerraba el comercial. Le dije la misma frase que él había dicho unas 14 horas antes. Asintió con la cabeza y me dijo:
—Muy buena, che.
No se acordaba de nada. Así que, haciéndome bien el gil, le agradecí por el elogio cuando en realidad le tendría que haber agradecido por el concepto de toda la campaña.
Chau, Ramiro. Gracias por ese concepto. Gracias por todo.
No conocía esto, pero me parece maravilloso. Se trata de la llamada Ley de Cunningham, y dice así: la manera más rápida de obtener una respuesta correcta en Internet, es postear la respuesta equivocada.
La ley aprovecha un reflejo psicológico humano que motiva a la gente a corregir errores de manera pública en lugar de proveer información desde cero.
Debe su nombre al programador Ward Cunningham pero aparentemente la frase fue creada por su colega Steven McGeady, que vio a Cunningham usando este método para lograr respuestas técnicas en los primeros foros online. Y su funcionamiento es simple: una pregunta específica en foros o en redes sociales suele ser ignorada, pero compartir un error (sobre todo si se lo hace con absoluta certeza) hace que expertos o entusiastas contesten de inmediato con información correcta y detallada. Este principio les vino muy bien a proyectos colaborativos como Wikipedia, cuyo contenido es editable por usuarios naturalmente “obligados” a perfeccionar artículos con fallas.
Así que ya saben: compartan datos equivocados en redes, sobre todo en Twitter o X (“el sector fumadores de las redes sociales”, como alguien lo definió) y van a recibir un montón de respuestas con el dato correcto. O no, que también puede ser.
Hace unos días vi un video de un YouTuber que sigo, y que suele hablar sobre la música que más me gusta (y otras que no). Este hombre hizo una lista con diez recuerdos, o anécdotas, relacionados, justamente, con la música. Viendo el video, empecé a pensar de inmediato en mis recuerdos musicales y se me ocurrieron varios. Acá van, con la aclaración de que no están enumerados en orden de importancia, sino bastante al azar. O a medida que los recuerdo.
Frank Zappa en el Palladium
Nunca vi a Frank Zappa en vivo. Mi primer viaje a Nueva York fue en 1977 (tenía 17 años) y apenas llegamos mi viejo me mandó a comprar una revista Time Out para ver qué shows había y si llegábamos a ver alguno bueno. Compré la revista, me puse a buscar y me enteré, esa misma mañana, de que el Maestro había tocado en el Palladium LA NOCHE ANTERIOR. Si hubiera llegado un par de días antes, probablemente no habría conseguido entradas, pero igual. Me perdí a mi máximo ídolo musical por un día.
Yes en Vélez
Hasta 1982, ninguna de mis bandas favoritas había tocado en Buenos Aires (el año anterior había tocado Queen pero a mí nunca me gustó). Ese año vino Yes a Vélez, con la formación del disco “90125”, es decir, Travor Rabin en guitarra y no Steve Howe, y con el reciente hit “Owner of a Lonely Heart”. Dieron tres recitales y fui a dos. Después volvieron y los vi en el Luna Park, pero de aquellos shows en Vélez nunca me olvidé.
¿El primer disco que compré?
Como mi viejo viajaba mucho por trabajo, siempre traía discos que, suponía, nos iban a gustar a mí y a mis hermanos: Beatles, Creedence, Rascals, etc. En algún momento, a mis 11 o 12 años, me compré mi primer disco, pero no logro recordar si fue el primero de Emerson, Lake & Palmer (el de la paloma en la tapa) o “Atom Heart Mother”, de Pink Floyd (el de la vaca en la tapa). Todavía los tengo. El de Pink Floyd tenía -tiene- un sticker en la tapa que dice: “Warning: música anticomercial no bailable”. Solo con eso me convenció.
Fripp en el Coliseo
No logro recordar la fecha exacta, pero sí que Robert Fripp, guitarrista de King Crimson, tocó en el Coliseo (¿o el Broadway?) con la League of Crafty Guitarists. O algo por el estilo. La cuestión es que tardaban en aparecer y la gente se estaba impacientando, hasta que yo mismo lo vi entrar por la parte de atrás del teatro y no me pude contener: grité “¡AHÍ TÁ!” Después pensé que si estaban grabando un álbum en vivo, mi grito iba a ser lo primero en escucharse.
Zappa y Stravinsky
Otro recuerdo de Zappa, mi máximo ídolo musical. Estaba trabajando y tenía puesto su disco “One Size Fits All” (mi álbum favorito de él), más precisamente el tema “Florentine Pogen”. En eso pasó un director de cuentas, le prestó atención a la canción durante 5 segundos, no más, y me preguntó qué estaba escuchando. Cuando se lo dije, observó: “A ese señor debe gustarle mucho Stravinsky”. Y sí, a Zappa le encantaba Stravinsky. Cómo se dio cuenta ese hombre con solo escuchar unos segundos, no lo sé. Pero es admirable.
Serú Girán en el Auditorio Kraft
Nunca me gustó el rock argentino (ni latino, ni ningún rock que no sea en inglés). Por eso, cuando mis amigos me invitaron al recital de Serú Girán en el hoy difunto Auditorio Kraft, en el que presentaba “La grasa de las capitales”, rechacé la oferta. Pero tanto me insistieron que al final fui. Aun hoy, más de 45 años después, lo recuerdo como uno de los mejores recitales que vi. Tanto, que me compré ese disco de la banda y un par más. Más tarde se me pasó ese ataque de rock argentino, pero sigo evocando aquel concierto como algo extraordinario.
“Animals” en vinilo rosado
En 1977 salió “Animals”, que luego se convertiría en mi álbum favorito de Pink Floyd, y justo mis viejos se iban de vacaciones a París así que les pedí el vinilo. Cuando me lo trajeron, grande fue mi sorpresa al descubrir que el disco era de color rosado. En esa época no era tan común colorear los vinilos (hoy se hacen ediciones especiales con colores, sobre todo para el Record Store Day). Los únicos vinilos de colores que yo recordaba eran los de Sótano Beat o Alta Tensión. Me encantó el de Pink Floyd pero el vinilo se deterioró bastante rápido y hacía ruidos de fritura. (O a lo mejor es por las veces que lo escuché.) Aún lo tengo, desde luego.
Testament: Una confusión
Mi hermano es muy fanático del heavy metal, cuanto más heavy mejor. Una de las bandas que más le gustaba (no sé si sigue siendo así, esto pasó hace casi 40 años) era Testament, representante del “thrash metal”. En 1988 la banda sacó su segundo álbum, llamado “The New Order”, y mi hermano se lo pidió a mi viejo, que una vez más se iba de viaje. Pero cuando mi viejo lo pidió en la disquería, el empleado debe haberse confundido porque le vendió un álbum de la banda “new wave and dance” New Order. Cuando trajo el disco a casa, mi hermano lo puso a ver si por lo menos le gustaba la música de ese grupo. No le gustó.
El episodio “The Frogger”, de la novena temporada de Seinfeld, no está entre los mejores de la serie. Ni ahí.
En el capítulo, George Costanza (Jason Alexander) se entera de que su récord jugando al Frogger no ha sido batido desde que lo logró, cuando estaba en la secundaria. Decide entonces quedarse con la máquina original para que su hazaña dure para siempre. Todo termina mal, desde luego (es Seinfeld) pero la secuencia de intento de rescate de la máquina es extraordinaria, tal vez el único buen momento del episodio. Eso, y la presencia de Peter Stormare haciendo de “Slippery Pete”.
Los fans del Frogger hicieron un par de objeciones a la forma en que se muestra el juego. Una es que es imposible que el score logrado por George se vea en pantalla: Frogger mostraba solo hasta 5 dígitos para luego volver a empezar de cero. Y la cifra obtenida por Costanza era de 6 dígitos. La otra es que las máquinas de Frogger no permitían que el jugador ingresara sus iniciales luego de llegar a un score alto.
No importa. El hecho es que el número de George hubiera sido un récord mundial: 860.630 puntos. El récord oficial en ese momento (1998) era de 442.330 puntos. Los puntos obtenidos por George se convirtieron en una leyenda entre los fanáticos de Frogger. Twin Galaxies, plataforma de redes sociales y base de datos de videojuegos, ofreció una recompensa monetaria para quien lograra batir esa performance. En 2010 el récord fue batido por el estadounidense Pat Laffaye, que hizo 806.980 puntos. El récord actual es de 1.404.570 puntos, logrados por “Froggerforever” en 2024 después de jugar durante más de 7 horas.
Hoy, los puntos obtenidos por Costanza seguirían estando en tercer lugar en la lista de récords mundiales de Frogger. No está mal para uno de los perdedores más geniales de la historia de la televisión.